Divagaciones, Emile-Auguste Chartier (Alain)

[Propos]. Bajo este títu­lo genérico se halla reunida la mayor parte de la obra del autor.. Alain comenzó a publicar sus «Propos» en el periódico la Dépéche» de Rouen», adoptando muy pronto, tras al­gunos titubeos la fórmula del artículo breve cotidiano. En el momento de incorporarse al ejército en 1914 había publi­cado ya cerca de tres mil artículos en la «Dépéche». Después de haber escrito au­ténticos libros en las treguas del frente. Sistema de las Bellas Artes (v.), etc., Alain reemprendió inmediatamente después del armisticio su género favorito. Careciendo de tribuna desde la que manifestarse, sus amigos crearon para él un folleto, en prin­cipio semanal, bimensual y mensual poste­riormente: Libros de divagaciones [Libres de propos], que se dirigían principalmente a los jóvenes de izquierda.

En 1935, Hojas li­bres [Feuilles libres] sucederá a los Libros de divagaciones y, después de mucho tiem­po, Alain publica sus Divagaciones en otros periódicos, en particular en la «Nouvelle Revue Française» (v.). Todos estos artículos han sido además coleccionados en volúme­nes, reunidos en unas ocasiones atendiendo a la fecha de su publicación y en otras al tema central de los mismos: en primer lugar fueron coleccionados los artículos apare­cidos antes de la guerra en cinco series de Ciento una divagaciones de Alain [Cent un Propos d’Alain] (1908-1928) y en dos volúmenes de Divagaciones de Alain [Pro­pos d’Alain] (1920).

Las obras del segundo período fueron ordenadas según las diver­sas materias: Divagaciones sobre Estética (1923), Sobre el Cristianismo (1924), Ele­mentos de una doctrina radical (1925), El ciudadano contra los poderes (1926), Diva­gación sobre la Felicidad (1928), Sobre la educación (1932), Sobre Política (1934), Sobre Literatura (1934), Acerca de la Eco­nomía (1935), Sentimientos, pasiones y sig­nos (1936), Las estaciones del espíritu (1937), Bocetos del hombre (1937), Divaga­ciones sobre la Religión (1938), Minerva o la sabiduría (1939), Continuación a Marte: I. Convulsiones de la Fuerza (1939), Conti­nuación a Marte: II. Jaque a la Fuerza (1939), Preliminares a la Estética (1939), Vigilias del espíritu (1942), Humanidades (1943), Política (1951), un conjunto de 2.700 divagaciones, aproximadamente.

La natura­leza misma del género excluye una evo­lución rigurosa, no obstante es posible des­cubrir en su continuidad ciertos matices sensibles: en las Divagaciones anteriores a la guerra, publicadas en la «Dépéche de Rouen», Alain se dirige principalmente al gran público; en los «Libros de divagacio­nes» y las «Hojas libres», destinados a un público más conocedor de las discusio­nes intelectuales, el estilo de Alain, aún a pesar de seguir siendo claro, adopta un matiz más filosófico, el autor aborda en ellos problemas del conocimiento literario y de moral; finalmente, a partir de 1930, con la subida al poder del fascismo y su aparición en escena, Alain se consagra casi por completo a la política.

La forma de las Divagaciones no es fruto del capricho del escritor, es, por el contrario, el esfuer­zo excepcional por él realizado para «ele­var el hecho diverso al nivel literario». Alain llega a esta conclusión por una espe­cie de obligación moral: «No nací — dice — con una disposición especial para escribir artículos breves sobre cualquier materia. Pero por doquier contemplé que los gran­des periódicos estaban sujetos a todo género de tiranía y que en su resistencia se ex­presaban en pésimo francés. Vine en su ayuda, no conocía el oficio, lo he apren­dido…». Puesto que se trataba del perio­dismo era preciso interesar al público y no aislarse en el recato de su propia vida: era preciso recurrir a la filosofía de lo coti­diano.

La materia de estudio importa poco a Alain: un compartimento de un vagón de ferrocarril en el que algunos viajeros se afanan por ocupar todas las plazas con sus paquetes, le hará meditar sobre el egoísmo del primer ocupante, en el origen de las sociedades; en el vicio de un jugador de baccarát reconocerá la pasión de la ambi­ción, del triunfo, la más común y mayor de las pasiones humanas; o serán los gestos habituales de un empleado de pompas fú­nebres, de un comerciante o de un relo­jero, los que le introducirán en el análisis de la esencia misma de sus profesiones. Le­jos de ser una reflexión moral, las Divaga­ciones constituyen así una comedia familiar, plena de fantasía, de imprevisión, que no desagrada lo más mínimo a su autor.

En vano se buscará un sistema, ni aún los elementos que pudieran originarlo. Alain desconfía de los sistemas y no se preocupa de buscar el suyo. De mayor riqueza que las doctrinas a priori le parece el ritmo de la vida, sabe descubrir los grandes se­cretos del mundo y cada una de sus Diva­gaciones se transforma en una experiencia original. A menudo sorprenden como una revelación, pero entonces también el autor parece sorprendido de su propio descubri­miento en el mismo grado que el lector. El uso del «lenguaje común», al que obliga el mismo género, armoniza perfectamente con el genio de Alain; con sus Divaga­ciones el autor se sitúa en la línea tradicio­nal de los filósofos franceses, con frecuencia más moralistas que metafísicos, en quie­nes el ejercicio del pensamiento es inse­parable de la vida y de la sociedad.