Diván del Tamarit, Federico García Lorca

En la Huerta de San Vicente o del Tamarit escribió García Lorca (1898-1936) en 1936 su último libro de versos. El título hermana, pues, el re­cuerdo concreto del lugar con la resonancia oriental de colección de poemas (diván); por eso, junto a la evocación lírica de Gra­nada, la evocación exótica de las gacelas y de las casidas. El libro señala la culmina­ción poética de García Lorca. Confluyen en él todos los caminos que había ido rotu­rando a su paso por mundos líricos muy dis­tintos. Desde la copla popular hasta la expe­riencia onírica del surrealismo. Publicados o escritos las Canciones, el Libro de poe­mas, el Llanto por Sánchez Mejías y Poeta en Nueva York, este nuevo libro, con sus veintiún poemas, venía a señalar la defini­tiva madurez del poeta. Por eso se nos muestra tan vario y rico, a pesar de su parvedad.

Tan lleno de posibilidades gra­nadas y con tanta esperanza de un crear no detenido aquí. El libro aparece domi­nado por una constante de dolor, amargura y llanto. Este esquema de angustia brota siempre de una honda contemplación del amor. Cuando en la «Gacela de amor im­previsto» nos dice «yo busqué, para darte, por mi pecho / las letras de marfil que dicen siempre / siempre, siempre…» nos está anunciando su más limpia posición ante el amor, la de la sinceridad, única permi­tida por el corazón enamorado.

Esta since­ridad, riesgo siempre del azar, se entrega en cualquier momento y a cualquier llamada; por eso levanta murallas asustadizas su «te­rrible presencia» y es que ni las más turbias fuerzas («Gacela del amor desesperado»), ni la carne más aniquilada («Casida de la mujer tendida») pueden oponerse a la voz que concita. Esta fuerza fatal juega al albur con el enamorado que lucha contra un tiempo — día, noche — que pugna por destruirle entre sus dientes («Gacela del amor desesperado») y contra el que no cabe otra posibilidad de salvación que vencer huyen­do de toda suerte de limitaciones: contra el imposible que nos cerca, la afirmación de nuestra fe («puedo ver el duelo de la no­che herida / luchando enroscada con el mediodía. / Resisto un ocaso de verde vene­no/y los arcos rotos donde sufre el tiempo»), aunque el amor se nos ofrezca luego como una enorme duda a la que asusta vulnerar con la luz («Gacela de la terrible presencia»).

La llamada sin demo­ra, el dolor de la búsqueda, el riesgo de la duda, crean esa inasequible espera, ese mun­do de negruras en donde el poeta teme perderse y que le llevan a asirse a unas estructuras vividas ya, y, por vividas, tris­tes un día y tristes ahora, pero presencias reales en el recuerdo, capaces de salvar las vacilaciones que la lucha, el dolor y la duda van abriendo. Así, ese demorarse en las sombras fugaces («No te lleves tu re­cuerdo», como se dice en la «Gacela del recuerdo de amor»), aunque se muestren transidas del yeso helado de la muerte («Me separa de los muertos / un mundo de ma­los sueños»).

Entonces la muerte se ofrece como única salvación para dejar de sufrir y lograr esa «a-pathia» que sólo tienen los frutales o el barro; y en la inanidad de la destrucción, acaso, la última esperanza de persistir, aunque el poeta quede convertido en la sombra inmensa de sus propias lágri­mas («Gacela de la muerte oscura»). Y es que la muerte, intuida como descanso, es, también, el fin al que lleva la entrega eró­tica «con la lengua llena de amor y de ago­nía» («Gacela de la huida»). Toda esta teoría — llamada, búsqueda, duda, terror, muerte — es como una rueda de noria: cie­gamente hundir canjilones en el agua, para verterlos de nuevo, cuando ya están a flor de tierra.

Y, ciegamente, ansiar vida para alcanzar la plenitud de amor y morir por lograrla. Si la sombra soterraña es nuestro destino, la mujer amada es también, la tie­rra lisa; si el amor era la voz que aterraba, su mano se busca, también, para sostener el ala de la muerte («Casida de la mano imposible») y es que el dolor del hombre está en él y no en las cosas; el llanto va con su alma y no con la voz de las criatu­ras; el temor es una sombra infantil y no la mano alzada de un misterio. No hay antinomia: en todo, con todo, para todo, la destrucción — o el amor — aniquila desde dentro de nosotros mismos, Y esa es la úni­ca, posible unidad. M. Alvar