Los Consuelos, Esteban Echeverría

Colección de poesías líricas del poeta argentino Esteban Echeverría (1805-1851), iniciador del romanticis­mo argentino, y cronológicamente, el pri­mer romántico de América. Fue publicada en 1834 y en segunda edición en 1842. La había precedido dos años antes el poemita Elvira o La novia del Plata, de asunto y sentimientos ingenuamente románticos, pero de cansada dicción dieciochesca, que pasó inadvertido. Los consuelos, en cambio, hicieron popular al autor. En este libro la musa romántica cantó en el Plata antes que lo hiciera en España, la suerte aciaga del que nació poeta, su soledad, su amar­gura, sus desengaños, su desesperanza, sus llamamientos a la muerte consoladora y al olvido. Echeverría llamó Los consuelos, «es­tas fugaces melodías de mi lira, porque ellas divirtieron mi dolor, y han sido mi único alivio en días de amargura».

Escribió la mayoría de ellas entre los años 1830 y 1832, a su regreso de Europa, donde resi­dió, principalmente en París, desde febrero de 1826 hasta mayo de 1830, estudiando ciencia, filosofía y literatura y conviviendo con los estudiantes del Barrio Latino. El poema, que lleva la fecha más antigua, es el titulado «La historia», de 1827, alegato implacable contra todas las civilizaciones. «El regreso», escrita en el mar, en junio de 1830, lo muestra desencantado del Viejo Mundo y feliz de pisar el suelo de la pa­tria, que a él se le antojaba entonces la tierra de los libres. Aunque mediano el li­bro y sin novedades y grandes atrevimien­tos en la forma, los sentimientos definen inequívocamente, en «Lara o la partida», «El poeta enfermo», «Crepúsculo», «Melan­colía», «Recuerdo», «Mi destino», «El ce­menterio» y otras composiciones de las 37 que componen la colección, al discípulo de la nueva escuela triunfante en Europa, particularmente de Byron. Los elementos son muy mezclados: todavía contienden en Los consuelos las reminiscencias clásicas con las actitudes frente a la vida y el destino humano, o prerrománticas (Young, Cha­teaubriand, Heredia) o románticas (Byron, Hugo, Lamartine).

Mezclada es también la elocución, a menudo incorrecta; en ella al­terna la polimetría (lo mismo que en El­vira) con la lira y los versos sáfico-adónicos. Todas las composiciones ostentan a la ma­nera de la nueva escuela, epígrafes espiga­dos en las variadas lecturas de Echeverría, de los Salmos a los románticos. Entre los desahogos íntimos canta el poeta a la pa­tria redimida y soñada libre, en cuatro com­posiciones con acento de oda clásica, pues­tas bajo la advocación de los poetas de la generación anterior, con cuyo pensamiento democrático había de enlazar el suyo el autor del Dogma socialista.

F. Giusti

Consuelo, George Sand

Novela de George Sand (Aurore Dupin, 1804-1876), publicada en París en 1842-43. La novela se desarrolla en el siglo XVIII, y su primera parte en Vene­cia. Consuelo es una gitanilla dotada de magnífica voz, que es contratada como can­tante en el Teatro de la ópera de Venecia, y con ella es contratado Anzoletto, un jo­ven pescador veneciano, su novio. Pero el joven está celoso de los éxitos de Consuelo y la muchacha, decepcionada de la vida ar­tística, herida en sus sentimientos más pu­ros, abandona Venecia en el momento de sus mayores éxitos, para retirarse a Bohe­mia, donde su maestro, Porpora, le ha en­contrado un empleo de profesora de canto en el castillo de los condes de Rudolstadt. Allí Consuelo se encuentra oprimida y per­dida en una atmósfera de pesadilla, causa­da por las crisis del joven conde Alberto, que en momentos dados cree ser la reen­carnación de un antecesor suyo y, presa del delirio, abandona el castillo, algunas ve­ces durante muchos días.

En una de es­tas ausencias, Consuelo le busca y le en­cuentra semiloco en una gruta de la mon­taña próxima.  A la vista de la muchacha, el joven recobra el sentido, le declara su amor y le pide que se case con él, pero la muchacha no se siente con fuerzas para enfrentarse con este matrimonio y deja el castillo dirigiéndose a Viena, donde es pre­sentada a la emperatriz María Teresa y con­tratada en el Teatro Imperial. Pero es re­clamada desde el castillo de Rudolstadt, para recibir el último suspiro de Alberto, que se casa con ella «in extremis», y Con­suelo vuelve a su vida aventurera sin pedir nada a cambio. Para la figura de Consuelo sirvió de modelo la conocida cantante Pau- line Viardot, amiga de la escritora; en este libro «musical» puede encontrarse alguna influencia de las relaciones de la escritora con Chopin. Una fácil aura novelesca ex­plica el éxito de Consuelo. La obra se con­tinúa en la Condesa de Rudolstadt [La Comtesse de Rudolstadt], publicada en 1843- 45, donde lo novelesco se hace más melo­dramático, y las significaciones filosófico- humanitarias, debidas a las teorías de Leroux, pesan sobre el relato. Sobre este tema compuso una ópera Giacomo Orefice (1865- 1922), Bolonia, 1895.

C. M. Castelnuovo

Los personajes de Sand son incapaces de vivir de un extremo al otro del libro: llega un momento en que se convierten rígida­mente en tipos. (Sainte-Beuve)

Consuelo, Francesc Ferrer

[Conhort]. Poema de los lla­mados colectivos, o sea de los que inter­calan en la parte original fragmentos de otros poetas. Su autor es Francesc Ferrer, personaje que el P. Ivars identificó con un caballero valenciano, autor de la Lletra iramesa a l’expectable don Joan Roig de Corelia, quan jone elet governador del present regne [de Valencia], la cual debe fecharse entre 1448 y 1450. Por su parte. Jorge Rubio (Hist. General de las hit. Hisp., III, 805), supone que el rey que solventa el conflicto que refiere el Conhort, ha de ser Juan II de Aragón, que comenzó a rei­nar en Aragón en 1458, fecha, como se ve, no muy distante de la de la otra obra que el P. Ivars atribuye a Ferrer. Probablemen­te, pues, el Conhort es obra de la mitad del siglo XV.

Está escrito en «noves rimades» octosilábicas, al modo provenzal. El poeta se encontraba en el palacio del rey y oía hablar a los cortesanos de amores, lo cual le avivaba la pena de su infortunio amoro­so. Regresó triste a su posada y allí se le presentaron treinta personajes, que fueron a consolarle. De entre éstos menciona a Berenguer de Vilaregut, Próxida, Jacme Escrivá, Jordi de Sant Jordi, Mn. Corel la, Pere de Queralt, Fra Basset, al Mercader mallorquí, Bernat de Ventadorn, Masdovelles, Ausías March, Mn. Sentelles y Pau de Bellviure, de todos los cuales reproduce versos atacando a las mujeres.

El rey envió un alguacil a la posada de Ferrer, que de­tuvo a todos los que allí se encontraban y los condujo al palacio. El rey quería hacer justicia contra ellos por hablar mal de las mujeres, pero comparecieron a la corte Cerverí y Juan Boccaccio, que se pusieron de la parte de los detenidos, contra el sexo femenino. La presencia de estos poetas ablandó el ánimo del rey y los detenidos fueron puestos en libertad. Éstos estuvieron de acuerdo en que «esta vida ésser bona / dir tostemps de mala dona». La única edi­ción que tenemos del Conhort, es la de Torres Amat, Memorias, 229.

P. Bohigas

El Constructor Solness, Henrik Ibsen

[Bygmester Solness]. Drama del noruego Henrik Ibsen (1828-1906), escrito en 1892. Halvard Solness, constructor de mucho renombre, vive obsesionado por el temor de que le aventajen los jóvenes. Pero la juventud se le presenta de otro modo: para dar y no para pedir. Hilde Wangel, la joven hija del doctor Wangel de la Dama del mar (v.), llega para recordarle una promesa que él hizo diez años antes. Solness, que en prin­cipio casi no la reconoce, la escucha entre divertido e intrigado; pero acaba turbándose y exaltándose escuchando la evoca­ción de las vicisitudes de aquel día lejano. Había construido, en el pueblo de Hilde, una alta torre y, según las costumbres, ha­bía subido a la terraza para colgar la co­rona inaugural. Verle solo, a aquella altura, impresionó profundamente el alma de Hil­de, entonces niña. Después de la ceremonia Solness se fue a una velada organizada en honor suyo y en una habitación encontró a la niña; se detuvo para mirarla, le dijo que cuando llegara a ser mayor, él la elegiría como su princesa y le regalaría un reino. Luego —dice ahora Hilde— la besó unas cuantas veces.

Solness ya no se acuer­da si en realidad la besó, o si sólo deseó besarla, pero admite haberla besado, pues en su interior, ya desde hace bastante tiempo, actos, pensamientos y deseos se confunden de una manera muy rara, hasta parecerle todos igualmente reales. Hilde se consi­dera dueña del reino que le prometieron, pues siente que ya ha entrado en la vida y en el corazón del hombre. Solness se le confiesa enteramente. Está obsesionado por el pensamiento que los jóvenes lleguen a tomar su puesto, en expiación de una anti­gua culpa suya. Su fortuna de constructor empezó el día en que un incendio destruyó la casa materna de su mujer, causando la muerte de sus dos hijos. Él había deseado aquel incendio para poder construir una casa nueva en lugar de la vieja, y no ha­bía arreglado una hendidura del tubo de la chimenea precisamente porque esperaba que de allí entrara, con las llamas, su for­tuna. El incendio no fue causado por la hendidura aquella, pero esto, según Solness, no disminuye su responsabilidad. Le pare­ce haber conquistado la fortuna a cambio de la vida de sus hijos, es decir, lo mejor de sí mismo.

Para poder construir cómodos hogares, él tuvo que renunciar al suyo; su posición de artista fue pagada con su feli­cidad y la de su mujer. Esta pena aparece a la vista de su esposa — mujer envejecida precozmente y que piensa sólo en cumplir con sus deberes — como una señal de en­fermedad. Pero Hilde comprende mejor la verdadera naturaleza de aquel supuesto mal: es conciencia excesivamente delicada, inca­paz de soportar el menor peso. Haría falta tener una conciencia sana y fuerte, como la de los vikingos de las Sagas, aventureros, saqueadores, incendiarios, raptores de mu­jeres, y siempre alegres como niños. Pero una conciencia así no la tiene tampoco la salvaje Hilde, la que, tan sólo vislumbrando el alma apenada de la mujer de Solness, ya duda de su derecho a alargar la mano para recoger la fortuna y la felicidad. Sólo si se realizara lo imposible podrían ellos olvidar los vínculos y las reservas morales, elevándose a un clima donde su felicidad sería completa. Y Hilde exige que Solness rea­lice lo imposible: que suba, él que ahora sufre de vértigos, a la terraza de su nueva casa para colgar la corona inaugural. El viejo constructor se exalta con esta idea: subirá a la torre y de allí dirá al Todopo­deroso que dejará de construir casas para los hombres, para poder alzar solamente el castillo para su princesa, es decir, por fin, el castillo de su felicidad.

Sube, por lo tan­to, a la terraza de la torre, y, en cuanto cuelga la corona, se precipita abajo. «Pero tocó la cumbre — grita Hilde, triunfante y turbada — y oí sones de arpa en el aire». El constructor Solness es el drama en que Ibsen más abiertamente se confesó. La co­rrespondencia de su trama con la vida es­piritual del autor es tan inmediata y trans­parente que a veces parece escucharse un afligido monólogo del poeta. Solness es uno de los personajes más conseguidos de Ibsen, y su mujer y Hilde son dos de las más hermosas figuras femeninas de su teatro. En la obra de la madurez del dramaturgo noruego, El constructor Solness resalta por otro motivo. Aquí, por primera vez, a la confesión de la culpa no se sigue la expia­ción, sino la tentativa de renacer en un clima donde no haya ni siquiera el cono­cimiento de la culpa. Tentativa alocada que surge de una duda que parece arrollar has­ta la legitimidad de la misma conciencia moral. Ello nos ofrece otra prueba del sus­tancial lirismo de la obra ibseniana, en la que se reflejan también los más leves mo­vimientos de una existencia que fue fati­gosa hasta sus últimos años. [Trad. de José Pérez Bances, en Dramas, tomo I (Madrid, 1915) y de Pedro Pellicena Camacho, en Teatro completo, tomo XIV (Madrid, 1922)].

G. Lanza

Los Constructores del Templo, Otokar Brezina

[Stavitelé chrámu]. Poesías líricas del poe­ta checo Otokar Brezina (1868-1929), publi­cadas en 1899. En el desarrollo de la con­cepción breziniana, desde el pesimismo de Lontananzas misteriosas (v.) a través de la trascendencia mística de Aurora en Occi­dente (v.) y la fe de amor de Vientos de los polos (v.) hasta la conclusión optimista de Manos (v.), Los constructores del tem­plo representan una etapa de excepcional potencia lírica, pero de momentáneo arres­to espiritual, bajo el peso del retorno de las graves incertidumbres, de las preguntas trágicas, de la concentración de todas las dudas individuales en una nueva oleada de pesimismo universal (“Con la muerte ha­blan los durmientes”). Pero en la visión de todo el mal y del dolor que oprimen la tierra, grano de arena en el cosmos, pero cosmos también ella, hay un primer ser elegido, el poeta, que tiene la tarea de re­coger en su alma todo el dolor del mundo, la tristeza de la materia para transformarla en luz, en esperanza; y junto al poeta, en las hileras infinitas de los desheredados, los constructores del templo de Dios, los constructores de un futuro mundo mejor.

Pero, para que este mundo surja, hace falta todo un proceso hacia la autoperfección, de la que los mártires, los profetas, y los locos, no son más que un ejemplo, pues el individuo tiene que llegar a ser “todos”, la colectividad, la humanidad. Más que en los otros volúmenes, en éste (que es su cuarta selección de poesías) se revelan en su madurez interior los varios elementos de la concepción filosoficopoética de Brezina, desde los nietzscheanos a los brahmánicos; pero sobre todo el río de las imágenes, la música de la expresión tiene aquí, en Los constructores del templo, su cumbre; tal vez por una menor abstracción de la con­cepción y un mayor acercamiento a la tie­rra, que señala también, después de las apocalípticas visiones, el regreso al opti­mismo y a la fe (“Saludemos la primavera”).

E. Lo Gatto