Apolonio Rey de Tiro

[Historia Apollonii regis Tyri]. Relato novelesco en pro­sa, con algunos versos intercalados, que ha llegado anónimo hasta nosotros en una redacción latina de época incierta (alre­dedor del siglo III d. de C.). Muchas afini­dades con las novelas griegas y particular­mente con las Ejestacas (v.) de Jenofonte Efesio hacen pensar en un original griego. Antíoco rey de Antioquía, manda matar a todos los pretendientes de su hija que no consigan resolver una adivinanza propuesta por él. En realidad la adivinanza no es más que un pretexto para impedir el matrimo­nio de la princesa, con la cual el padre mantiene relaciones incestuosas. El prínci­pe de Tiro, Apolonio, se presenta a su vez, y resuelve la adivinanza, pero se ve recha­zado y amenazado de muerte. Por esto deja su patria y después de muchas aventuras llega náufrago a Cirene, solo y sin recur­sos. Recogido por un pobre pescador, en­cuentra en la palestra al rey Arquistrato y consigue ganar su favor desplegando sor­prendente habilidad en la gimnasia, en la música y en la declamación. Convertido en preceptor de la hija del rey, Arquistratida, la enamora y obtiene su mano. Poco des­pués Apolonio se entera de que Antíoco y su hija han sido muertos por un rayo y que el reino de Antioquía le corresponde a él.

Entonces se embarca con su esposa, que está ya embarazada, para ir a recoger su herencia; pero Arquistratida es sorpren­dida por los dolores durante la navegación, y después de haber dado a luz una niña, se queda desmayada de tal modo que todos la tienen por muerta y la confían a las olas encerrada en un sarcófago. El mar transporta el supuesto cadáver a Éfeso, y allí Arquistratida vuelve a la vida en casa de un médico que la ha recogido y que la coloca después como sacerdotisa en el templo de Artemisa. Mientras tanto Apo­lonio, abatido por el dolor, no quiere ya saber nada del reino, y, después de confiar a su hijita, con el nombre de Tarsia, a unos antiguos huéspedes suyos de Tarso, parte para Egipto como mercader, después de haber hecho voto de no cortarle la bar­ba, ni los cabellos, ni las uñas, hasta que case a la niña. Tarsia crece bella e inteli­gente, hasta el punto de encender la envi­dia de su tutora Dionisíada, que tiene una hija menos aventajada. Dionisíada da orden a un criado de matar a Tarsia, y difunde la voz de que ha muerto de enfermedad; de manera que cuando Apolonio vuelve para llevársela, su dolor aumenta. Pero la muchacha no ha muerto; cuando se halla a punto de ser asesinada, unos piratas la han raptado y vendido a un medianero de Mitilene.

Tarsia consigue mantenerse pura, en la casa infame, conmoviendo a los visi­tantes con el relato de sus aventuras y he­chizando al público con sus habilidades ar­tísticas; hasta Atenágoras, el príncipe del país, la protege. Un día llega a Mitilene la nave de Apolonio, y Atenágoras, que ha ido a visitarla, se queda sorprendido ante la profunda tristeza en que está sumido su dueño. Para distraerle le envía a Tarsia y entonces, después de muchas incertidumbres (es curiosa una serie de adivinanzas que Tarsia propone a Apolonio para distraerle) viene el reconocimiento entre padre e hija. El escritor se muestra escrupulosí­simo en combinar el final de la historia de la manera más feliz; no descuida a ningu­no de sus personajes, ni los menores, y tanto los buenos como los malos hallan la recompensa que merecen. Tarsia se casa con Antenágoras, a quien Apolonio concede el reino de Tiro, tomando para sí el de Antioquía. Apolonio dispone el castigo de Dionisíada y finalmente, inspirado por un sueño, encuentra a su esposa en Éfeso. En una visita a Cirene, Apolonio recoge la última voluntad de Arquistrato y la heren­cia de aquel reino, que será regido por un segundo hijo suyo. El relato tiene tono po­pular; los personajes, diseñados con inge­nuo esquematismo, se mueven en un mundo ficticio, donde las aventuras más inverosí­miles se suceden según el único criterio de suscitar asombro. Grandísima fue la difusión del librito durante la Edad Media, como lo prueban los diversos relatos que han llegado hasta nosotros; entre el siglo X y el XIV, se hicieron de él refundiciones en latín y versiones vulgares en inglés, es­pañol, italiano, alemán y francés. Del si­glo IX nos queda una trascripción en versos leoninos, incluida en los Monumento, Germaniae Histórica (v.). Conocida es también la refundición de Godofredo de Viterbo (si­glo XII).

A. Brambilla

*      La más importante de las versiones de esta novela en lengua vulgar aparece en la literatura castellana medieval, bajo el título de Libro de Apollonio, poema de 2.624 ver­sos en tetrástrofos monorrirnos alejandri­nos, es decir, en cuartetas monorrimas aconsonantadas de catorce sílabas (que a veces se convierten en estrofas de cinco versos) divididas por un hemistiquio en dos heptasílabos. Producción de un poeta eru­dito, probablemente aragonés, según per­mite conjeturarlo ciertos rasgos dialectales, escrita a mediados del siglo XIII y perte­neciente a la escuela del mester de clere­cía, no existen datos suficientes para saber si fue compuesta antes o después de las obras de Berceo, aunque parece evidente que su autor fue uno de los primeros en usar el verso alejandrino de la métrica francesa o provenzal y el molde estrófico de la cuaderna vía o tetrástrofo monorrimo. El poeta castellano sigue muy de cerca el relato tradicional, según lo conocemos a través de la Historia Apollonii regis Tyri, o a través de una versión francesa o pro­venzal hoy perdida. Al igual que en la versión latina, el relato se inicia refiriendo como el rey Apolonio de Tiro, después de haber descifrado el difícil enigma propues­to por el rey Antíoco para conceder la ma­no de su hija, descubre el infame secreto de sus incestuosos amores. Obligado a huir para salvar la vida, se refugia en Tarso con sus naves, cargadas de provisio­nes y riquezas, pero no creyéndose aún allí seguro, se hace de nuevo a la mar, naufraga y logra salvarse solo y desnudo en las playas de Pentápolis. Un pescador a quien cuenta sus desgracias, le da comida y vestidos y le encamina a la ciudad. Allí se da a conocer al rey Architrastes por su gran habilidad en el juego de la pelota y por su gran maestría en la música y el canto.

El monarca le nombra preceptor y maestro de su bellísima hija Luciana, la cual se enamora perdidamente de él, hasta el punto de rechazar a muchos príncipes que la pretenden y de enfermar sin espe­ranza de conseguir el logro de sus deseos. Descubierta la estirpe real de Apolonio éste se casa al fin con la princesa, al tiempo que llegan noticias de la muerte de su enemigo el rey Antíoco que ha de permitirle regre­sar a su patria. Durante la travesía Luciana da a luz una hermosa niña que está a punto de costarle la vida. Apolonio y todos los de la nave la creen muerta, y persuadidos por una extraña superstición de que se pierde la nave que lleva un muerto a bor­do, deciden arrojarla al mar. Con amargo dolor Apolonio hace encerrar a Luciana en un féretro embetunado para que no penetre el agua y con una inscripción que dice su nombre y ruega a quien la encuentre le de honrada sepultura, y la arrojan al mar. El féretro llega tres días después a una playa de Éfeso donde la recoge un médico muy docto, el cual después de leer el escrito decide embalsamarla, pero al ir a hacerlo percibe señales de vida y a fuerza de re­medios logra sanar a Luciana. Ésta enton­ces decide esperar noticias de su marido y entra, con otras mujeres, en un monaste­rio consagrado a Diana. Entretanto Apolo­nio lleno de dolor, llega a Tarso, encomien­da a su hija, con su aya Licórides, a Estrángilo y a su mujer Dionisia, jura no volver a cortarse la barba ni las uñas, ni volver a Tiro hasta que pueda casarla, y se inter­na en Egipto, donde permanece trece años en señal de duelo, al final de los cuales se presenta en busca de su hija Tarsiana. Ésta por su parte, durante su ausencia tiene la desgracia de perder a su aya Li­córides que la amaba con ternura y que antes de morir le descubre el secreto de su nacimiento.

Al verla desamparada y toda­vía casi una niña, Dionisia, deseosa de apoderarse de las riquezas que Apolonio dejó para su hija y creyendo que éste no regresará jamás decide darle muerte y para ello contrata a un asesino que sigue a Tarsiana hasta la playa solitaria donde va a rezar todos los días sobre la tumba de su querida aya. Tarsiana al verse en trance de muerte pide un momento para dirigir a Dios una corta oración en la que implora que salve su vida. Mientras, se ha acercado a la playa la nave de unos piratas que ahuyentan al cobarde asesino y al ver la hermosura de la joven se la llevan consigo para venderla como esclava en Mitilene. Allí Antinágoras, principal señor de la ciudad, trata de comprarla por una gran suma pero un malvado que piensa especu­lar con su belleza ofrece más y se queda con ella, poniendo inmediatamente precio a su virginidad. Tarsiana con sus lágrimas logra persuadir a todos sus pretendientes, el primero de los cuales es el enamorado Antinágoras, de que la respeten, contándoles parte de su triste historia y éstos, no sólo acceden, sino que le dan dinero para contentar a su ruin amo. Sin embargo, te­miendo que este subterfugio no pueda prolongarse durante mucho tiempo, Tarsiana, que tiene gran destreza en la música y en el canto, ofrece hacerse juglaresca y ganar así mucho más dinero del que podía espe­rar. Mientras tanto Apolonio va a buscarla a Tarso, y al saber la triste noticia de la muerte de su hija, decide marchar con sus naves a Tiro, pero una tormenta le arroja cerca de Mitilene. En la playa y sumido en un inmenso dolor, le encuentra Antinágoras quien al ver su tristeza manda llamar a la juglaresca Tarsiana para que con sus can­ciones distraiga al dolorido viajero. Tarsia­na llevada de una secreta intuición, pone toda su alma en consolar al viajero y al no lograrlo con todos los recursos de su arte, queriendo hacer un último esfuerzo, echa los brazos al cuello de Apolonio, el cual irritado la rechaza dándole una fuerte bofe­tada.

Tarsiana, humillada, se queja con amargura y refiere entre sollozos parte de sus desdichas. Apolonio, que la oye atónito y arrepentido, le pregunta el nombre de su aya y al oír que se llamaba Licórides y re­conocer en ella a su hija, la toma en sus brazos loco de alegría. Finalmente, reconoci­da su hija Tarsiana y visto el amor que le profesa el noble Antinágoras, los casa y marcha con ellos a Tiro, pero se le aparece un espíritu y le ordena que vaya antes a Éfeso, al convento de Diana, donde com­pletará su felicidad. Allí encuentra, en efec­to, a su mujer Luciana; parte luego para Tarso, donde castiga la maldad de Dionisia y Estrangilo y va después a Antioquía don­de deja por reyes a Antinágoras y Tarsia­na. Luego lleva a Luciana a Pentápolis, a ver a su anciano padre el rey Architrastes, le nace un hijo, que deja por rey a la muerte de su padre; premia al pescador que le había socorrido y se vuelve, por fin, a Tiro, su patria, con lo que termina el poema. La fortuna de esta novela, a través de versiones bizantinas y neogriegas, con­tinuó en los siglos sucesivos. De esta anti­gua historia se deriva el drama shakespeariano, Pericles príncipe de Tiro (v.).

A. Vilanova