Conciertos para Piano y Orquesta, de Saint-Saéns

Camille Saint-Saéns (1835-1921) ha dejado cinco Conciertos para piano y or­questa, escritos entre 1858 y 1895, que cons­tituyen lo mejor de su producción. Se trata de obras que, a los ojos del mundo, encar­nan el típico virtuosismo francés. El primero, Concierto en re mayor, tal vez pueda considerarse sin excesiva severidad como un en­sayo de poca calidad de su juventud. Des­de luego, constituye una promesa y ya podemos admirar en él el espontáneo equi­librio imperante entre el solista y la orques­ta. Consta de tres partes: «allegro», «an­dante» y «finale». El 2. °, Concierto en sol menor, op. 22 (1864), denota ya una au­téntica maestría, más relevante aún si se tiene en cuenta que la obra fue, en cier­to modo, improvisada, ya que Saint-Saéns la compuso en menos de tres semanas en cumplimiento del deseo del gran Antoine Rubinstein, no para ejecutarla él mismo, sino para dirigirla con el joven Saint-Saéns sentado al piano. No obstante, esto no tuvo lugar hasta cuatro años más tarde, en mayo de 1868, en la sala Pleyel. Como nota curiosa, conviene recordar que el primer tema del movimiento inicial ha sido tomado de Gabriel Fauré, alumno por entonces de Saint-Saéns, quien sometió a la consideración de su profesor un «Tantum ergo», cuyo tema principal fue así utili­zado e inmortalizado.

Desde el punto de vis­ta de la forma, Saint-Saéns abandona las fórmulas convencionales, haciendo por el contrario gala de una gran libertad. De este modo, el primer movimiento, «andante sostenuto», comienza por una larga introduc­ción del piano solo, en el estilo de órgano, que conducirá a la entrada de la orquesta. Después, aparece una segunda idea, que, como la precedente, posee un carácter de improvisación y que reinará, por otra par­te, sobre el conjunto del trozo musical, que pasa por un «poco animato» para hacerse dramático y desembocar en una gran ca­dencia pianística, cuya progresiva calma nos llevará al sentimiento inicial. El segundo movimiento es un «allegro scherzando» de carácter mendelssohniano, ligero capricho que da lugar a un juego muy ingenioso en­tre el piano y la orquesta (de aquí ha sa­cado Bizet un trozo deslumbrante para piano solo). El final es un «presto» que adopta la fórmula de la tarantela y cuyo aceleramien­to se mantiene constantemente, para infun­dir a este concierto, que pronto fue uno de los más populares, un final vertiginoso. El tercer Concierto en mi bemol, op. 29 (1869), se inicia con una introducción de arpegios confiados al piano y, según se dice, Saint- Saéns ha querido evocar aquí el recuerdo de un torrente alpino. De estos arpegios emerge paulatinamente el primer tema del «allegro», tema de carácter heroico que do­minará todo este primer movimiento, en el que el compositor parece haber querido dar a la orquesta un papel más rico que el ha­bitual.

El segundo movimiento es un «an­dante» en forma de «lied» que se desenvuel­ve sobre el marco clásico, en un sentimiento de lirismo sobrio y expresión contenida y que encadena con el final, en donde ya no se aprecia la misma calidad que en las páginas precedentes. No por capricho Alfred Cortot ha tratado de definirlo como «…una desmayada apoteosis de cuerpo de baile en el que el solista se ve súbitamente promovi­do a la dignidad de estrella del conjunto». El 4. ° Concierto en do menor, op. 44 (1875) es, sin duda, el más completo y logrado de los cinco y puede emparejarse dignamente a la gran Sinfonía con órgano. Su concep­ción estructural sólida y cerrada infunde al conjunto una unidad y homogeneidad per­fectas, por el admirable modo como se en­samblan los distintos elementos arquitectó­nicos. Exteriormente, se presenta bajo una forma bastante inusitada: una primera par­te con un «allegro» y un «andante», una segunda parte constituida por un «scherzo», un «andante» intermedio y un «allegro» fi­nal. Sin que se pueda decir que la obra sea cíclica, reina, no obstante, en ella una cier­ta unidad temática. El primer «allegro» posee un carácter rítmico y un sentimien­to vigoroso. Una frase coral da entrada al tema melódico, sobre el que se construirá el expresivo «andante». El «scherzo» es un diálogo que interrumpe momentáneamente un episodio central dando lugar al trío. Éste nos conduce a una especie de intermedio fugado que recuerda el «andante». Una bre­ve cadencia pianística nos trae un trino de donde surge el tema coral ya oído, idea fundamental del último movimiento. En este final, el piano, con su deslumbrante vir­tuosismo, aportará un elemento puramente decorativo al conjunto esencialmente sinfó­nico.

El 5. ° Concierto en fa mayor, op. 103 (año 1895), fue compuesto en Egipto y eje­cutado en la sala Pleyel al año siguiente en el curso de un concierto donde Saint-Saéns celebraba el cincuenta aniversario de sus comienzos de pianista. Corrientemente se le conoce con el nombre de Concierto egipcio, no tanto porque su autor haya pretendido hacer una evocación descriptiva o pintores­ca, sino más bien basándose en el empleo episódico que Saint-Saéns hace aquí de un tema tomado de un canto de los bateleros nubios que oyó cuando navegaba por el Nilo. Nadie duda de que hay algo exótico en esta obra, aunque no siempre sea específicamen­te de carácter oriental; incluso pueden cu­riosamente señalarse ciertos giros que re­cuerdan el canto de los gitanos españoles, como también otros característicos de los gitanos de Europa central. El primer movi­miento de carácter poético está construido en forma de «allegro» de sonata. El «an­dante» aparece tratado en libre improvisa­ción, incluso de una manera asaz rapsódica; éste es el movimiento que se revela más exótico y en el que, por otra parte, inter­viene el canto del batelero nubio. El tono del final contrasta con el sentimiento poéti­co de los dos trozos precedentes por su ca­rácter de mecánica pianística, circunstancia que, por otra parte, indujo a Saint-Saéns a sacar de aquí un estudio para piano solo, publicado bajo el título de Toccata y cons­truido en forma de «allegro» de sonata.