Anabasis, Jenofonte

[Expedición hacia el interior]. Obra histórico-autobiográfica de Jenofonte, ateniense (427?-355? a. de C.), discípulo de Sócrates, el tercer historiógra­fo griego después y a notable distancia de Heródoto y Tucídides. Los gramáticos pos­teriores han dividido la Anábasis en siete libros, el primero de los cuales (el único al que conviene el título propiamente) narra la expedición que Ciro el Joven emprendió en 401 a la cabeza de un ejército compues­to, además de mercenarios asiáticos, de un cuerpo de 13.000 voluntarios griegos, para quitar el reino de Persia a su hermano Artajerjes. En la batalla con Artajerjes en Cunasa cerca de Babilonia, Ciro muere a manos de aquél mientras su ejército es des­baratado, y sólo los griegos resisten a los persas. En este punto y durante los seis libros sucesivos, la obra de Jenofonte se hace, además de histórica, autobiográfica y apologética, constituyéndose así en el pro­totipo de esos «comentarios» que en la literatura latina habían de tener un expo­nente insigne en la obra de César. Jeno­fonte, en efecto, que probablemente para sustraerse a la turbulenta vida política ate­niense, había seguido la expedición como amigo del tebano Proxeno, después de la muerte de éste y de casi todos los estrate­gas griegos, traicionados por Artajerjes, asume el mando de una parte del ejército griego y consigue guiarlo hasta las costas del Ponto, por un vastísimo territorio hos­til, remontando primero el curso del Tigris, después a través de las montañas escabro­sas de los Carducos y la altiplanicie de Ar­menia, con la marcha que se ha hecho fa­mosa en los anales militares con el nombre de retirada de los 10.000.

Al final de la ex­pedición, Jenofonte escribió su historia, que publicó, según algunos, unos treinta años después, o más probablemente, como lo demuestran entre otras cosas el tono ge­neral de la obra y la viveza de las impre­siones, antes del 380. Como historiador de sí mismo, Jenofonte peca tal vez de parcialidad; no tiene la visión amplia de los hechos concebidos en una concatenación de causas y efectos, propio del historiador, sino que se detiene en detalles de carácter técnico o anecdótico, como la ordenación y equipo del ejército, y los sueños a los cuales, como observante de toda supersti­ción, atribuía gran importancia. Estilística­mente la Anábasis figura entre las obras mejor logradas de Jenofonte, y la narra­ción, siempre nítida pero a veces monótona en medio de su sencillez, es interrumpida con vivos rasgos épicos como la descripción de la llegada de los griegos al mar, idílicos como la de los ocios del propio Jenofonte en Escilunte, o pictóricos como algunas amplias descripciones de paisajes que de­muestran ya vivo en Jenofonte el amor por lo nuevo y lo exótico que aparecerá des­pués más evidente en la Ciropedia (v.). En la antigüedad la Anábasis fue admiradísi­ma por los griegos (sirvió, entre otras co­sas, de modelo para la Anábasis de Alejan­dro (v.) de Arriano) y por los latinos; así resulta también por gran número de ma­nuscritos, así como del resto de la produc­ción de Jenofonte que han llegado hasta nosotros. También en el Renacimiento gozó de altísima estima, y en nuestros días, aun­que la crítica se haya mostrado más severa con ella, sigue siendo una de las obras más leídas de la literatura griega. [Traducciones españolas: la primera traducción castellana es la de Diego Gracián (Salamanca, 1552), reimpresa (Madrid, 1781); moderna de F. J. Ysart (Barcelona, 1945). Trad. cata­lana de Caries Riba (Barcelona, 1921)].

C. Schick

Parece que las mismas gracias han for­mado su lenguaje y justamente se le podría aplicar lo que la antigua comedia dijo de Pericles, esto es, que en sus libros reside la diosa de la Persuasión. (Quintiliano)