África, Francesco Petrarca

Es la obra a la cual Francesco Petrarca (1304-1374) creyó durante largo tiempo que estaría confiada su fama: poema en nueve libros, en hexámetros latinos, pro­bablemente estaba proyectado en doce li­bros, como la Eneida (v.); y tiene lagunas entre el cuarto y quinto libros. La obra, imaginada el Viernes Santo del 1338 (¿o del 1339?) vagando por los bien regados bosquecillos de la Vaucluse, redactada en­tre aquel año y el 1342 en la Vaucluse y Selvapiana (Parma), y largamente retocada después, le había ya valido en seguida re­nombre de gran poeta, cuando aún estaba inédita, allanándole el camino para su co­ronación en el Capitolio el día 8 de abril de 1341). El argumento de Africa es el mismo de las Púnicas (v.) de Silio Itálico, que, sin embargo Petrarca no conocía. Lo que ocurrió fue que, prendado de la figura de Escipión el Africano — el «héroe per­fecto» de la romanidad, valeroso y huma­no, realista y piadoso, sencillo y culto— y del triunfo de la civilización latina sobre la barbarie cartaginesa, se limita a la última fase de la segunda guerra púnica, la cual se cierra con la derrota de Aníbal en Zama.

Del poema se pueden dar dos valoraciones diversas, según el aspecto que se considere. Por el lado artístico el África, en su con­junto, no es seguramente una obra maestra; pero el justo juicio aventaja un poco al que hasta ahora ha venido emitiendo la crí­tica. Cierto es que la parte más propiamen­te histórico-heroica del poema incurre a menudo en una versificación rígida; a veces difusa, y a veces condensada, de la narra­ción de Livio, que al pasar de prosa a verso, a veces amplificada, pierde con ella su genuina epicidad. Ciertamente, gran parte del Sueño de Escipión, que es objeto de los dos primeros libros, se acerca mucho a la elevada prosa platónica del llamado Sueño de Escipión (v.) de Cicerón. Y con toda probabilidad la extensa laguna entre el tercero y cuarto libros es debida a la cir­cunstancia de que Petrarca no se sentía a sus anchas al cantar la guerra misma. Cier­tamente, los personajes principales, Esci­pión y Aníbal están, en este aspecto, esca­samente delineados y diferenciados; el uno es demasiado perfecto, el otro, por el con­trario, aunque no sin alguna justa nota hu­mana, demasiado bárbaramente «cartagine­sa». Tampoco el latín que emplea — a pe­sar de ser mucho más lúcido y expresivo que el acostumbrado latín medieval-,tiene personalidad artística propia, ni se afirma concretamente logrado, si se exceptúa al­gún trozo suelto en que la poesía viene a recortarse como metálicamente en la forma («lenta per ambiguam fulgebat Cinthia noctemet coecis radiabat aquis», l. VI); pero también hay que admitir que el África, aun faltándole «heroicidad» no carece com­pletamente de elevación épica, según se afirma.

En efecto, por todo el poema circu­la una vena subterránea que logra aflorar aquí y allá, incluso artísticamente, animan­do por un momento la narración, ora con detalles cómicos, a veces con un nobilísimo sentido de la unidad y la coherencia de la historia, a veces con una profunda y des­encantada sensación de la caducidad de toda cosa humana; a lo cual se une —y esto ha sido siempre reconocido al Africa — una íntima fluidez elegiaca que nos recuer­da francamente al poeta del cancionero (v.) [Canzoniere]. Tampoco bastaría recordar como felices episodios aislados la apasiona­da representación de Sofonisba (v.) y de su desventurado amor por Masinisa (1. V), y el breve episodio marítimo del moribundo Magón (1. VI) de cuyo particular valor se dio cuenta el propio Petrarca, pues a sus amigos entregó copia únicamente de estos fragmentos. Habrá que añadir, del mismo libro VI el episodio, evocación de la prime­ra guerra púnica, del delito marino de los cartagineses contra el caudillo espartano Santipo. Más aún, parece que cada vez que la escena vuelve a suceder en el mar —y el África es, en cierto sentido, el poema del Mediterráneo natural e histórico — la vena del poeta se desate, extendiéndose en el espacio y el tiempo, y tornándose más ele­vada y humana—. Considerada en cuanto a la historia de la cultura, es mucho ma­yor aún el valor del África, el cual, con razón fue ’ llamado «el poema del Huma­nismo», y con más precisión podría llamársele el poema de la romanidad que podía inspirar al renaciente espíritu clásico de los siglos XIV-XV, todavía íntimamente cris­tiano, o también el poema de la concilia­ción, del sincretismo romano-cristiano en la renovada clasicidad humanista. Porque Petrarca no se contenta con narrar aquel gran episodio —que para él es el vértice providencial de la historia de Roma donde Dios se pronuncia por Roma contra Cartago, de haber hecho oscilar largamente las suertes, en beneficio de la humanidad ve­nidera, por la «fides» romana contra la mala fe púnica—, sino que halla manera de introducir con mucha habilidad técnica, por medio de relatos, todo el pasado y, por medio de sueños y adivinaciones, todo el futuro de la historia romana reconocida como historia del pueblo perfecto, ilumi­nado ya por las cuatro virtudes cardinales y preparado para recibir, con el Cristianis­mo, la luz de las virtudes teologales.

Así, agotada la materia que le ofrecía Livio, se comprende por que Petrarca nos repre­senta regresando por mar, en la elevada toldilla de la nave, al victorioso Escipión con su poeta, Ennio; la poesía y la vida que conversan altamente en nombre de Roma y, aguzando la vista hacia el futuro, saludan, en el solitario de Vauclase, al cantor («Ennius alter», aunque menos tos­co, y nacido en siglos más cultos) de la gran gesta. El Africa cumple así otra fun­ción final, esencial de la romanidad de la cual Petrarca quiere ser, en una época in­ferior, pero que ha de resurgir, «poeta veltro», el galgo, el rastreador.

B. Chiurlo

El Africa fue escrita en una lengua y en un estilo que Petrarca no cuidó en lo más mínimo de profundizar, pareciéndole que bastaría con aplicarlos a los modelos clási­cos… Fue la primera y más ilustre equivo­cación del Humanismo. (F. Flora)

*      El primer influjo directo del poema de Petrarca en el prerrenacimiento hispánico aparece en la literatura catalana por obra del teólogo y predicador valenciano Fray Antoni Canals (n. en la segunda mitad del siglo XlV-m. 1419), el cual, en su Tratado sobre el razonamiento hecho entre Escipión y Aníbal [Rahonament entre Escipió e Aní­bal], dedicado a don Alfonso de Aragón, duque de Gandía, después de 1410, tradujo en prosa catalana el libro VII del África de Petrarca. Escrita a instancias de aquel procer, deseoso de conocer aquel episodio de la historia de Roma, la versión de Fray Antoni Canals va precedida de una exten­sa dedicatoria en forma de prólogo en la que el traductor expone el propósito de su obra encaminada a poner de relieve la arbitraria volubilidad de la fortuna, el efí­mero valor de las victorias militares y el miserable fin de los guerreros. Pese a tan graves propósitos, la obra de Fray Antoni Canals resulta un tratado más literario que doctrinal, cuyo valor humanístico se ad­vierte en su admiración por la Roma impe­rial y por la figura de Escipión, altamente venerada también en El Sueño (v.) de Bernat Metge. Desde el punto de vista de su mérito y calidad literarios, Canals no pare­ce tan feliz al traducir los majestuosos he­xámetros latinos de Petrarca como en sus anteriores versiones de textos en prosa, y dejando aparte la elocuente retórica del proemio, que cuenta entre las páginas más brillantes de la prosa catalana de su época, su verdadera importancia estriba en ser uno de los primeros reflejos de la obra hu­manística de Petrarca en la literatura pe­ninsular.