Sebastián Juan Arbó

Novelista y bió­grafo español nació en San Carlos de la Rápita (Tarragona» en el año 1902. Apenas contaba ocho años cuando su familia se trasladó a Amposta, ciudad agrícola de las már­genes del Ebro, donde permaneció hasta que, en 1927, fijó su residencia en Barce­lona. Sus primeras obras Tierras del Ebro (1931), Caminos de la noche (1935) y Tino Costa (1946), escritas en lengua vernácula, son de ambiente rural y tienen por esce­nario las tierras bajas del citado río. Su trama está bordada sobre los trabajos, cos­tumbres, tradiciones y hombres de su co­marca.

Tino Costa, una de sus más logra­das novelas, fue muy bien recibida por la crítica y mereció cumplidos elogios por par­te de Pío Baroja. Entre su producción posterior destacaremos Sobre las piedras grises (1947), galardonada un año más tar­de con el Premio Nadal; María Molinari (1951), Nocturno de alarmas (1957) y la novela de tipo picaresco que lleva por tí­tulo Martín de Caretas (1955), en la que el autor cuenta las travesuras y andanzas de un muchacho a quien la severidad de su familia le impulsa a huir a la ciudad. Pu­blicó otras obras, de más difícil clasifica­ción, como La hora negra y Los hombres de la tierra y el mar, en la que los recuer­dos de la infancia afloran emotivamente y confieren al libro un carácter de íntima confesión. J. A. ha cultivado con mucha fortuna el ensayo biográfico, como el ma­gistral sobre Cervantes (1946), obra que tra­ducida a todos los principales idiomas ha sido difundida por el mundo entero; Verdaguer, el poeta, el sacerdot i el món (1952), Oscar Wilde (1961) y, más recien­temente, tras largos años de intensa labor, ha culminado su ensayo sobre la vida y la obra de Pío Baroja (1963), libro capital para el conocimiento de este gran novelista es­pañol.

La producción de J. A. es muy diversa; aparte de lo anteriormente men­cionado, le han tentado otras manifestacio­nes literarias, sin excluir el teatro. Su tono, en general, es realista, si bien su realismo no excluye un soplo de poesía vivificante. En ciertos momentos se le ha censurado una cierta irregularidad de estilo y la tendencia a usar un lenguaje reiterativo que resulta, a veces, fatigoso. Con todo, no se le pueden negar su honda humanidad, la ternura, ni el vigor de muchos de sus per­sonajes. El fondo, no obstante, es pesimis­ta, como creado por una filosofía amarga y, en ocasiones, desesperada. Mario Verdaguer escribió de él, a propósito de su Tierras del Ebro: «Es uno de los escritores que siendo muy de su tiempo y muy de su tierra, dejan de moverse en los estrechos límites del localismo, para moverse en los amplios espacios de la universalidad». El tiempo y las obras que siguieron han con­firmado plenamente esta aseveración hecha en los comienzos de su carrera literaria.