Antony, Alexandre Dumas

Drama de Alexandre Dumas padre (1803-1870) que, representado el 3 de mayo de 1831, señaló, mucho más efi­cazmente que el mismo Hernani (v.), el triunfo del nuevo teatro romántico francés. He aquí su argumento ultra novelesco. Ade­la, noble jovencita, está prometida por su padre al coronel d’Hervey, cuando aparece en su vida Antony, turbándola con los pe­ligrosos ardores de una gran pasión. Pero Antony (v.), héroe romántico sombrío y apasionado, aunque viva en el lujo, no tiene nombre ni familia y su origen debe quedar envuelto en el misterio; odia esa brillante sociedad donde sin embargo con­sigue tantos éxitos, pero que le descarta­ría si conociese su verdadero ser. Por ello no quiere ligar a Adela a su destino y de­cide sacrificarse por la tranquilidad de la mujer amada, desapareciendo. Pero el sa­crificio resulta demasiado grave para su corazón y no sabe resistir a la pasión que el tiempo y la lejanía hacen cada vez más agitadora: tres años más tarde envía a Adela, que es ya Madame d’Hervey, una carta pidiéndole un coloquio secreto. Tur­bada, la mujer quiere huir para no verle, y reunirse con el marido ausente.

Pero apenas ha marchado cuando los caballos de su carroza se desbocan velozmente; un hombre se lanza a detenerlos y, herido, es llevado a casa de ella para las primeras curas; es Antony. Durante la primera con­valecencia, vencida por la impetuosa elo­cuencia del joven, Adela le promete huir con él, reservándose eludir el compromiso con la fuga en el momento decisivo. Anto­ny, fuera de sí, la precede a una posada donde ella deberá cambiar los caballos del coche, por la noche, y compra al hostelero; de modo que la mujer, al no encontrar el cambio, se ve obligada a pernoctar en la localidad, y le encuentra inesperadamente delante, en la habitación que «un viajero que la había precedido» consintió en cederle. Antony consigue luego que vuelva con él a París y reemprenda la acostumbrada vida social. Pero Adela pronto se siente torturada por los remordimientos, ofendida por venenosas e insultantes insinuaciones: está a punto de llegar su marido, advertido de la situación por una carta anónima, y ella, fuera de sí ante la idea de la inevita­ble tragedia y del escándalo, está sobre todo destrozada por el pensamiento de la situación en que se encontrará su hijita el día en que se entere de la deshonra de su madre. Entonces Antony, entre el furor y la desesperación de la catástrofe, opta por una loca decisión que salvará al menos el honor de la mujer: Hervey, entrando en es­cena, le encuentra junto a la mujer muer­ta, oye que le grita la terrible frase, que se hizo célebre en los anales del teatro ochocentista: «¡Se me resistía y la he ma­tado!».

Conducida con pericia escénica ver­daderamente excepcional, con zonas de sombra y de misterio sabiamente situadas para aumentar la sugestión del asunto, la obra se impuso en virtud de su misma vio­lencia. Triunfaba con ella el tema de la pasión impetuosa, que infringe todos los lí­mites; del corazón rebelde a las convencio­nes, en lucha con el formulismo que do­mina la vida social. Y nacía Antony: el tipo de aventurero noble y apasionado, dis­puesto a las decisiones más trágicas, agi­tado y perdido por la pasión que él mismo ha suscitado. [Trad. española de Eugenio de Ochoa (Madrid, 1836)].

M. Bonfantini