Del Tiempo de mi Encarcelamiento, Fritz Reuter

[Ut mine Festungstid]. Libro autobio­gráfico del escritor alemán Fritz Reuter (1810-1874), aparecido en 1862, en el que narra los sufrimientos de siete años de dura prisión sufrida por motivos políticos, de 1837 a 1844. Después de veinte años, la evo­cación adquiere, por la forma dialectal y la sonrisa amarga del autor, un sabor hu­morístico, pierde los aspectos trágicos o pe­nosos, y la ironía vela la polémica social que aquí y allá se deja todavía ver en la actitud distante del escritor.

G. F. Ajroldi

Del Vivir, Gabriel Miró

Obra del novelista español Gabriel Miró (1879-1930), escrita en 1902- 1903 y publicada en 1904. Otras dos (La mujer de Ojeda, Hilván de escenas) la pre­cedieron, pero ambas fueron repudiadas más adelante por el novelista. Del vivir describe una excursión a Parcent, pueblo levantino en el que, al margen de las gen­tes, viven los leprosos. En esto queda el ar­gumento de la obra; el resto van a ser una serie de cuadros e impresiones en los que no es raro encontrar la maestría del gran narrador. Cada capítulo del libro tiene completa entidad y un motivo fundamental centra el interés de esas páginas: el viaje, la leprosa a quien han quitado el hijo, un partido de pelota, Batiste — el gafo que defiende a salivazos las plantas de su tabaco—, la lazarina entrevista en el baño, la tertulia pueblerina, el leproso resignado, la crueldad — casi humana — de los anima­les, el mal declarado sobre el cuerpo tur­gente de una doncella, la vuelta al pueblo un año después…

En torno a estos temas fundamentales, se mueven unos cuantos personajes que van dando unidad a la na­rración: el ventero, el médico y, sobre todo, Sigüenza. Sigüenza encubre al propio Gabriel Miró. Surgido en esta primera sa­lida, no abandonará ya la obra del escri­tor. En las primeras palabras del libro ha quedado retratado para siempre: «hombre apartadizo que gusta del paisaje y de hu­mildes caseríos, caminaba por tierra levan­tina». Ésta va a ser su andadura dentro de muchas páginas, reputadas entre las más bellas de nuestra literatura contemporánea: su caminar aislado para ver mejor las co­sas; su amor al paisaje levantino, cargado de sensualidad; los pueblecillos blancos, ra­diantes bajo un sol implacable. Del vivir, a pesar de su carácter primerizo (escrito a los 23-24 años del novelista, vio la luz uno más tarde), es una obra típicamente mironiana, sin la estructura novelesca de Las cerezas del cementerio (v.) y sin el caudal modernista que caracteriza a esta obra. Pensamos mucho más en Años y leguas (v.); en ambas narraciones, Sigüenza es el débil hilillo que establece la unidad en el relato, pero en Del vivir acaso sin la ma­dura serenidad de su última novela, pero ya con todos sus mejores elementos: el paisaje, la técnica de miniaturista, el dra­matismo, el léxico.

Ahora — en función del tema escogido — hay un mundo dual sabia­mente manejado por Miró: gracias a su acusada técnica de contrastes, se obtiene más eficacia en las descripciones; así en la plasticidad de luces y sombras (mendigo desnudo, leprosa en la noche), así en la violenta unión de placer y dolor o entre la imposibilidad y la violencia física. El paisaje participa de esta misma dualidad y a pesar de su oro, de su opulencia, de su color, queda sumergido — como los cuer­pos dañados — en una tristeza infinita. Jun­to al paisaje — alma del libro—, el espíritu de los hombres se debate entre dos fuerzas que lo elevan o lo subyugan: surgen así el heroísmo y la resignación o la crueldad y la airada protesta. El arte del narrador —dual — como su concepción, va ofrecien­do unos cuadros magistrales y en ellos — pugna inconclusa — el gesto torvo de to­das las negaciones y la sonrisa abierta de todas las miradas.

Del Rey abajo, Ninguno, Francisco Rojas Zorrilla

Comedia dramática en tres actos, en verso, del dra­maturgo español Francisco Rojas Zorrilla (1607-1648), conocida también con los tí­tulos de García del Castañar y El labrador más honrado. El argumento, encuadrado aproximadamente en la historia española del siglo XIV, trae a escena el conflicto en­tre el sentimiento del honor y el de la fidelidad ilimitada a la monarquía, que tan­tas veces ha sido tratado en el teatro del Siglo de Oro, desde Lope de Vega a Tirso de Molina.

García del Castañar, un campe­sino rico, que en realidad es un gentilhom­bre, voluntariamente desterrado como con­secuencia de la rebelión de su padre, tiene una mujer bellísima, Blanca, también falsa campesina, porque, aunque ella no lo sabe, por sus venas corre sangre azul. El rey (Al­fonso XI) va de incógnito, con un peque­ño séquito de cortesanos, a visitar a Gar­cía, que le ha provisto generosamente de dinero, armas y hombres para luchar contra los moros: García es advertido por un ami­go de la llegada del rey, que llevará «una banda roja». Pero por el camino, el rey quiere premiar a don Mendo por sus servi­cios y le pone su banda. García, fingiendo no conocerle invita a comer a los huéspedes a los que sirve Blanca. Don Mendo se ena­mora de la joven y por la noche, sabien­do que García está de caza, vuelve a la casa. Pero García, temiendo la emboscada, vuelve a tiempo para ver la llegada de don Mendo, que él, gracias al cambio de la ban­da, cree que es el rey, y por eso lo deja ir a salvo.

Convencido de que Blanca le ha traicionado con el rey, García, que no puede vengarse con él, por su severo con­cepto de los deberes de súbdito, decide res­catar su honor matando a la esposa ino­cente. Blanca logra, sin embargo, huir, yen­do a dar a la Corte, donde la busca García para lavar su honor. El encuentro con el rey, aclara el equívoco: García mata a don Mendo, y la comedia termina con una dra­mática revelación: García es un gentilhom­bre; esta cualidad le salva de sufrir las consecuencias de su acción, y la lealtad de súbdito le obtiene del rey el perdón por las culpas paternas. El natural desarrollo de la acción, la eficacia del diálogo que no encuentra obstáculos en el verso y la in­dividuación concreta de los caracteres, ha­cen del drama una de las obras maestras del teatro español.

A. R. Poli

Delphine, Madame de Staél

Novela epistolar de Madame de Staél (baronesa Germana de Staél-Holstein, nacida Necker, 1766-1817), publi­cada en 1802. Delfina (v.), joven viuda, ge­nerosa y sensible, convencida de que tiene derecho a orientar su vida conforme a sus sentimientos, no se preocupa de los juicios del mundo. Ama y es amada por Leoncio, pero se compromete por salvar el honor de una amiga. Leoncio, torturado por los ce­los, cegado por la calumnia, engañado por la suave perfidia dé Sofía de Vernon, se casa con la hija de ésta, Matilde. Y cuando a la muerte de Sofía se descubre la verdad y se deshacen los equívocos, se desata la borrasca con una serie de conflictos mora­les. Delfina y Leoncio se aman a pesar de todo; pero Leoncio, al que la solución de un divorcio repugna por sus principios mo­rales, duda entre éste y su amor. Delfina se ha hecho ya monja, llena de dolor, cuan­do Leoncio, que se ha quedado viudo, la busca, pero aun estando ofuscado por la pasión, no tiene, por respeto humano, el valor de casarse con una mujer que, según las leyes revolucionarias, puede liberarse de sus votos monásticos. Desesperado, se alis­ta para la guerra civil y, condenado como noble, le fusilan, mientras Delfina muere envenenándose junto a él.

Después, la autora cambió el suicidio por una muerte por consunción. La novela, una de las prime­ras biografías femeninas de la literatura francesa, interesa por su triple valor: lite­rario, histórico y humano. Apenas publi­cada, suscitó discusiones, polémicas y co­mentarios como obra de vanguardia y casi manifiesto de un movimiento prerrománti­co, en el que la autora afirma nuevos prin­cipios en el campo sentimental y literario: literatura personal e individual, acercamien­to del arte a la vida, meditación de gran­des problemas, corrientes de pasiones mis­terio infinito del corazón humano. Es el liberalismo transportado a la literatura, el alba del Romanticismo, con todas sus inno­vaciones y sus defectos. Precursora de las novelas de pasión que, cimentadas en los impulsos del alma, transfiguran la verdad, Delphine, anillo de conjunción entre Rous­seau y George Sand, impresionó profunda­mente por la falta de prejuicios con que trata los problemas pasionales y las nue­vas relaciones sociales. Sobre el fondo de la Revolución, que se palpa más en los sen­timientos del momento que en los episo­dios épicos, se mueven personajes que en­carnan más bien una tesis que un carácter (incluso cuando Talleyrand está maliciosa­mente retratado en Madame de Vernon, mientras Benjamín Constant se refleja en Leoncio y en Lebensei), de manera que la narración, se resuelve no tanto en un con­flicto pasional, como en un contraste entre las teorías y los prejuicios de la vieja so­ciedad y las aspiraciones de la nueva.

A. M. Speckel

De lo Tuyo a lo Mío, Giovanni Verga

[Dal tuo al mio]. Drama de Giovanni Verga (1840- 1922), representado en 1903 y publicado en forma de novela en 1905. La Casa Navarra está precipitándose hacia la ruina. El pobre barón don Raimondo se revuelve desde hace años entre deudas y disgustos, para salvar por lo menos su mina de azufre, único res­to de la antigua fortuna, y que asegura la dote de sus dos hijas. Cuando logran arreglarle el matrimonio de una de ellas, Nina, con el hijo de Rametta, el amo del pueblo, parece que la fortuna llega finalmente a su casa. Fortuna muy dudosa, verdaderamen­te, ya que el esposo es un insulso instru­mento en manos del vulgar usurero que es su padre, y la pobre Nina ha inmolado inútilmente en el altar del interés domés­tico su amor por su primo. Sin embargo, un soplo de esperanza anima al pequeño mundo de parientes pobres reunidos para la recep­ción nupcial.

Pero en lugar del esposo es­perado, surge el padre, que, en su última y prudente inspección, ha encontrado inun­dada la mina de azufre. Inútil hablar toda­vía de la boda… La carrera hacia el preci­picio continúa. Para poner en condiciones la mina, el barón debe dejarla explotar por Rametta y aceptar un puesto de subordi­nado. Pero lo que más le abate, es la de­gradación de la otra hija, que, cansada de sacrificarse por la familia, se casa con el hombre a quien quiere Luciano, un capataz de ideas socialistas, provocador y portavoz de los obreros hambrientos. El descontento de éstos desemboca pronto en huelga y en actos de vandalismo. Los obreros avanzan amenazadores para incendiar la mina. Y en­tonces, de improviso, vemos a Luciano, que tiene asegurada en ella la dote de su mu­jer, precipitarse el primero a la puerta y empuñar el fusil, dispuesto a defender sus derechos de propietario.

Si este último ras­go episódico se tomó por el motivo princi­pal de la obra, culpa es también del autor, que, seguramente por un gusto amargo e irónico, quiso acentuarlo con la elección del título. Esto le perjudicó, pues dio lu­gar a polémicas y acusaciones, absoluta­mente infundadas, de partidismo político, sustrayendo la atención del público al con­tenido poético de la obra: la lucha vana y melancólica de aquel vacilante mundo del pasado ante la brutalidad de la vida y de sus más realistas intérpretes.

E. C. Valla