¿EL OCASO DE LA ERA LIBRESCA? George Steiner

steinerEl 16 de marzo, George Steiner, autor de Tolstoi o Dostoyevski, Después de Babel y otras obras canónicas de la crítica contemporánea, impartirá una conferencia magistral en el Palacio de Bellas Artes, dentro del Festival del Centro Histórico. Anticipamos el acontecimiento con un fragmento de las palabras que pronunció en el Congreso de la Asociación Internacional de Editores de Londres, el 14 de junio de 1997.

Las teorías modernas atribuyen la formación del universo a un equilibrio de factores sumamente delicado. Si ciertas temperaturas y magnitudes hubieran sido ligeramente diferentes, el Big bang y las transformaciones consecuentes de elementos jamás habrían ocurrido. El desarrollo del libro moderno y de la cultura del libro, tal y como lo hemos conocido, parece haber dependido de una combinación igualmente delicada de factores determinantes e interdependientes. El desarrollo de la imprenta moderna por parte de Gutenberg coincidió, como ha sido señalado con frecuencia, con el ascenso de la clase media en Europa occidental. Dicho ascenso hizo posible la atmósfera, la formación de una sensibilidad y, sobre todo, las condiciones económicas que permitieron disponer del espacio físico y el tiempo indispensables para llevar a cabo un cierto tipo de lectura «clásica».

El acto de leer «a la manera clásica» exige la posesión de los medios necesarios para llevar a cabo tal tipo de lectura. Ya no estamos lidiando con las bibliotecas del Medievo -cuyos libros estaban encadenados- ni con libros guardados como tesoros en ciertas instituciones principescas y monásticas. El libro se transformó en un objeto doméstico propiedad del usuario, accesible a su deseo de llevar a cabo una relectura. Este nuevo acceso exigía a cambio un espacio privado, del cual las bibliotecas personales de Erasmo y Montaigne son emblemáticas. De una importancia mayor, aunque difícil de definir, fue la adquisición de periodos de silencio y privacía. El acto clásico de lectura se lleva a cabo dentro de una esfera de silencio que le permita al lector concentrarse en el texto. Necesitaríamos saber mucho más de lo que conocemos acerca de la historia de los niveles de ruido en las ciudades europeas durante el Renacimiento y el inicio de la Era Industrial, para describir, con mayor precisión, el contexto público y social de la experiencia del libro.

De relevancia equiparable fue el crecimiento de un aparato auxiliar integrado por publicaciones periódicas, diarios y gacetas literarias, en los cuales los libros de aparición reciente eran citados de manera extensa y discutidos con una formalidad magisterial. Este aparato de discurso secundario creó una caja de resonancia entre el escritor y el lector.

El punto que quiero dejar claro es, simplemente, que la relación entre libros y literatura, tal y como la conocemos hoy en las comunidades europeas y norteamericanas, surgió de una concatenación extraordinariamente compleja y en esencia inestable de circunstancias tecnológicas, económicas y sociales.

Es muy posible que la «Era del libro», en el sentido clásico de la expresión, esté llegando gradualmente a su fin. Esta era abarca, aproximadamente, el periodo que va de 1550 a 1950: apenas 400 años. La autoridad y el éxito del ámbito clásico del libro y sus lectores ha sido tal, que hemos pasado por alto no sólo su fragilidad circunstancial sino también su singularidad en el contexto mundial. Es un hecho que, para la mayor parte de la población del planeta, lo que he denominado el acto clásico de lectura -la propiedad privada de espacio, de silencio y de los mismos libros-, nunca constituyó una práctica natural ni originaria. ¿Cuáles son, en las actuales condiciones de Occidente, algunos de los principales factores que podrían estar minando la herencia de la condición libresca tradicional?

Nos encontramos en el centro de diversas manifestaciones de protesta, democrática y popular, en contra de las formas tradicionales de lectura y escritura. La cultura del libro surgida en el Renacimiento postulaba un canon más o menos convencional de modelos y valores del texto. Las bibliotecas contenían a «los clásicos», y la misma encuadernación y dimensiones de los libros reflejaban claramente esteÊsentido de un legado establecido de excelencia. Hoy en día, cada aspecto de este código de lo preeminente es cuestionado por aquellos que ven en él una forma apenas disimulada de política del poder. La lucha en contra de la llamada «cerrazón de la mentalidad norteamericana» es de carácter profundamente político. Esta lucha involucra no sólo el tema de una forma tradicional de lectura y escritura, sino también el del uso del tiempo libre, la privacía y el nuevo desequilibrio dinámico entre los privilegios de una minoría, por un lado, y las exigencias de la cultura de masas, por el otro. Los espacios privados, en el sentido que les he dado, están disponibles solamente para unos cuantos. Hoy día, las paredes de los edificios permiten que se filtre una carga constante de ruido. ¿Quién en nuestros días tiene la posibilidad de construir o poseer una biblioteca privada del tipo de las que conocieron los lectores clásicos del pasado? Sin duda alguna, en la mayoría de los hogares nuevos -y ciertamente entre la población joven-, tanto el mueble para guardar discos como los estantes para colocar grabadoras y casets han reemplazado a los libreros.

Obviamente, el cambio más radical es aquel introducido por los medios rivales de información. Estamos muy lejos de haber siquiera comenzado a entender hasta qué grado el radio, el cine y, sobre cualquier otro medio, la televisón, se están apropiando de los recursos temporales y perceptivos que alguna vez le pertenecieron al libro, tanto en el terreno del entretenimiento como en el de la información. El impacto gráfico de la televisión y la carga informativa que puede ser recopilada precisa y rápidamente por los nuevos medios electrónicos, son tan fuertes que, en muchos aspectos, el libro es visto hoy como un objeto de anticuario, un instrumento tan lujoso como lo fue, después de Gutenberg, el manuscrito ilustrado. La «biblioteca» del mañana será, en gran medida, una red compleja de fuentes electrónicas y de medios de recepción, en los que la televisión por cable jugará un papel protagónico. Por lo tanto, aunque la revolución introducida por las ediciones en pasta blanda y la necesidad que tienen los países subdesarrollados de libros de texto le hayan dado un segundo aire a la cultura de Gutenberg, no es de ninguna manera claro que la «literatura» sobrevivirá en su naturaleza libresca esencial.

Es un hecho que distintas formas de literatura oral comienzan a jugar un papel importante en la totalidad de la comunicación moderna. En la ex Unión Soviética, las lecturas de poesía son acontecimientos masivos; en Europa occidental y Estados Unidos el poeta se ha convertido, cada vez más, en alguien que lee en voz alta para los demás. No esta muy lejano el día en que los novelistas, o aquellos más confiados en su capacidad para proyectarse frente a un auditorio, leerán directamente sus nuevas creaciones -que muy probablemente no estarán aún impresas.

De igual -si no mayor- relevancia, es el triunfo de la imagen y de los anuncios. Tendemos a olvidar que son éstos los que, a lo largo de la historia de la humanidad, han desempeñado la importante labor de transmitir tanto información vital como inmediatez emocional. Mientras que la música es verdaderamente universal, la literatura transmitida a través de un libro no lo es. Hoy en día, los libros de fotografías, los comics, los tabloides de circulación masiva y las revistas atraen la atención en un grado mucho mayor que el que alcanzó alguna vez el libro tradicional. En la base de estas revoluciones técnicas yace un cambio, difícil de definir, en el propio estatus de la temporalidad. El acto de autoría y de lectura en su sentido clásico solía estar íntimamente relacionado con metáforas y sugerencias alrededor de la supervivencia: el escritor y el lector apostaban por la trascendencia. Los poetas identificaban la condición libresca básica con la áspera y dominante sed de inmortalidad. Tales sentimientos son hoy considerados no sólo elitistas sino francamente vergonzosos. Ahora, nuestro pergamino es la pared, sobre la cual los efímeros graffitti cuentan con su breve y estridente apogeo.

En un periodo de transición tan complejo como el actual, toda predicción está condenada a caer en la ingenuidad. Ahora pueden fabricarse un gran número de opciones intermedias y de emergencia. Comenzamos a toparnos con libros hechos en casa, es decir, impresos y formados en diferentes tipos de procesadores de palabras. Es evidente que la interacción entre la televisión y la distribución y venta de textos está todavía en pañales.

Más asombroso todavía es el cambio en los periodos de atención hacia otro tipo de estímulos por parte de aquellas personas habituadas a leer en condiciones tradicionales. Recientes investigaciones sociológicas y psicológicas sugieren que un 85% de los adolescentes estadunidenses ya no puede concentrarse en la lectura de una hoja impresa si no tiene como fondo algún ruido electrónico. En otras palabras: los jóvenes leen con música de fondo o con la televisión prendida, a la que no miran directamente, sino que la mantienen apenasÊal margen de su percepción. Probablemente, la corteza cerebral humana cuenta con una capacidad limitada de recepción simultánea; es casi imposible imaginar todos los cambios introducidos por el capullo de ruido del que, cada vez en mayor medida, somos habitantes.

Parece ser que la poesía, la ficción y el ensayo filosófico de alto nivel serán editados no por las grandes empresas de publicación y distribución masiva, sino por imprentas pequeñas. Ya en Francia, en las afueras de París, unas 40 imprentas pequeñas han venido produciendo el tipo de textos cuidadosamente impresos y bien diseñados que solemos asociar con el hábito tradicional de lectura. En Bretaña, el catálogo de poesía y ficción más innovador es uno realizado de acuerdo con los lineamientos de una pequeña imprenta en Carcanet, bastante lejos de Londres. Pareciera que la antigua alianza entre las palabras del escritor y el arte de editar libros de calidad tiene frente a sí un futuro alentador.

En el caso de las publicaciones a gran escala, la sobrevivencia de obras de ficción o de ensayos críticos y filosóficos editados en pasta dura depende, necesariamente, de una revolución. Y aun ahora los límites son confusos: algunas imprentas universitarias (por ejemplo, la de la Universidad de Chicago) están publicando ficción de alto nivel. La moda de la suplantación, la proliferación de alianzas improbables entre la calidad tradicional y la basura remunerativa, tal y como ahora existen y afectan a la industria editorial, son apenas el síntoma de una mutación mayor.

No me sorprendería que aquello que venga después de los modelos clásicos de lectura se parezca al modelo monástico del cual surgieron esas mismas propuestas. A veces sueño con casas de lectura -una frase hebrea- donde aquellos ansiosos por leer adecuadamente encuentren la tutoría, el silencio y la complicidad necesarios para hacerse compañía de manera organizada. Nada de lo anterior tiene la intención de ser una elegía pesimista. El cambio es el mayor acicate de la realidad. Quizás, hasta ahora todo ha sido demasiado fácil paraÊlos amantes del libro. Cuenta la leyenda que Erasmo, de camino a casa en una noche oscura, vislumbró un pedacito de papel impreso en medio del fango. Se inclinó, lo tomó entre sus dedos y lo reflejó en contra de una luz cintilante, a la vez que emitía agradecido un grito de alegría. Era un milagro. Un retorno a esa noción de lo milagroso, ahora a la luz de un texto demandante, no estaría del todo mal.

TOPOGRAFÍA DEL DOLOR

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Tuya es la voz
Amelia Díaz Benlliure
Los Libros de la Frontera.
El Bardo, colección de poesía, Barcelona, 2013, 68 págs.
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por Anna Rossell
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Hay una poesía tallada con el cincel de la razón, de arquitectura sopesada, construida desde la distancia reflexiva y analítica, y otra esculpida desde la herida abierta, escrita desde la inmediatez del dolor profundo y vivo, que busca en las palabras del poema el alivio que procura el saberlas pronunciadas, ver mitigado el desconsuelo en el momento en que adopta forma y cristaliza en verbo. La poesía de Amelia Díaz Benlliure (Castellón, 1959) pertenece a esta última especie.

Tuya es la voz es un poemario dedicado a un ser querido, es fruto de una vivencia personal de la poeta. Sin embargo Díaz sabe encontrar un registro que eleva esta experiencia a la categoría de universal. Así podría decirse que este libro es un homenaje a las víctimas más sensibles de las guerras, los niños a quienes se ha arrebatado el esencial derecho de la infancia, que han visto morir a sus seres queridos y cuyo alimento ha sido el sufrimiento y la frialdad que inocula la ausencia de cariño, la que se respira en un lugar que no es lugar y que marca para siempre la vida.
El poemario es un recorrido por una de estas vidas, que podría ser la de tantos otros de su misma condición. El punto de partida es la agonía, el tormento que, eterno compañero fiel del tú que evoca e invoca la voz poética, protagoniza el tránsito de éste hacia la muerte. La voz poética rememora, desde este punto agónico del invocado, el sufrimiento de toda su trayectoria vital, al tiempo que refleja la infinita ternura que éste suscita en el sujeto poético: “Sus manos contaron memorias/de los niños sin padres/recluidos entre sombras,/en templos profanados/tras el exilio de los dioses”. La lectura es pues un viaje por la topografía del dolor, por todos sus repliegues, pero también por la compasión en el sentido genuino de la palabra, por la sintonía y empatía con quien sufre, nos descubre lo más sensible del afecto humano, nos desvela las claves de la compenetración: “Llenaba la piel de gritos/el susurro gélido de sus años tiernos”. La comunión con el dolor ajeno lleva al sujeto poético a la indignación por la impotencia de quien ve en estas vidas marcadas en su inicio un destino recurrente sin alivio, sin salida: “La injusticia, la ironía/de una cinta de Möbius/inmortal”. La conciencia de lo injusto, extremada a la vista de la aflicción ajena, deviene culpa en la voz poética, una culpa heredada por el dolor causado en todo el universo, como pecado original que, en nombre de la humanidad entera, se manifiesta en forma de oración: “Pido perdón/a los hijos del Hombre,/a los hijos de los hijos del Hombre.//Perdón/por los cántaros vacíos,/por cada cauce desierto,/por infringir los eriales, perdón”. No hay consuelo para el padecimiento, ni catarsis trascendente. Al contrario, la pena se extrema más aún ante la comprobación de que el descreimiento vence sobre la fe, último baluarte de esperanza: “La fe se reía como arena/huida entre los dedos,/cuando se quiere atrapar/un pretexto de esperanza”. O bien: “[…]. Tenías hambre./Sentías miedo./Tenías hambre./Dios no existía. […]”. La experiencia del mal, ejercido por la criatura humana y traducido en dolor para la criatura humana conduce al sujeto poético a la indignación y a maldecir a un Dios en el que tampoco él cree: ¿Y tu?/¿Dónde estás ahora?/¿Por qué no regresas/para refundar las piedras/y expulsar/a los dueños del mercado?/[…]”. Si bien no hay redención, sí al menos el bálsamo de la poesía para aplacar la angustia de una existencia desprovista de todo: “La eternidad llegó/en papeles que envolvieron/cada uno de los versos/[…].//Ellos fueron, al fin,/[…]//La luz de todos los terrores”.

El poemario, concebido como un único poema, un largo lamento de principio a fin, está dividido en diez momentos poético-emocionales, que ocupan las páginas de la derecha y rememoran la vida del doliente reviviendo el tormento pasado, mientras que en las páginas de la izquierda se compone, en cada caso y en letra cursiva, el poema sobre el correspondiente de la derecha, una reflexión desde el momento actual de la voz poética, que a la vez que rinde homenaje a los más, alza su voz contra la desmemoria, entregando el poemario al recuerdo: “Nos reclaman desmemoria/quienes riegan crisantemos./En vano arrojan guijarros/sobre los úteros vacíos/de la Tierra”. Haciéndose eco de la poesía visual, los poemas juegan a menudo con el diseño de un dibujo, que aporta un componente estético añadido.
De Amelia Díaz Benlliure se ha publicado también en España el poemario Manual para entender las distancias (2011).

© Anna Rossell

TOPOGRAFÍA DEL DOLOR

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Tuya es la voz
Amelia Díaz Benlliure
Los Libros de la Frontera.
El Bardo, colección de poesía, Barcelona, 2013, 68 págs.
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por Anna Rossell Ibern
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Hay una poesía tallada con el cincel de la razón, de arquitectura sopesada, construida desde la distancia reflexiva y analítica, y otra esculpida desde la herida abierta, escrita desde la inmediatez del dolor profundo y vivo, que busca en las palabras del poema el alivio que procura el saberlas pronunciadas, ver mitigado el desconsuelo en el momento en que adopta forma y cristaliza en verbo. La poesía de Amelia Díaz Benlliure (Castellón, 1959) pertenece a esta última especie.

Tuya es la voz es un poemario dedicado a un ser querido, es fruto de una vivencia personal de la poeta. Sin embargo Díaz sabe encontrar un registro que eleva esta experiencia a la categoría de universal. Así podría decirse que este libro es un homenaje a las víctimas más sensibles de las guerras, los niños a quienes se ha arrebatado el esencial derecho de la infancia, que han visto morir a sus seres queridos y cuyo alimento ha sido el sufrimiento y la frialdad que inocula la ausencia de cariño, la que se respira en un lugar que no es lugar y que marca para siempre la vida.
El poemario es un recorrido por una de estas vidas, que podría ser la de tantos otros de su misma condición. El punto de partida es la agonía, el tormento que, eterno compañero fiel del tú que evoca e invoca la voz poética, protagoniza el tránsito de éste hacia la muerte. La voz poética rememora, desde este punto agónico del invocado, el sufrimiento de toda su trayectoria vital, al tiempo que refleja la infinita ternura que éste suscita en el sujeto poético: “Sus manos contaron memorias/de los niños sin padres/recluidos entre sombras,/en templos profanados/tras el exilio de los dioses”. La lectura es pues un viaje por la topografía del dolor, por todos sus repliegues, pero también por la compasión en el sentido genuino de la palabra, por la sintonía y empatía con quien sufre, nos descubre lo más sensible del afecto humano, nos desvela las claves de la compenetración: “Llenaba la piel de gritos/el susurro gélido de sus años tiernos”. La comunión con el dolor ajeno lleva al sujeto poético a la indignación por la impotencia de quien ve en estas vidas marcadas en su inicio un destino recurrente sin alivio, sin salida: “La injusticia, la ironía/de una cinta de Möbius/inmortal”. La conciencia de lo injusto, extremada a la vista de la aflicción ajena, deviene culpa en la voz poética, una culpa heredada por el dolor causado en todo el universo, como pecado original que, en nombre de la humanidad entera, se manifiesta en forma de oración: “Pido perdón/a los hijos del Hombre,/a los hijos de los hijos del Hombre.//Perdón/por los cántaros vacíos,/por cada cauce desierto,/por infringir los eriales, perdón”. No hay consuelo para el padecimiento, ni catarsis trascendente. Al contrario, la pena se extrema más aún ante la comprobación de que el descreimiento vence sobre la fe, último baluarte de esperanza: “La fe se reía como arena/huida entre los dedos,/cuando se quiere atrapar/un pretexto de esperanza”. O bien: “[…]. Tenías hambre./Sentías miedo./Tenías hambre./Dios no existía. […]”. La experiencia del mal, ejercido por la criatura humana y traducido en dolor para la criatura humana conduce al sujeto poético a la indignación y a maldecir a un Dios en el que tampoco él cree: ¿Y tu?/¿Dónde estás ahora?/¿Por qué no regresas/para refundar las piedras/y expulsar/a los dueños del mercado?/[…]”. Si bien no hay redención, sí al menos el bálsamo de la poesía para aplacar la angustia de una existencia desprovista de todo: “La eternidad llegó/en papeles que envolvieron/cada uno de los versos/[…].//Ellos fueron, al fin,/[…]//La luz de todos los terrores”.

El poemario, concebido como un único poema, un largo lamento de principio a fin, está dividido en diez momentos poético-emocionales, que ocupan las páginas de la derecha y rememoran la vida del doliente reviviendo el tormento pasado, mientras que en las páginas de la izquierda se compone, en cada caso y en letra cursiva, el poema sobre el correspondiente de la derecha, una reflexión desde el momento actual de la voz poética, que a la vez que rinde homenaje a los más, alza su voz contra la desmemoria, entregando el poemario al recuerdo: “Nos reclaman desmemoria/quienes riegan crisantemos./En vano arrojan guijarros/sobre los úteros vacíos/de la Tierra”. Haciéndose eco de la poesía visual, los poemas juegan a menudo con el diseño de un dibujo, que aporta un componente estético añadido.
De Amelia Díaz Benlliure se ha publicado también en España el poemario Manual para entender las distancias (2011).

© Anna Rossell

DE LA UTOPÍA SOCIALISTA A LA REUNIFICACIÓN ALEMANA

Maquetaci?n 1   Eugen Ruge, En tiempos de luz menguante. Novela de una familia.

Traducción de Richard Gross,

Anagrama, Barcelona, 2013, 394 págs.

Encomiable esta novela de inspiración autobiográfica de Eugen Ruge (Sosva,     Urales, 1954) que, de modo parecido a La Torre, de Uwe Tellkamp –             publicada  también por Anagrama-, narra la evolución de la República Democrática  Alemana a través de cuatro generaciones de una saga familiar perteneciente a la nomenklatura. Partiendo de una historia que es la propia, Ruge arma con maestría la trama novelada de la que fue su vida y la de su familia, desde la emigración de los abuelos comunistas a México, su regreso para contribuir a la construcción de la nueva república alemana, hasta poco después de la caída del muro y la reunificación, ambientada ya en la nueva alemania, en la que crecerá el biznieto. El autor reúne a sus actores en escenarios idóneos para su fin, las fiestas familiares a las que asisten representantes gubernamentales, para mostrar la diferencia ideológica entre personajes y sobre todo entre generaciones. Medio siglo de historia desfila ante nuestros ojos: la construcción de la RDA, la huída de los hijos a Moscú, la deportación a un campo siberiano, la reestalinización, la perestroika y el final del sueño socialista.

Como avanza el título, que condensa bien el contenido, el lector asiste a la degradación del socialismo utópico, convertido en socialismo real, a través de los representantes de cada una de las cuatro generaciones. Sin embargo el autor no se debate con sus predecesores en un ajuste de cuentas. Lejos de afanarse en culpabilidades, aunque sin rehuir los naturales reproches políticos de los hijos a los padres, sabe dibujar con fino sentido del humor y distancia los defectos de sus personajes, consiguiendo una narración ecuánime y objetiva según el punto de vista de cada cual, al tiempo que muestra sin ira el trazo caricaturesco que tenían muchas actuaciones de la primera generación de adictos al régimen acólito de la Unión Soviética.

Si bien Ruge se integra a sí mismo en la ficción bajo la figura de Alexander Umnitzer –Sasha-, nacido como él en 1954 y como él emigrado al oeste en 1989, la narración no adopta como eje su punto de vista. Uno de los méritos de la novela es precisamente su arquitectura perspectivista, que no responde a un tiempo lineal, sino que organiza los capítulos saltando cronológicamente hacia delante y hacia atrás, sirviéndose para cada uno de un personaje central distinto.
Ruge, que a partir de 1989 se dedicó exclusivamente al teatro, hace gala de sus conocimientos dramatúrgicos, tanto en la organización escénica del material narrativo como en el virtuosismo que despliega en el dominio del estilo indirecto libre y de los diferentes registros que maneja en función de la edad y el carácter de sus protagonistas, estilo que vierte con muy buen arte al español la traducción de Richard Gross.

Cuando se publicó en su país de origen, en 2011, la novela ha sido merecedora del premio alemán de literatura más prestigioso, el Deutscher Buchpreis. Eugen Ruge, que acaba de publicar en su país su segunda novela, Cabo de Gata (Rowohlt), es autor de numerosas obras dramáticas para la escena y la radio, así como traductor especializado en Chéjov.

© Anna Rossell

La deuda de Dancer, de John Lutz

La deuda de Dancer

La deuda de Dancer

Cayó esta novela policiaca en mis manos por pura casualidad, como suelen caer las buenas novelas, y también las malas, según pude comprobar más tarde…

Cuando empezamos a leer la deuda de Dancer, de John Lutz, no sabemos a quién le va peor, si al detective que recibe el encargo de investigar las deudas de un tipo al que han amenazado, o al propio tipo, que sale malparado de un par de encuentros con matones. Luego, con el tiempo, nos iremos enterando de que en el fondo se trata de una pregunta que carece de importancia, porque ni el uno ni el  otro es capaz de suscitarnos mayor interés.

La novela se basa en una idea bastante interesante, justo la que no debo contar, pero su desarrollo es un paseo dominical por todos los caminos trillados imaginables, mientras el lector va saludando, sombrero en mano, a un montón de arquetipos, situaciones y mecanismo demasiado vistos ya.

La novela encuentra su redención en algunas buenas frases que el autor va dejando caer a un lado y a otro, como si se olvidara de pronto de que está escribiendo una novela de mierda y se le escapasen toques de calidad que lo delataran como un escritor con posibilidades.

La deuda de Dancer es una historia más, otra , de un tipo borrachín y jugador que tiene una novia maravillosa y bellísima que lo adora y que hace lo imposible por ayudarle. Unamos a eso que el tal Dancer  tiene fobias que le quedaron de Vietnam, que el detective es pobre como una rata y amigo de un jefazo de la policía y verán que el autor tiene que ser muy convincente a veces para conseguir, con semejantes mimbres, que me haya acabado la novela.

Como dije, la idea central y la resolución, tienen un pasar. La conclusión es floja. La novela vale lo que cuesta si, como yo, se compra por dos euros. Si no, malamente.