Anacreonte o El amor fugitivo, Luigi Maria Cherubini

[Anacréon ou L’Amour fugitif]. ópera en dos ac­tos con música de Luigi Maria Cherubini (1760-1842) según libreto de un tal Mendouze, representada en París en 1803 y mal acogida por ser música de tipo alemán. La escena se desarrolla en Teos, en Jonia, du­rante la vejez del poeta cuyo nombre da título a la obra. Se preparan fiestas para Anacreonte; se ocupa especialmente de ellas, Corina, la joven cantante por la cual siente un amor correspondido. El poeta, que asiste a los preparativos, medita tristemente acerca de su vejez que contrasta con el vi­gor todavía juvenil de su espíritu; pero las esclavas de Corina le aseguran que ella le amará siempre, por lo cual, ya serenado, canta acompañándose con la lira un himno gozoso al amor y a Baco. Entretanto se oye fuera un clamor de tempestad; y mientras Anacreonte intenta calmar a las esclavas asustadas, se oye la voz de un niño que pide asilo. Es el amor, disfrazado; acogido afectuosamente por Anacreonte, le da a en­tender que ha tenido que huir de su casa por intrigas familiares, y que la tempestad le ha sorprendido.

Durante las fiestas, el Amor comienza a hacer diabluras con las esclavas; quieren echarle, pero les suplica que le dejen quedarse, e infunde mientras tanto en el corazón de los presentes un ardor irresistible; Anacreonte se deja con­mover y le permite quedarse, contra el pa­recer de Corina. En cierto momento llega de la isla de Citerea un mensaje de Venus exigiendo el regreso de su hijo, y con la promesa de colmar todo deseo a quien se lo devuelva. Reconocido el Amor por la descripción hecha en el mensaje se renueva la disputa entre los que querrían despedirle y los que desean retenerle. Finalmente llega Venus en su carro; ha adivinado, al oír el canto de Anacreonte que el Amor de­bía estar junto a él para inspirárselo. Res­tituido Cupido a la diosa madre, para re­compensar a Anacreonte por su buena aco­gida, le concede que continúe viviendo con su favor, y a las jóvenes esclavas que han querido hacerle entrar en razón les inflige la pena de que ellas también un día u otro deban amar. Con este argumento de fondo mitológico y clasicista, y a decir verdad de poca consistencia, Cherubini compuso una música exquisita y ricamente elaborada, en la que las formas melodramáticas de la época están despojadas de todo convencio­nalismo y reducidas a una línea noble, de­purada al mismo tiempo dúctil. En lugar del «recitativo seco», o del hablado, hay siempre un recitativo expresivo e integrado por la orquesta; las arias tienen una cantabilidad serena y plástica.

Pese a que en principio se destinaba al teatro francés, el Anacreonte se aproxima más bien al tipo del melodrama alemán, pero no tiene las tendencias simbólicas y fantásticas de éste, pues su elemento fabuloso es muy tenue, de entonación juguetona y familiar; su es­píritu es esencialmente latino, pero de una latinidad muy peculiar del autor, esto es, de un gusto clásico, moderado y eurítmico. Esto determina también los límites espiri­tuales de la obra, que no alcanza, desde luego, las más altas cúspides de la expre­sión musical: la misma debilidad de la fá­bula no era a propósito para inspirar a Cherubini páginas de genialidad semejantes a las que se encuentran, por ejemplo, en su música religiosa. Pero si en esta obra no hay cosas sublimes hay muchas que son bellas, comenzando por la obertura, que es la pá­gina más célebre de la obra, y deliciosa con su adecuada trama orquestal, con su bello efecto luminoso de «crescendo» y su expresión alegre y al mismo tiempo vigo­rosa de los temas que luego serán repetidos varias veces en el curso de la ópera. Otra página magistral es la tempestad del final del primer acto, en que a la poderosa so­noridad orquestal se une la vocal, especial­mente eficaz en las invocaciones de las es­clavas: «¡Anacreonte!, ¡Anacreonte!» para apaciguarse en un final de levedad mozartiana en que resuena el tema de la obertu­ra. Entre los más bellos fragmentos solistas recordaremos la primera aria de Corina y el relato del Amor al principio del segundo acto, que recuerda el estilo del «lied» ale­mán. En el segundo acto, la parte decorati­va de la fiesta es algo prolija, y desde ese momento decae un poco el interés de esta música; sin embargo, aún aparecen luego algunas páginas bellas; y el final, donde se canta un himno al Amor y a Baco, es algo más que un final de rutina, y de todo el conjunto queda la impresión de un cla­sicismo exquisito, aunque ligeramente académico.

F. Fano