El Afortunado en Amor, Michel Barón

[L’homme a bonnes fortunes]. Comedia en cinco actos de Michel Barón (1653-1729), repre­sentada en 1686. Barón, amigo y discípulo de Moliere en cuya compañía cómica ob­tuvo grandes éxitos, refleja en su comedia el arte cómico del gran maestro, y su hé­roe, Moncade, a pesar de su insoportable fatuidad, tiene una vivacidad y una verdad sin duda notables. Esto procuró el éxito a la comedia, que seguía siendo representa­da a principios del siglo XIX. Moncade, seductor de profesión, hace que le ame la joven y linda viuda Lucinda; prometiéndole casarse con ella se instala como dueño en su casa y consigue enredar también a tres amigas de Lucinda: Leonora, Araminta y Cidalisa, a las que saca toda clase de pre­ciosos regalos. Leonora tiene un hermano, Erasto, que ama apasionadamente a Lucin­da. Aquél, reuniendo numerosos pequeños indicios, consigue hacer abrir los ojos a su amada, a su hermana y a las otras amigas sobre el verdadero carácter de Moncade.

Para desenmascararlo le cita con una carta anónima, rogándole que, a fin de no dis­gustar a la bella desconocida, se vende los ojos. Moncade, que piensa en una cierta Julia a la que está tratando de conquistar, acepta y, sin sospecharlo, se encuentra ante la viuda y sus tres amigas. Una de ellas, con voz fingida, le interroga sobre la na­turaleza de sus relaciones con Lucinda y sus amigas. Para no dejarse escapar la pre­sa que ahora ya cree suya, el seductor no lo piensa dos veces y declara que no quiere a ninguna de ellas; entonces las mujeres le quitan la venda y, después de burlarse de él, le abandonan azorado y mortificado. Lu­cinda, curada de su amor, consiente en casarse con Erasto. De moral fácil y sencilla, esta comedia, más que una sátira a las costumbres, quiere representar una situa­ción graciosa, en la que el juego de las enamoradas se desarrolla, unas veces inge­nuo y otras intencionado, alrededor de la figura del protagonista, más ridículo que antipático. Esta característica de hábil y vivaz ligereza será propia, durante todo el siglo XVIII, de la comedia francesa, cuya fase satírica se había agotado con la muer­te del gran Moliere.

G. Alloisio