Conciertos para Violín y Orquesta, de Mozart

Son cinco, compuestos en Salzburgo, en 1775, y forman el único grupo com­pacto dentro de la producción, por otra par­te tan dispersa, de Wolfgang Amadeus Mo­zart (1756-1791), figurando entre las mejo­res muestras de su estilo «galante». En ellos, la luminosa y serena personalidad juvenil brilla, a pesar de las diferentes influencias a que se ve sometida desde el punto de vista técnico y formal, preponderando la de las escuelas violinísticas italianas, sobre todo de Tartini y de Pugnani, sin que tam­poco deba excluirse la influencia, ligeramen­te más arcaica, de la escuela de Corelli. El gusto musical vienés domina en el primer Concierto en si bemol mayor (K. V. 207), especie de larga y deliciosa rapsodia que desata una riqueza de temas incomparables, sin preocuparse demasiado de su composi­ción en coherente unidad interior. El final es un «presto» en forma de sonata, de robusta animación rítmica según el gusto de Haydn. El año siguiente (1776), Mozart lo sustituyó por un vivaz y gracioso «rondó» (K. V. 269), mucho más fácil de ejecutar, quizá para complacer al mediocre violinista de la corte de Salzburgo, un tal Brunetti, o tal vez para conformar más la obra al ideal galante, que nunca toleraba un final en la compleja forma de sonata.

Posiblemente, los más dé­biles y superficiales son los dos Conciertos en re mayor (K. V. 211 y 218), en el segundo de los cuales se desarrolla el virtuosismo solístico en perjuicio de la complejidad sin­fónica. Ésta es, en cambio, admirable en el Concierto en sol mayor (K. V. 219), que preludia el refinamiento del estilo galante operado por Mozart en 1776; todo en él es sencillo y puro, lleno de gracia cantante y de frescura juvenil, y contenido en íntima y poética unidad. Luminoso, agudo y festi­vo, el primer tiempo; arrobado en un éxta­sis de cristalina maravilla, el «adagio»; sin­gularísimo el final, en tiempo de «minuetto», donde el «trío» está constituido por un vi­vo «allegro» en «menor» con coloridos acentos cíngaros. También, para complacer las mediocres condiciones de Brunetti, Mo­zart escribió para este Concierto un nuevo «Adagio» en «mi bemol» (K. V. 261); la sim­plicidad técnica y estilística ha producido, sin embargo, una maravillosa purificación del canto, todo él tierna dulzura e ingenua sensualidad.

Después de este florecimiento, Mozart no se acercó sino dos veces más a la forma del Concierto para violín. El sexto Concierto en re mayor (K. V. 271 a.), descubierto recientemente, se remonta a 1777, pero probablemente fue reformado du­rante o después del viaje a Mannheim y a París, porque guarda señales de varias ex­periencias estilísticas, y concede mucho al virtuosismo del solista. Más que por sus reales valores poéticos, interesa como pun­to de partida hacia nuevas actitudes esti­lísticas del arte mozartiano. Un séptimo Concierto en mi bemol (K. V. 268) debía de ser concebido todavía en Viena, en 1783 o 1784, concierto que Mozart dejó sin ter­minar y que se supone completado por su editor André, o por su discípulo Süssmayer, sobre todo en lo que se refiere a la orquestación.

M. Mila