Don García de Navarra o El príncipe celoso, Moliere

[Don Garcie de Navarre, ou le Prince jaloux]. Composición teatral en ver­so de Jean-Baptiste Poquelin (Moliere), representada en 1661, que interesa so­bre todo porque se puede advertir en ella el primer boceto de una situación que se con­vertirá luego en el argumento del Misán­tropo (v.). Doña Elvira, princesa de León arrojada de su estado por el usurpador Mauregato, vive desde hace años desterrada en el reino de Navarra, cuyo príncipe don García, es presa de una violenta pasión por ella. También Elvira le ama, pero con una reserva digna que no tranquiliza al celoso príncipe, quien teme sobre todo la rivalidad de don Silvio, príncipe de Castilla.

Entreve­mos una serie de intrigas y aventuras, que se unen para reintegrar a la princesa de León a su reino y a su rango; pero todo ello tiene la única función de aportar pre­textos e incidentes para poner de relieve el defecto capital del carácter de don García: los celos. El desgraciado príncipe saca argu­mento de todo para abandonarse a sus in­justas sospechas, desesperarse y desahogar su furia en violentas escenas, por las cuales doña Elvira es herida y ofendida. Por fin una equivocación mayor que las demás deja arrepentido y confuso al príncipe hasta el punto que no se atreve a presentarse a doña Elvira, y su desesperación llega al máximo cuando se entera de que don Silvio, en quien ve un rival afortunado, le ha pre­cedido en una acción decisiva contra el usurpador Mauregato.

Pero todo se arregla del modo más feliz: porque el pretendido don Silvio, después de la victoria, revela su verdadera personalidad y se hace reconocer como don Alfonso, hermano de Elvira y príncipe de León, que durante muchos años había tenido que disimularse por temor a los sicarios de Mauregato, y doña Elvira perdona a don García y consiente en casarse con él. Esta «comedia heroica», inconsis­tente con su intriga de gusto español, no tuvo éxito; pero las figuras del celoso y de la mujer están dibujadas con penetrante fi­nura y el estilo, generalmente flojo y du­doso, adquiere en sus diálogos un franco vigor y una sugestiva precisión. Moliere había encontrado aquí un argumento que respondía por completo a su genio; y cuan­do más tarde reemprendió la situación despojándola de las superestructuras noveles­cas, para alcanzar con el Misántropo la so­bria perfección de la obra maestra, pudo insertar en la nueva comedia gran cantidad de versos sacados casi intactos de esta pri­mera composición.

M. Bonfantini

Es una obra débil, que se comprende mal, que no justifica su evidencia porque los valores de los cuales recaba sus efectos son incompatibles entre sí. (Ramón Fernández)