Cuadros Italianos Carl Johan Gustaf Snoilsky

[Italienska bilder]. Colección de poesías del conde sueco Carl Johan Gustaf Snoilsky (1841-1903). Escritas en 1864-65, son impresiones vivaces, agradables por la espontaneidad de su canto; y, al mismo tiempo, un documento de la simpatía con que Snoilsky seguía los progresos del movimiento liberal italiano del «Risorgimento». Recordemos especial­mente: «Venecia», cuya servidumbre deplo­ra; «El palacio Mocénigo», que es un home­naje a Byron; «La domus aurea de Nerón», dedicada a Ibsen, cuyas tendencias libera­les recuerdan, aunque con menos energía, la contemporánea poesía política de Carducci, «Saltarello en Transtíber», y un grupo de cuadritos napolitanos: «Nina la lavande­ra», «Chiaia», «Sorrento», etc.

V. Santoli

Cuadros de Costumbres, Fernán Caballero

Obra de Fernán Caballero (pseudónimo de Cecilia Bóhl de Faber, 1796-1877), publicada en 1852. En una advertencia preliminar, la au­tora defendió la veracidad de su arte con unas palabras que pueden servir para va­lorar la obra que nos ocupa: «Hase dicho para rebajar la realidad, según la propen­sión de los pesimistas, que inventamos los cuadros que escribimos…» Y, en otra oca­sión: «Algunos piensan — sin duda indu­cidos a ello por la denominación de popu­lares que llevan nuestros Cuadros de cos­tumbres — que los reproducimos para el pueblo; y esto es un error». En estas decla­raciones quedan patentes dos pretextos: la autenticidad de las narraciones y su valor ejemplar, moral, edificante.

Hasta qué pun­to Fernán Caballero logra ambos propósi­tos, es asunto discutible, pues mientras el segundo habitualmente se consigue, el pri­mero se anega en falsas reproducciones que adulteran justamente los buenos propósi­tos iniciales. El libro está formado por ocho narraciones, de las cuales «Simón Verde», «Dicha y suerte» y «Obrar bien… que Dios es Dios», son, acaso, de las más logradas. Tienen los siguientes argumentos:

1) «Si­món Verde» es la historia de un hombre, rústico, adornado por las prendas de su intachable religiosidad. Ésta le lleva a ex­tremos de gran abnegación, pagados por los demás con negras ingratitudes. El alcalde del pueblo, por el contrario, es un cacique cuyos móviles son, únicamente, los del mal. Este alcalde encausa a Simón por carlista, lo encarcela, calumnia a su hija, etc., etc., pero su propia conciencia le acusa por la maldad, mientras que Simón, imperturbable en las adversidades, se consuela en su re­ligiosidad. Al morir, el alcalde consiente en la boda de su hijo con Águeda, la hija de Simón. Éste se arrepiente y la tranquili­dad vuelve a su alma, gracias a su generoso espíritu.

2) «Dicha y suerte» es la histo­ria de Rosa, abnegada muchacha que, com­prometida con Vicente, resiste las tentacio­nes de un buen acomodo antes que olvidar al novio, soldado en Ultramar. Cuando Vicente vuelve— la vista perdida en una ex­plosión — Rosa permanece fiel a sus anti­guos amores y se casa con él.

3) «Obrar bien… que Dios es Dios» es una narración en la que una muchachita, agobiada por el cerco de un hombre rudo, se salva por los consejos de un buen párroco y aun lo­gra encarrilar a su pretendiente. Todos es­tos cuentos — ingenuos, sin complicacio­nes— son cuadros de costumbres andaluzas o pretexto para insertar en ellos narraciones de carácter popular. Hoy nos parecen ñoños y sin interés.

M. Alvar

El Cuadrirregio, Federico Frezzi

[Il Quadriregio]. Ampuloso poema en 74 cantos en tercetos, a imitación de la Divina Comedia (v.), compuesto entre 1400 y 1403 por Federico Frezzi (13469-1416), obispo de su ciudad nativa, Foligno. El título significa «el poema de los cuatro reinos», por los cuales el hombre llega del vicio a la virtud y a la felicidad: del Amor (o de los sentidos), de Satanás, de los vicios y de las virtudes. Monstruos y símbolos están en esta obra diversamente representados con fin moral; el viaje efec­tuado primero con la guía de Cupido y después con la de Minerva, diosa de la sabi­duría, está construido de manera que mues­tre los méritos de la verdad y del bien. La imitación servil de Dante hace agobiante la lectura de esta obra, aunque aquí y allá, en su representación de la vida cotidiana, se percibe la influencia de un arte más sentido, el de Boccaccio. Completamente ex­terior y superficial es la forma del «viaje de iniciación», itinerario del hombre hacia Dios, característica de la mentalidad medie­val, y sólo reflejo de la burguesía paga­nizante, propia del siglo XIV, un paso de ninfas, un discurso de amor, reaniman pá­lidamente este poema doctrinal.

C. Cordié

Cuadrílogom, Alain Chartier

[Quadrilogue]. Obra prosa de Alain Chartier (1393-1430/49) propíamente titulada Las cuatro invectivas [Quadrilogue invectif]. El autor habla de un sueño en el que se le aparecieron cua­tro personajes que representan a la nación: el pueblo, el caballero (es decir, la nobleza feudal), el clero y Francia. Ésta se halla en tan deplorable estado que su miseria ins­pira a todos piedad. Mira ella con gran tris­teza la despoblación que la rodea: la corona se le cae, su manto está hecho jirones. Tres hijos podrían salvarla: el caballero, el cle­ro y el pueblo. Pero ella les reconviene: al primero porque quiere armas y conquistas; al segundo, porque no practica lo que pre­dica, mirando sólo a su bienestar, y al ter­cero, porque exige su propia libertad con­tra los dos primeros, pretendiendo abatir toda autoridad con grave daño común. El pueblo le contesta juiciosamente a pesar de hallarse turbado: es sufrido y rebelde, pero devoto a la causa de la Patria; es semejante a un asno que trabaja para los demás: «Ellos viven de mí, y yo muero por ellos».

Sus rebeliones son justificadas por la tiranía, y él sólo pide justicia. Pero los adversarios se oponen violentamente a estas palabras del pueblo, particularmente el caballero, ensoberbecido por sus derechos seculares. Mientras se sigue discutiendo de­sabridamente, Francia incita a todos a la concordia para impedir el mal. También el escritor, con su palabra persuasiva, sien­te que aporta una notable contribución a la causa común. Con esta obra, robustamente escrita (en 1422) en una prosa inspirada en los modelos latinos, Alain Chartier revive íntimamente el drama de la patria y supera los límites del ejercicio retórico. El Cuadrílogo queda, por tanto, como un documento histórico ejemplar (piénsese en las vicisi­tudes de Francia, desde la batalla de Azincourt hasta la muerte de Juana de Arco), y, al mismo tiempo, atestigua la profunda renovación literaria que tendrá digno des­envolvimiento en los principios del Rena­cimiento.

C. Cordié

Los Cuadernos De Malte Laurids Brigge, Rainer Maria Rilke

[Die Aufzeichnungen des Malte Laurids Brigge]. Obra en prosa de Rainer Maria Rilke (1875-1926), publicada en 1910. Consta de dos volúmenes de anota­ciones en forma de diario íntimo, que Edmond Jaloux ha definido acertadamente como meditaciones dignas de un personaje de Dostoievski.

El protagonista, Malte Lau­rids Brigge, joven intelectual, descendiente de noble familia danesa arruinada, es, en realidad, el propio Rilke, líricamente pro­yectado fuera de sí. Se encuentra solo, fre­cuentemente enfermo, y va a vivir a París, en donde lleva a cabo las más variadas experiencias: la miseria, el espanto, el aban­dono, la búsqueda de Dios. Con el pensa­miento vuelve frecuentemente a su pasa­do: revive su infancia, ve de nuevo a los que ha perdido, los sucesos increíbles de los que ha sido testigo, evoca figuras his­tóricas y literarias que tienen para él un significado particular. Su sensibilidad es de una agudeza exasperante: sufre por mil cosas, goza infinitamente por otras, y anota confusamente sueños, recuerdos, angustias. Con palpitante y dolorosa receptividad, su conciencia se percata de la multitud de fe­nómenos que la conmueven. Se ha puesto de relieve la diferencia que hay entre la conciencia intuitiva de Rilke y la lógica, disociativa y deductiva, de Proust, hijo y hermano de médicos. Las experiencias de Rilke no proceden del intelecto, sino del subconsciente, en donde tienen lugar las pa­siones y las sensaciones no del todo físi­cas.

El más leve estímulo basta para sacu­dir la sensibilidad de este escritor, que de un solo golpe llega al nudo de las cosas que le han emocionado, y en un arranque lí­rico da entonces sus interpretaciones de la vida, vastas y profundas. Un rasgo caracte­rístico de Rilke es su agudo análisis de la angustia. Ha vivido entre los que han ob­servado y puesto de relieve que la mayor parte de los sentimientos humanos tienen como origen el espanto, el terror metafísico. Rilke se complace en seguir con su imagi­nación a cualquier desconocido, atormenta­do, encontrado quizá por la calle o en un local. Se identifica con esa persona hasta sentir su pena. A veces son los objetos más humildes, los restos de una casa demolida, una flor pisoteada en el suelo, los que des­piertan su compasión y dan lugar a sus caprichosos sueños. Hay en sus páginas agudísimas observaciones sobre la poesía, la infancia, el insomnio, el espanto; pero el problema central del libro es el de la muerte: «Cada uno contiene su muerte co­mo el fruto contiene su hueso.» Y por eso la muerte de cada hombre ha llegado a ser hoy algo mediocre e impersonal, porque así es la vida. Rilke analiza y estudia la muer­te, desde la de las moscas ante la llegada del invierno a la de los héroes de la his­toria.

Y sobre un fondo de angustia, que parece encontrar en lo absoluto de la muer­te su propio absoluto, se trazan paisajes, calles, ciudades, se encuentran muchos per­sonajes con frecuencia terribles, mostrados con clara precisión. Las últimas páginas, clave del libro, son una parábola del hijo pródigo, que resume la experiencia reli­giosa de Rilke. Narra la historia de un mu­chacho que abandona hogar y afectos por­que no quiere ser amado, o, por lo menos, no con ese amor que somete y convierte en esclavos de las costumbres. Este mucha­cho anhela un amor diferente, que quizá no se encuentre en ningún lugar de la tierra, y entonces comienza para él el duro tra­bajo de la búsqueda de Dios. También en estas páginas Rilke es, ante todo, un poeta que sugiere en vez de describir, y para quien cada fenómeno tiene un secreto in­alcanzable. Su secreto estriba especialmente en saber valorizar un alma cuando se ha alejado de su norma de vida cotidiana. El libro es una expresión poética de la nece­sidad de soledad. Y las figuras humanas que lo animan, miserables, enfermos, locos, tienen también en su vida poética un algo de espectral, creado por el aliento de esta soledad. La muerte de Malte, es decir, la disolución de su personalidad entre la an­gustia cósmica, es una última experiencia que el poeta debe aceptar y sobrepasar, como iniciación religiosa a una vida poé­tica más elevada y más vasta en el «espa­cio angélico», que es una realidad superior, por la que la muerte se transforma en el elemento de la vida más positivo e inte­grante. En este sentido los Cuadernos de M. L. Brigge representan una etapa de la ascensión espiritual del gran poeta que es Rilke. [Trad. de Francisco Ayala (Buenos Aires, 1941)].

O. S. Resnevich

Esta fusión de realidad y fantasía; este análisis de lo concreto concebido como ma­triz, por decirlo así, de lo abstracto; esta búsqueda del íntimo ritmo que todo lo con­mueve en el preciso instante en que va a transformarse, todo esto constituye un com­plejo único que hace de los Cuadernos un gran libro. No es posible abrir sus páginas sin sentirse purificados, enriquecidos. (E. Jaloux)

El héroe de los Cuadernos es un inquieto, cuyo espíritu se encuentra siempre descen­trado. Dar coherencia a este libro, sería un gran error. (D. Kops)