Conciertos para Piano y Orquesta, de Brahms

Son dos, compuestos respectivamen­te en 1854-58 y en 1881. El Primer concierto en re menor, op. 15, es la primera tentativa sinfónica de Johannes Brahms (1833-1897), y tuvo, en realidad, larga y atormentada elaboración. Fue estrenado en Hannover, en el año 1859. La circunstancia de que el na­cimiento del sinfonismo de Brahms se efec­túe con un concierto pianístico, es singular­mente significativo de la naturaleza de ese sinfonismo por dos razones; la primera es que Brahms halla en el estilo de concierto el más útil engranaje para su sentido del desarrollo temático, todo él apoyado en la divagación meditativa de una cantidad de atmósfera sustancialmente única, alimenta­da y sostenida constructivamente, no ya en la incisiva claridad dualística de la tradi­ción de Beethoven, sino en mil alusiones temáticas ocultas y casi subterráneas, en continuas intersecciones; la segunda es que, precisamente en sus primeras obras pianís­ticas, Brahms había ya establecido su ideal tímbrico, que consiste en el uso continuo de todo el teclado, no ya al modo de Chopin o Liszt, con objeto de obtener gran variedad de colores, sino, por el contrario, con el pro­pósito de fundir todos los colores en una tinta que los resume, y que, en definitiva es monocroma, capaz de variaciones sutiles y continuas profundizaciones, pero no de netos contrastes: el timbre típico de Brahms, reconocible siempre con sólo abrir la par­titura.

Ahora precisamente el género esco­gido necesitaba que el autor dirigiera su esfuerzo, no al empleo del piano, sino al pla­no superior de la orquesta. El primer tiem­po del op. 15, «maestoso», se basa en cuatro temas («re menor-re menor-si bemol menor- re mayor»), de los cuales, los dos interme­dios tienen función de segundo tema y el cuarto de frase conclusiva; el instrumento solista comienza desarrollando un inciso se­cundario, que la exposición orquestal había afirmado sólo de refilón, e introduce, des­pués, en un trozo de «solo», otra idea, que elabora junto con el cuarto tema. Particu­larmente característico de Brahms es el tema principal, aquel que inicia la composición, de carácter dramático, rudamente acentuado; deriva de un esquema rítmico ya conocido por el contrapuntismo del siglo XVIII (v. en Mozart la Sinfonía Haffner y el Concierto en do menor para piano y orquesta), pero aquí se anuncia típicamente propio de Brahms por la ondulación tonal con que se origina: el largo pedal de «re» deja, en efec­to, al oído la incertidumbre de si la tona­lidad inicial es «si bemol mayor» o «mi be­mol mayor», y sólo, en el undécimo com­pás, la tonalidad se aclara como de «re me­nor». El segundo tiempo, «adagio», es una especie de libre improvisación sobre un tema de un lirismo emanado del Beethoven de la última época, con algún acento pianístico derivado, a través de Schumann, del pianismo de los conciertos de Beethoven. Le sirve de contraste un breve episodio central en «fa sostenido menor», propuesto por los clarinetes, de sabor un poco mendelssohniano. De todas formas, ésta, como las demás influencias, se resuelve sin equívoco en la ya característica melancolía de Brahms.

En un plano inferior a los dos primeros tiem­pos ha de ponerse el tercero, «allegro non troppo», aunque esté realizado con placen­tera seguridad; tiene la forma del «rondó» con dos temas, de los cuales, el primero es propuesto en «re menor» por el piano solo, y el segundo en «fa mayor» por la cuerda y el piano. Los episodios intercalados cada vez que vuelve el tema son muy variados. Es notable, sobre todo, una variante del tema principal, en «si bemol mayor», que da lugar a un episodio fugado: la «coda», que sigue a la «cadenza» final del solista y que apa­rece dividida en tres partes; la primera, ba­sada en la variante citada; la segunda, «me- no mosso», sobre el tema original vuelto a presentar, muy a la manera de Beethoven, en «mayor», el cual domina también en la tercera parte «piü animato». El Segundo concierto, op 83, en si bemol mayor, fue compuesto en 1881, en Pressbaum, cerca de Viena, sobre ideas esbozadas tres años antes en Pórtschach, por la época del Concierto para violín, y es probable que el «scherzo» compuesto para este último y después supri­mido, pasase, transformado, a la nueva com­posición. Fue estrenado el mismo año en Bu­dapest. Está formado por cuatro tiempos en lugar de los tres tradicionales; y por esto también sus dimensiones superan a las de todos los demás conciertos precedentes. La grandiosidad de las dimensiones no perjudi­ca, sin embargo, en lo más mínimo a la ar­quitectura de la obra, toda interior y nece­saria y siempre clara, a pesar de que Brahms llega aquí a una complejidad temática no alcanzada ni en sus Sinfonías.

Como es cos­tumbre casi constante en Brahms, el primer tiempo se basa, sobre todo, en el tema ini­cial, el cual se compone de dos miembros: uno anunciado por la trompa, el otro por los instrumentos de madera; con todo, tan pronto como los primeros acentos de la trompa son repetidos por el piano, éste los envuelve en su niebla sonora y define en se­guida la atmósfera de toda aquella parte. Gran cantidad de ideas secundarias, estre­chamente emparentadas entre sí, siguen a la idea principal, sin que se pueda claramente individualizar cuál de ellas ha de emerger como segundo tema, dando lugar, acto se­guido, a los desarrollos, de manera que la distinción entre exposición y desarrollo que­da prácticamente superada por la misma naturaleza de una dialéctica fundada en en­cubiertas alusiones y cambios continuos, en devenir incesante. Netamente señalado sólo queda el ataque de la repetición, por estar precedido de una preparación principal. De vastas dimensiones, casi a la manera de Bruckner, es también el «allegro appassionato», un «scherzo» constituido, según la tradición, por tres partes («scherzo-trioscherzo»); sólo que cada una de las dos primeras partes está fundada sobre dos te­mas, vastamente desarrollados, en vez de uno («scherzo»; primer tema en «re menor» del piano, segundo tema en «la menor» pro­puesto por la cuerda en octava; «trío»: pri­mer tema en «re mayor» de los arcos, se­gundo tema en «mi menor del «tutti») y la repetición del «scherzo» es una visión muy libre y no fiel reproducción de la primera parte. Tal vez sea en este «scherzo» donde Brahms ha sabido ahondar mejor en su sinfonismo en términos de un dinamismo suelto e inquieto.

El tercer tiempo, «andante», es una serie de libres variaciones que se van originando según una curva única de com­posición, de un solo tema propuesto por el violoncelo, instrumento que por todo el «andante» tiene funciones solísticas en igual grado que el piano. El final, «allegretto grazioso», es un «rondó», cuyo tema principal, enunciado por el piano, y desarrollado in­mediatamente, vuelve dos veces, después de los obligados «divertimenti», para, finalmen­te, en la «coda», «un poco piü presto», presentarse con brillante transformación rít­mica, seguido, en su exposición, de tres ideas secundarias: la primera en «la menor» (ma­dera), la segunda y la tercera en «fa mayor» (piano), todas utilizadas después en el curso de esta parte.

F. D’Amico