Doña María la Brava, Eduardo Marquina

Drama en cuatro actos del escritor español, que tiene como mar­co los episodios políticos del reinado de don Juan II de Castilla y las luchas contra el Condestable don Alvaro de Luna. En él, el autor pretende ofrecernos una dramatización del temperamento y de la vida de doña María López de Guzmán y Estúñiga, que por su energía e inflexibilidad es llamada «la Brava». No sin cierta habilidad ha sabi­do el autor conjugar en la escena la gran pasión de venganza que siente doña María por la muerte de su hijo, don Alonso, con las vicisitudes y luchas de los nobles corte­sanos contra el favorito de Luna.

La acción empieza en los sótanos del alcázar de Me­dina, donde se hacen los preparativos para una cabalgada de los reyes. Allí llegan el príncipe don Enrique y Vivero, que acaban de matar a don Alfonso, hijo de doña Ma­ría, con el fin de arrancarle el medallón que tiene el retrato de su madre, de quien está enamorado el príncipe. Los nobles —entre los que aparecen Juan de Mena y el mar­qués de Santillana —, discuten, burlan y conspiran contra don Alvaro de Luna. Así planteado el drama, se va desarrollando con lentitud y monotonía, y para llegar a unas escenas de verdadero valor dramático, de­bemos esperar hasta el último acto, en que don Alvaro de Luna, caído en desgracia, carga sobre sí, por amor a doña María, con la culpa de la muerte de su hijo. Ella que sabe la verdad, llega tarde a salvarlo y le confiesa su amor.

La obra es una visión ro­mántica y superficial de la historia de Cas­tilla, tan frecuente en Marquina; una exal­tación gratuita de lo que él cree que es lo determinativo de la raza y de la tradición castellana, fiel a la dedicatoria de la obra: «A la vieja idea de justicia, exaltación, pa­sión y blasón de nuestros nobles y de nues­tros plebeyos que ha engendrado, engrande­cido, fijado y perpetuado la raza castellana, dedico estos cantos». Pero si éste es un de­fecto constante en la obra de Marquina, en otras ocasiones la calidad literaria (como en Las Hijas del Cid) o la intensidad dra­mática superan la poca fidelidad histórica. Pero esta obra por lo que respecta al am­biente, al valor literario y dramático, tiene muy poco de aprovechable. La visión de Santillana, de Mena y de Montoro es gro­tesca y totalmente infieles las circunstan­cias históricas.