Cruel Casandra, Cristóbal de Virués

Obra de Cristóbal de Virués (1550-1609). Valenciano este au­tor, hijo de médico humanista, amigo a su vez de Luis Vives, siguió la carrera de las armas; combatió en Lepanto y en Milán, y, aficionado a la poesía, publicó El Montserrate (Madrid, 1587), con aprobación de fray Pedro de Padilla; en la segunda edi­ción de este poema (Milán, 1602), el autor se retrató a sí mismo al describir la fiso­nomía del viejo Garin, cuya leyenda es el asunto de dicho poema.

En sus Obras trá­gicas y líricas (Madrid, 1609), dio a la es­tampa sus cinco tragedias: La Gran Semíramis, La cruel Calandra, Atila furioso, La infelice Marcela y Elisa Dido. Esta última, a juicio de la crítica profesoral, es la me­nos defectuosa de ellas. Virués creyó, con error, que el efecto trágico se conseguía multiplicando las muertes; así lo hizo, abun­dando las matanzas en sus tragedias, que, en ocasiones, «convirtió en verdaderas car­nicerías». Para Valbuena Prat, Virués es un caso típico de la incapacidad interna del dramaturgo español por la tragedia clásica. La cruel Casandra es, en efecto, una obra algo confusa en la cual se ventilan odios y celos: el príncipe oye la acusación que hace Casandra a su esposa de ser amante de Filadelfo, su amigo. Filadelfo, a su vez, está enamorado de Casandra. Fabio y Tancredo hermanos son de ésta, y Fabio ama a Fulgencia, que es la amante del príncipe. Preparadas las justas y torneos que en la corte han de celebrarse, la madre de Casan­dra y de Fabio y Tancredo se lleva, invita­da, a su casa a la inocente Fulgencia para que asista desde una ventana de su casa a los festejos.

Y esa noche, Fabio abusa de la honestidad de Fulgencia; en su lucha pa­ra vencerla le dice que el príncipe es aman­te de Casandra. Al día siguiente, ésta va a ver al príncipe y le dice, arteramente, que Fulgencia ha reñido violentamente con Fa­bio pues acusó a la princesa de ser amante de Filadelfo, y Fabio denegó tal calumnia. Poco después llega Fulgencia y cuenta al príncipe la verdad de lo sucedido; pero ya él está tan lleno de desconcierto y de amar­gos recelos que, naturalmente, no sabe a quién creer. Los engaños de Casandra para enredar a todos los que injustamente acu­sa, crecen. Mas, i ay!, que ella a su vez está enamorada de Leandro, al que sus her­manos consideran enemigo mortal. En pala­cio, Casandra hace que el infeliz Filadelfo la espere, encerrado, en el aposento privado de la princesa; y allí envía al príncipe, que da muerte a su esposa y al presunto amante; Fabio, que asedia a Fulgencia, aco­mete al príncipe; y ella se pone entre am­bos para impedir la lucha, siendo alcanzada y muerta también. Entretanto, un cortesano llega despavorido anunciando a Casandra que su hermano Tancredo ha luchado con­tra Leandro, muriendo ambos en la contien­da. Corre Casandra, y a ella también le alcanza una cuchillada del príncipe cuando más enardecido está contra Fabio. Todos mueren, pues, víctimas de los enredos y maldades de la cruel Casandra.

C. Conde