El Perfecto Wagneriano, Bernard Shaw

[The Perfect Wagnerite]. Comentario crítico de Bernard Shaw (1856-1950) al Anillo de los Nibelungos (v.) o Tetralogía de Wagner, publicado en 1898. El autor hace una amplia exposición de las cuatro partes de que se compone la tetralogía: El Oro del Rin (v.), la Walkyria (v.), Sigfrido (v.), El Ocaso de los dioses (v.), estudiando en cada una de ellas su génesis, su significado filosó­fico y social, y su valor musical.

Wagner compuso El Oro del Rin en 1854, teniendo presente sin duda la revolución de Dresde de 1849, que le costó doce años de destierro. Toda la obra, a lo largo de su desarrollo, conduce dramáticamente a desear el adveni­miento de un hombre, de una criatura llena de fuerza y de integridad moral, que pueda redimir al mundo de las debilidades y de los compromisos de los gobiernos existentes. La Walkyria es la preparación, por decirlo así, inmediata a ese héroe. La novedad aportada por Wagner es que el germen del heroísmo está en el mismo Wotan. En el Sigfrido el héroe ha llegado por fin. Sigfrido es el salvaje hijo de la mañana, exuberante de fuerza y de vida, de alegría rebelde a toda forma de ley y moralidad, criatura de ins­tinto, habituado a no obedecer a nada más que a su capricho, intuitivamente cons­ciente de la ley de la vida.

Sigfrido se li­bera de Mime, de los Gigantes, y, cuando ha conquistado todo el oro, lo deja en cus­todia a los montes porque no sabe qué hacer con él. Pide al pajarillo, con quien suele hablar, el amor. Y el amor le es final­mente concedido en un éxtasis pleno y com­pleto con la posesión de Brunhilda (v.). Hasta aquí Wagner nos ha dado tres autén­ticos dramas musicales; en ellos aparece, claro y evidente, el significado: el hombre verdaderamente libre, héroe sin miedo y sin conciencia, se rebela ante el poder cons­tituido (Wotan) y se venga de la tiranía y de la hipocresía del mundo con su volun­tad y finalmente su libertad, que es vo­luntad de vivir, queda completamente satisfecha por el amor, de manera que el hombre viene a reunirse involuntariamente con la muerte. Shaw admira la fuerte personali­dad de Wagner, que sabe expresar de modo tan elevado la concepción, completamente goethiana, de la vida y de la naturaleza humana.

Cuando en 1858 Wagner compo­nía su poema, afirmaba el principio de la revolución socialista de Dresde: la condena de la sociedad capitalista de su tiempo. Pero cuando en 1876 Wagner reanudaba su poema para crear el Ocaso de los dioses habían cambiado muchas cosas. Ahora tenía que aceptar como hechos consumados el fracaso de Sigfrido y, en cambio, el triunfo de la trinidad Wotan, Loge, Alberico. Así en el Ocaso de los dioses, donde asiste a la muer­de de Sigfrido y de Brunhilda, Wagner con­cibe ya el nuevo protagonista Parsifal (v.). Estudiado el significado social y filosófico de la Tetralogía, Shaw pasa a discutir con mucha agudeza sobre la explicación de la obra dada por el propio compositor; des­pués, con competencia verdaderamente ma­gistral, en particular sobre la música del Anillo y de su valor fundado en el sistema temático, que da a la música interés sinfó­nico, coherencia, unidad y posibilidad de disfrutar de todos los aspectos y las fuerzas del material melódico.

El maestro alemán, al construir sobre temas en lugar de hacerlo sobre esquemas métricos, como los músicos antiguos, representa el punto más alto a que llegó la escuela musical dramática del siglo. Dice Shaw que el gran mérito de Wagner, que lo eleva sobre los demás mú­sicos, incluso algunos tan grandes como Mozart, es el haber sido el poeta dramático de su ópera, de lo que deriva la adherencia perfecta de la forma al contenido. Cierran el comentario rápidas pero buenas indica­ciones acerca de los compositores postwagnerianos y, en particular, sobre las repre­sentaciones y los cantantes de la Tetralogía.

F. Foresio