Angelo, Tirano de Padua, Victor Hugo

[Angelo, tyran de Padoue]. Drama en tres jomadas, en prosa, de Victor Hugo (1802-1885), repre­sentado en 1835. En 1549, es gobernador de Padua, enviado por Venecia, Angelo Malipiero, tirano que vive bajo el temor de Venecia, por la que se siente vigilado, y que puede de un plumazo destituirlo y castigarlo. También le atormentan los ce­los por su mujer Catarina Bragadin, a quien sin embargo no ama y que no le ama; tampoco le consuela su amor hacia Tisbe, comedianta que pasa por su aman­te y no lo es. Ésta adora sólo a Rodolfo, un proscrito misterioso a quien hace pasar por su hermano, y está absorbida en el recuer­do de su madre muerta. Pero Rodolfo (que es Ezzelino da Romano) tiene entregado su corazón a una muchacha que encontró en Venecia y ahora se ha casado, igno­rando con quién y dónde. Un extraño ser, un mendigo que lo sabe todo, le lleva a ella, misteriosamente; también advierte a Tisbe que puede encontrar a Rodolfo jun­to a otra mujer: una llavecita, que fácil­mente puede hacer que le dé el gober­nador, le abrirá el camino. El desconocido que lo sabe todo es Omodei, espía de Venecia que, rechazado un día por Catarina, se venga ahora, sirviéndose de los celos de Tisbe. Ésta llega a la estancia de Catarina cuando Rodolfo acaba de salir y se yergue terrible contra la rival. Pero, viendo a su lado un crucifijo, comprende que la dama es la que cierto día salvó a su madre de un tremendo peligro y recibió en compen­sación aquel regalo.

Ahora sólo piensa en salvar a Catarina desviando las sospechas del marido que acaba de llegar. Omodei es muerto por Rodolfo que conoce sus intri­gas; pero antes de morir hace llegar al go­bernador la prueba de la traición de su mujer. Angelo decide matarla, y Tisbe, con­vencida ya de que Rodolfo sólo ama a la otra, también le perdona: aconseja la muer­te por veneno y suministra en cambio a Catarina un narcótico; luego, se hace llevar el cuerpo desde el sepulcro a su casa. Allí entrega la amada a Rodolfo que ha ido a insultarla y la mata antes de conocer el presente así como su sacrificio. Sin el fervor juvenil y poético de Hernani (v.) ni de Marión Delorme (v.), el drama es voluntariamente esquemático, enfrentando, en vez de criaturas vivas, a la mujer y la cortesana, el soberano, el proscrito y el esbirro envidioso. Tras estas abstracciones retóricas, un burdo melodrama en una Ita­lia completamente convencional; en lugar de la soberbia poesía de los primeros dramas, una prosa hinchada que pocas veces consi­gue páginas vivas y conmovidas. Más que las restantes obras teatrales del autor, ésta había de aparecer como un cañamazo apto para la música de ópera: además del Jura­mento de Saverio Mercadante (1837), deri­va de él la ópera Angelo (San Petersburgo, 1876), de Cesar Cui (Kjni, 1835-1918) y la popularísima Gioconda (v.) de Amilcare Ponchielli, con libreto de Tobia Gorrio (Arrigo Boito). [Trad. española anónima (Barcelona, 1843)].

V. Luigli

*      Del drama de Victor Hugo, Gaetano Rossi extrajo el libro para el melodrama en tres actos Il giuramento de Saverio Mercadante (1795-1870), representado en Mi­lán, con éxito favorabilísimo, en 1837. La acción está transportada a Siracusa en el siglo XIV y también los personajes tienen nombres y rasgos distintos. En esta ópera, bastante más cuidada que la precedente, Elisa e Claudio, se advierte una mayor co­herencia con el texto dramático, una tesi­tura más corta, cierta mesura en los «cres­cendo» estereotipados, alguna novedad en las cadencias y, sobre todo, una mayor ela­boración orquestal; el autor, aun siguiendo de cerca las normas de Rossini y Bellini, consigue encontrar acentos personales es­pecialmente en la predominante parte vocal, arias y duettos, donde la inspiración de frescos apuntes melódicos consigue a veces sinceras expresiones dramáticas. Pero, en conjunto, el ingenio demasiado fácil lleva a trivialidad de construcción, a efectos ple­beyos que, unidos a la falta de unidad es­tilista, confieren a la obra, bajo muchos aspectos la más importante de Mercadante una sensación de repetida y farragosa que ha contribuido al olvido casi total de esta partitura que un día fue célebre.

F. Arborio Mella