Astichello, Giacomo Zanella

Recopilación poética de Giacomo Zanella (1820-1888), que tomó el nombre del riachuelo, en cuya orilla iz­quierda, cerca del arrabal de Cavazzale (tres millas al norte de Vicenza), el poeta se había edificado una pequeña finca. Son 91 sonetos compuestos entre 1880 y 1887. Ya no se trata de las explosiones en­tusiastas por las conquistas de la ciencia, ni de los himnos en alabanza del progreso civilizador, ni de los tumultos del alma viva y generosa, dispuesta a todos los afectos, abierta a todos los pensamientos, sino reco­gimiento, paz meditativa, contemplación de la naturaleza, vuelta al mundo campes­tre de la infancia y a las cosas humildes que saben decir las grandes verdades al corazón desilusionado por los sueños sober­bios. La mente, fatigada de las artificiosas y vanas construcciones del pensamiento hu­mano, quiere fijarse en la obra sólida de Dios, quiere extasiarse con sus maravillas y alcanzar el misterio subjetivo que le ha­bla de Él. La inspiración es variada y se­rena: apenas algunas nubes a través del cielo azul, apenas algún estremecimiento, turba la conciencia tranquila.

En nítidos cuadros idílicos de factura clásica se nos presenta toda la vida de los campos; se si­guen los trabajos y los días de la gente humilde, las alegrías y las penas contem­pladas con corazón hermano y amplia cor­dialidad que nos recuerda al bondadoso y humano Virgilio. Como él, Zanella ama y admira la variedad de las hierbas y de las flores, como él conoce la voz y las costum­bres de los pájaros, las estaciones, las fae­nas y los meses de la agricultura y asocia en la piedad a los hombres y a los anima­les, como están asociados en la fatiga. Ve­mos al «cansado Astichello» serpentear «en­tre cabañas puntiagudas de cañas y greda»; el alegre coro de las avispadas aldeanitas que salen cantando del taller, el viejo buey tendido «sobre el declive del río, orilla flo­reciente» y el pastor jovencito que se pier­de en las visiones guerreras de los Reales de Francia; el buen colono que se queja con el humilde riachuelo casi seco, «como pobre con pobre»; «el chiquillo descalzo que abandona sus flotas de papel a la co­rriente» mientras cae la lluvia; la batalla del gallo con el halcón, mientras la gallina espantada retira a los «párvulos» bajo el soto; la rana que con su croar descubre al zagal el arroyo donde abrevar al rebaño; Ruth, la rubia espigadora alta y hermosa, que tiene en los ojos las flores azuladas de la centaura y en las mejillas el purpurino llamear de las amapolas. Este es el «mun­do diminuto» amado con el corazón y visto con cristalina claridad que, perdida toda escoria realista, se transfigura sin quedar ofuscado por las transparentes alegorías morales con las que algunas veces se com­place el poeta, ni por los incisos polémicos contra la falsa ciencia y las pérfidas doc­trinas sociales que perjudican la fe, la vir­tud y la paz de los hombres.

A. Massariello

Es insincero, Zanella, como poeta de la naturaleza, porque casi siempre intenta su­bordinar y coordinar sus primeras impre­siones a una solución conceptuosa. (De Llollis)

Tranquilo y amable artífice de versos. (D’Annunzio)