CUBISMO

El Cubismo nació en París, en 1908, en el Salón de los Independientes, cuando Matisse inventó, en sentido negativo, es­ta palabra para criticar un cuadro de Georges Braque (n. 1889). Como sucede con otras orientaciones, la crítica se con­virtió en programa.

Carácter fundamental del Cubismo es un peculiar “espíritu de geometría” que induce al pintor a resolver con volúmenes geométricos, planos y curvas, sus imágenes; es una reacción directa con­tra el Impresionismo (v.), acentuando el valor del volumen sobre el del color, tratando de recoger las íntimas exigen­cias espaciales de las cosas en sí, su esen­cia geométrica, y de exaltarlas con sen­cillas impresiones cromáticas. Los gran­des exponentes y maestros del Cubismo fueron Pablo Picasso (n. 1881) y André Derain (n. 1880), y su teorizador fue Guillaume Apollinaire (1880-1918), quien lo definió como “arte de concepción” de­nunciando de ese modo el esfuerzo, pro­pio del movimiento, de alcanzar la crea­ción a través de un análisis intelectual de los diversos motivos. Este análisis se reveló muy pronto tan esencial que se convirtió en motivo por sí mismo e in­dujo a Apollinaire a considerar los va­rios elementos geométricos de la com­posición como notas musicales, hasta for­mular la idea de una pintura absolutamente abstracta, pura armonía de valo­res espaciales, género absolutamente nue­vo y dotado de una individualidad que lo distinguía de la pintura normal.

El Cubismo revela una continuidad in­terior a través de la cual se transmitie­ron, y siguen transmitiéndose todavía, algunos elementos precisos. Fue sin duda alguna la primera revelación del sentido del desnudo, de lo liso, de lo necesario, de lo mecánico, que caracteriza los veinte años que siguieron a la primera Guerra Mundial. Pero, más aún, abre la lucha entre el espíritu y el espacio, en­tre el mundo del pensamiento y el mun­do exterior a nosotros, recogida por el Dadaísmo (v.) y el Surrealismo (v.) cuya solución está lejana todavía.

Su fórmula geométrica, decididamente ostentada, es muy significativa de su psicología. Si por un lado se presenta como lo esencial del mundo de los obje­tos, y puede dar la medida de una pene­tración en la intimidad misteriosa y ate­rida de la cosa en sí, por otra parte, como pura concepción intelectual, pa­rece que permita al artista crear su obra según rigurosas leyes interiores, expre­sando el puro sentido trágico del espí­ritu. Así, responde igualmente al clima del idealismo absoluto (v. Idealismo), en el cual nace el movimiento, y a sus rea­lizaciones: reafirma la suficiencia del es­píritu por sí mismo y, al propio tiempo, remacha la necesidad de escrutar el se­creto de un mundo que le es externo.

De ese modo pone en primer plano lo que los antiguos filósofos hubiesen lla­mado las “cualidades primarias”: el volumen, la consubstancialidad, desdeñan­do “cualidades secundarias”, como el co­lor que, cuando consigue imponerse, asume un sencillo valor decorativo, mientras al volumen geométrico corres­ponde expresar la tragedia metafísica del objeto. Tragedia, que consiste preci­samente en la aparición fantasmagórica de una realidad ignota, en el espanto que asalta al hombre colocado ante lo inimaginable, en su propia incapacidad de fantasear frente a la terrible apari­ción de la realidad pura.

Por primera vez el Cubismo, entre to­dos los movimientos de los primeros cua­renta años de nuestro siglo, denunciaba el agotamiento de la fantasía. La crea­ción interior del Cubismo no es tanto fantasía cuanto evocación de una reali­dad en sí, completamente esencial y ne­cesaria, reducida a los valores que la fí­sica, y particularmente la óptica y la radioscopia todavía reciente, acababan de revelar. Fortísimo es en el Cubismo el “sentido radioscópico” que permite las compenetraciones y parece revelar un universo inimaginable.

Tal actitud tenía en verdad pocas po­sibilidades de desarrollo si no se trans­formaba de modo radical, precisamente porque estaba formulada con rigurosa coherencia y con motivos abstractamen­te sintéticos. Contrariamente a las ilusiones de Apollinaire, los volúmenes no tenían la riqueza secreta de los sonidos ni su infinita capacidad simbólica; no pudiendo expresar más que un mundo puramente dimensional, sólo tenían un significado, el puro no-yo, y un solo drama, el de un Yo circundado de un ambiente incomunicable que escapa al tacto y a la imaginación. Todo se redu­cía necesariamente a la contemplación y repetición de ese estado de ánimo.

Más tarde, reapareció en el funciona­lismo un eco del Cubismo, y volvió a asomar en la pintura metafísica. De modo que puede decirse, en cierto sen­tido, que su parábola no se ha cerrado aún. En estado puro, en cambio tuvo po­cos años de vida y acabó en la deslum­brante escenografía de los inolvidables “Ballets Russes” de Diaghilev.

Ugo Dèttore