Antropología en Sentido Pragmático, Emmanuel Kant

[Anthropologie in pragmatischer Hinsicht]. Obra del filósofo alemán Emmanuel Kant (1724-1804), publicada en 1798. La antropología pragmática indaga los principios según los cuales el hombre como ser libre, obra o puede o debe obrar; su fundamento es la Metafísica de las cos­tumbres, sistema de conocimientos «a priori» que comprende las reglas por las cuales los principios puros y universales de la razón práctica pueden ser aplicados a los conceptos de la experiencia. Debe estudiar cómo se realizan en la vida del hombre individual y de sociedad los principios pu­ros de la doctrina del derecho. El problema de la antropología es por lo tanto la rela­ción entre lo natural y lo legal; entre li­bertad de naturaleza y libertad civil. En toda legislación se hallan dos elementos; una ley que representa la acción objetiva­mente, como necesario, esto es, que erige la acción en deber; es impulso que une «sub­jetivamente» el motivo que determina la voluntad con la representación de la ley. Una doctrina del derecho puramente empí­rico es imposible; el origen de los juicios empíricos consiste en buscar en la razón pura qué fundamento de derecho pertenece únicamente a las relaciones exteriores de una persona con otra; el derecho es, pues, el conjunto de las condiciones por medio de las cuales el albedrío de una persona puede ponerse de acuerdo con el albedrío de otra según una ley universal de la libertad.

El principio universal del derecho es «Obrar exteriormente de manera que el libre uso de tu albedrío pueda ponerse de acuerdo con la libertad de otro hombre cualquiera según una ley universal». Cuando cierto uso de la libertad es impedimento para la libertad (es decir, es injusto), la constric­ción impuesta a ese uso, está de acuerdo con la libertad según leyes generales; es, pues justa. Por esto al derecho va unida la facultad de constreñir al que inflige daño. La libertad es el único derecho origi­nario, que pertenecí a todo hombre, en virtud de su humanidad. El derecho se di­vide en derecho privado y derecho públi­co. El primero define qué relaciones, según la ley de la libertad, se pueden establecer entre el arbitrio de la persona individual, y las cosas exteriores (posesión), o el arbitrio de otras personas (contrato —matrimonio— familia). Los conceptos del derecho privado no son empíricos: con todo, tienen eficacia pragmática, es decir, son aplicables a ob­jetos de la experiencia. El derecho público es un sistema de leyes por medio del cual un pueblo participa de lo que es derecho. La relación recíproca de los individuos en un pueblo es el estado civil; el todo, en relación con cada miembro suyo, es el Es­tado. El concepto de Estado resulta de la investigación en torno a la naturaleza hu­mana, y de la racionalidad de los princi­pios jurídicos; por esto la forma del Es­tado, estudiada por la doctrina del derecho, no puede ser ninguna de las formas de que la vida política nos ofrece como ejemplo, sino la que pueda ser concebida según los puros conceptos del derecho; es esta la idea que sirve de norma a toda asociación que se construye en Estado. De los tres po­deres del Estado (legislativo o soberano, ejecutivo y judicial), sólo el primero puede pertenecer a la voluntad colectiva del pue­blo; porque así como de este poder derivan todos los derechos, su ejercicio no debe poder infligir injusticia a ninguno. Los miembros de un Estado, en cuanto forman la unidad del poder legislativo, son ciuda­danos.

El acto con el cual un pueblo se constituye en un Estado o, mejor dicho, la idea de este acto, es el contrato origi­nario, por el cual cada individuo depone su libertad para volverla a encontrar, no disminuida, en una dependencia legal que resulta de su voluntad legislativa. Los tres poderes del Estado, unidos entre sí, en or­den de subordinación deben completarse pero no identificarse. De la separación de Ios poderes deriva la salud del Estado. Este no es el bienestar ni la felicidad de los ciudadanos, sino la condición conforme a los principios del derecho y el fin al cual «la misma razón, por medio de un impera­tivo categórico, se impone el deber de ten­der». La relación del poder soberano con el pueblo puede ser concebida de tres ma­neras diversas: como autoridad empírica, como aristocracia y como democracia. En la realidad empírica, estas tres formas pueden ser más o menos buenas; pero el verdadero Estado es el que realiza el espíritu del pac­to originario, con la única constitución jus­ta: la de una pura república, fundada sobre el principio de la libertad. El derecho pú­blico, junto al derecho del Estado o derecho político, debe tener en cuenta el derecho de los pueblos o derecho cosmopolita. Este último en la realidad empírica no existe todavía; con todo está fundado, en los prin­cipios de la pura razón: si el Estado es la condición por la cual un pueblo halla la garantía de su derecho, es absurdo que los Estados deban necesariamente fundar sus relaciones recíprocas en una condición co­rrespondiente al estado de naturaleza de los salvajes, en lugar de fundarlas en un siste­ma jurídico. Los Estados deben tender a una libre asociación federativa que, funda­da en un pacto originario cosmopolita, se proponga como fin la paz perpetua (v. Por la paz perpetua). [Trad. esp. de José Gaos (Madrid, 1935)].

E. Codignola