Diario de un cura de aldea, Georges Bernanos

[Journal d’un curé de campagne]. Novela publicada en 1936. De todas las obras de Bernanos es ésta la más popular y, tal vez por su misma. forma, la más inmediata y emotiva. La trama es muy simple, y no se puede hablar de intriga.

Un joven sacerdote, recientemente nombrado párroco de Ambricourt, vuelca la abundancia de su corazón en su diario. Su amor a las almas y su celo ex­traordinario que chocan sin cesar contra la indiferencia y la vulgaridad, encuentran un sedante en esta confesión, emprendida al principio con algún escrúpulo, transformada luego en algo indispensable para poder tener una más clara conciencia de sí mismo:

Se ven desfilar en este Diario, en el transcurso de la minuciosa relación de los hechos y de sus pensamientos, los personajes  que forman la parroquia del escritor: el Conde y la Condesa, señores de Ambricourt, su hija Chantal, su ama Mlle. Louise, el cura de Torcy, el doctor Delbende, ateo; Louis Dupréty, antiguo camarada del Seminario; el Deán de Blangermont, Olivier Tréville-Sommerange, la pequeña Séraphita Dumouchel, Sulpice Mitonnet y otros comparsas.

Pero estas figuras, como las de Dostoievski en Los hermanos Karamazov (v.), no son verdaderos personajes, aún hombres que soporten la pasión que les empuje al cumplimento exacto de una doctrina . Son la base de la evocación central: la evocación del estado de un alma. El efecto dramático, el aprovechamiento del suceso mismo, está mantenido equili­bradamente en la obra. El punto culminan- re del drama, visto desde el exterior, es la conversación del sacerdote con la Condesa.

El sacerdote va a su casa para hablarle de Chantal. Ésta, en un instante de rebelión. se ha confiado al sacerdote y le ha confesado el odio que siente hacia su ma­dre y el disgusto que le causan los amo­res de su padre con la institutriz. El sacerdote quiere intentar una reconciliación entre madre e hija. Descubrirá a lo largo de la entrevista la indignidad escondida tajo la falsa serenidad de la Condesa; ella se sabe engañada por-su marido y se venga de su vergüenza en el secreto gozo de ver a su hija desilusionada por la actitud de su padre.

La densidad de las palabras del sacerdote en este instante es turbado­ra: «Nuestras faltas escondidas envenenan el aire que respiran otros, y este crimen, cuyo germen lleva el miserable sin saberlo, no habría madurado jamás su fruto, sin este principio de corrupción». La Condesa se debate en las redes de lo que denuncia como un chantaje, pero que ella misma ha alimentado, defendiendo ante el sacerdote el único amor que le ha hecho sobrevivir: el que sintió por un niño muerto que dis­puta a Dios en su recuerdo. Por la fuerza de un discurso casi involuntario, el sacer­dote actuará como una brisa que barre el orgullo de esta mujer haciéndola resignarse a la voluntad divina.

La Condesa morirá la noche misma del combate que ha soste­nido. El miedo, que yace en el centro de toda la obra de Bernanos como un resorte, concretado con mayor claridad en otras no­velas, Bajo el Sol de Satán (v.) y Monsieur Oine (v.), interviene asimismo en el ambiente espiritual del Diario, como un sordo acompañamiento del monólogo. Su enfermedad, que el sacerdote trata con des­envoltura y no nutriéndose más que del pan y del vino y que menciona constantemen­te a lo largo de las páginas del diario como si se tratara de un gráfico de temperaturas, interviene también, como causa impor­tante, en el sucederse de los hechos, en esta tensión progresiva de la novela, hasta la consulta al médico de Lille: se trata de un cáncer de estómago y sólo quedan al joven sacerdote dos días de vida.

Muere fuera de su casa, asistido por su viejo camarada de seminario, un renegado de quien reci­birá la última bendición. Toda la novela de Bernanos es una novela de agonía. El autor ha prestado al sacerdote de Torcy, el confidente del cura de Ambricourt, su propia segura voz que responde, a lo largo del Diario, a las dudas y debilidades del joven pastor. Esta voz vibra al evocar el escándalo de la pobreza. Como en Léon Bloy, la pobreza es, más que la falta de los bienes materiales, una actitud funda­mental de la vida cristiana y de la vida apostólica. Esta mística de la pobreza evo­ca, en cierto modo, a lo largo de toda la novela, la mística de la gracia de Dios.