La Balada de los Ahorcados, François Villon

[La ballade des pendus]. Composición del poeta francés François Villon (1431-1463?), pu­blicada en 1489. El verdadero título que apareció en un manuscrito era El epitafio de Villon [L’épitaphe Villon], pero también el primero, más conocido, es oportuno y justo. Además del Testamento (v.), el autor dejó baladas diseminadas (v. Baladas de Villon): la más famosa es ésta, no inferior a las más bellas del Testamento. El poeta de mal vivir, esperando la condena, se ve ya colgado de la horca junto con sus com­pañeros, lavados por la lluvia, secados y ennegrecidos por el sol, destrozados por los cuervos y urracas, balanceándose por el viento; y reconociendo que el castigo es jus­to, pide misericordia a los hermanos huma­nos: «Rogad a Dios que a todos nos absuel­va». Esta es la interpretación tradicional, a la que la crítica reciente no encuentra sóli­das bases. Por otro lado, no es necesario pensar que la balada fue escrita en la pri­sión en la misma víspera del suplicio, cuan­do el poeta, sintiendo en el corazón el pre­sagio del fin inevitable, debe sentirlo más agudo a la vista de los otros desventurados, sus semejantes, sujetos al horrible castigo: por ellos y por él mismo pronuncia las pa­labras de la más honda piedad, trazando un cuadro fuerte y siniestro que nos da la figura de Villon más aún que el propio Testamento. [Trad. española de M. Héctor en la antología de François Villon de Poesía en la mano (Barcelona, 1940)].

V. Luigli

Villon es el anillo más lejano en que se pueden articular fácilmente los poetas fran­ceses modernos.  (Sainte-Beuve)

Balada de la Cárcel de Reading, Oscar Wilde

[The bailad of Reading Goal]. Pequeño poe­ma del escritor inglés Oscar Wilde (1854- 1900), compuesto durante su prisión y publi­cado en 1898, sin nombre de autor, sino sólo con la cifra con que había sido inscrito en la cárcel: C.3.3. Este poema, que es la obra maestra de Oscar Wilde, puede considerarse como una de las mejores baladas de la literatura inglesa; traducida a todas las lenguas europeas, pronto se hizo famo­sa, por su intrínseco valor artístico y por las circunstancias en que había nacido. Fue compuesta en memoria de C. T. V., soldado de la guardia real a caballo, condenado a la horca por haber matado a la mujer que amaba. En él ve el poeta a la humanidad condenada a destruirse ella misma — con una mirada de odio, con palabras acaricia­doras, o con la espada— el objeto de sus propios amores o de sus propias esperan­zas; y, sin embargo, pocos hombres expían sus delitos en la prisión.

Tres motivos fun­damentales tiene la balada: una profunda piedad por todos los que sufren en la cár­cel: «cada prisión que edifican los hombres está construida con ladrillos de infamia y está cerrada con barrotes, por miedo de que Cristo vea cómo los hombres destrozan a sus hermanos»; un estudio psicológico del condenado que no se retorcía las manos, que no lloraba, ni se atormentaba, pero res­piraba el aire a grandes sorbos, como si el aire contuviese alguna virtud desconocida y miraba con ojos ardientes «esa exigua es­trechura de azul que los prisioneros llaman cielo y a cada nube que navegaba por ella indiferente, libre y feliz»; y una compara­ción ideal entre la justicia de los hombres’, que siempre castiga despiadada, y la jus­ticia de Dios, que sabe convertirse en mise­ricordia, creando vida nueva, allá donde los hombres sólo ven ruinas. Todos los ver­sos brotan de este contraste entre la ciega razón humana, que juzga y condena, dejan­do que huya la verdadera vida del hombre, que necesita ser salvado y consolado, y la piedad divina que desciende sobre todos los pecadores, porque por todos vertió su pro­pia sangre el Hijo de Dios. Confinado dos años en la cárcel de Reading, Wilde, en contacto con el dolor, repudiado hasta en­tonces, y ahora aceptado y vivido con hu­mana plenitud, conoce el mundo de la hu­mildad y de la fe, y de esta experiencia nacieron, con la Balada de la cárcel de Reading y con el De Profundis (v.), sus obras más elevadas. [En 1898, año de su aparición, la tradujo al castellano Darío Herrera en el «El Mercurio de América» (diciembre, 1898). Más cuidada es la ver­sión de Ricardo Baeza (Madrid, 1911) a la que hay que añadir la de Julio Gómez de la Serna en las Obras completas (Ma­drid, 1943)].

B. Schick

*   Un poema sinfónico con el título de La balada de la cárcel de Reading escribió en 1921 Jacques Ibert (n. 1890).

Bajo los Tilos, Alphonse Karr

[Sous les tilleuls]. No­vela del escritor francés Alphonse Karr (1808-1890), publicada en 1832. El libro na­rra, bajo la forma de epistolario y de dia­rio, el trágico amor de un joven, Esteban, que ha huido de su casa para librarse de un casamiento impuesto por su padre y se enamora de la hija del horticultor Mu- 11er, en cuya casa está alojado. Magdalena corresponde a su amor y promete esperarlo, cuando marcha para labrarse una posición que le permita casarse con ella. Pero du­rante la ausencia del joven, Magdalena se casa con un amigo de Esteban, Eduardo, a quien había protegido. Conocida la doble traición, éste se entrega a una vida loca y desordenada hasta que, con propósitos de venganza, frecuenta la casa de ambos es­posos. Para ganarse su confianza, ayuda a su amigo en sus dificultades financieras y finge encontrarle trabajo en una lejana ciu­dad. Mientras viaja, le alcanza en un bos­que, le desafía y le mata. Desde este mo­mento ya no habrá paz para él. Cuando Magdalena, movida por la compasión y los recuerdos, está a punto de ceder a su amor, el recuerdo de la traición aleja al hombre, que huye maldiciéndola. La mujer, desespe­rada, se mata y deja su hijo a Esteban, a quien sólo le resta una vida dedicada al remordimiento y a la soledad. La novela, que dio rápida fama al autor, queda como la más célebre de cuantas escribió. Com­puesta en parte de fragmentos autobiográ­ficos, es una obra de romanticismo exas­perado, donde el autor se complace en descripciones macabras, exaltaciones de carácter satánico y desahogos sentimentales excesivos. Todos los motivos predilectos de la literatura de la época se encuentran con profusión en estas páginas, donde de tarde en tarde brilla quizás un auténtico resplan­dor de poesía.

L. Giacometti

Bajos Fondos, Máximo Gorki

[Na dne]. Drama en cuatro actos de Máximo Gorki [Maksim Gor’kij (Aleksej Peskov) 1868-1936], repre­sentado en 1902. Es la obra teatral de este escritor que más ha contribuido a su fama. La acción se desarrolla en un ambiente fa­vorito de Gorki: el de los vagabundos, de los descastados y de los sótanos infectos y sin luz. De uno de estos sótanos, el viejo usurero Kostylev ha hecho un asilo noctur­no para los que no tienen domicilio. Entre sus huéspedes se distingue por la fuerza y la inteligencia el ladrón Vaska, amante de Vasilisa, mujer del viejo, pero enamorado de Natasa, hermana de Vasilisa. Ésta quiere inducir a Vaska a matar a su marido por amor hacia ella y Vaska lo hace, pero por otra razón y precisamente para defender a Natasa de la brutalidad de Kostylev y de Vasilisa, que la odian. Pero en Bajos fondos la acción es secundaria comparada con el diálogo que ilumina la filosofía y el carác­ter de los numerosos personajes.

Domina entre éstos el viejo Luka, mitad vagabundo y mitad santo, que trata a los hombres como niños y sabe ganarse la confianza de todos y decir a cada uno una palabra de es­peranza. Así a una mujer que muere, des­pués de una vida de sufrimientos, Luka le promete la paz y la gloria del más allá; al viejo actor alcoholizado le habla de un sanatorio donde se curan los maléficos efec­tos del alcohol y el borracho deja de beber esperando encontrar el dinero necesario para el viaje. A la muerte de Kostylev, Luka desaparece y con él se desvanecen los sueños que ha despertado en los hués­pedes del sótano. Un barón, el más cínico de la compañía, llama a Luka «viejo char­latán» y el actor, enterándose de que su sanatorio no existe, se ahorca. Es una orgía de miseria, fruto de la injusticia social, una dolorosa mezcla de luz y de fango que Gorki describe con el fin de que su pintura suscite horror y, con el horror, amor y caridad. Bajo un cuadro de tanta abyección se oculta un profundo amor ha­cia el hombre, un ansia de vida y de luz que inspira las palabras mesiánicas de Luka: «Hay que amar a los vivos… ¡a los vivos!». Trad. italiana de F. Mantella-Profumi (Nápoles, 1905).

G. Kraiski

Balada, Fauré

[Ballade]. Difícil resulta fijar exactamente en la obra de Fauré (1845-1924) el lugar cronológico de la Balada. La enci­clopedia musical publicada bajo la direc­ción de Norbert Dufourcq, sitúa la Balada hacia 1875, por el mismo tiempo que la pri­mera recopilación de melodías y la primera Sonata para piano y violín. Cortot, en su estudio sobre la música francesa para piano, la coloca en 1880, junto con los tres «Romances sin palabras». Charles Coechlin no dice nada en este sentido sobre la Bala­da, si bien fija la aparición de los «Roman­ces sin palabras» en 1882. Por último, el «Larousse del siglo XX» inscribe esta com­posición en 1881. Ante esta serie de con­tradicciones, nosotros optamos por sumarnos a la tesis de Cortot y señalar como fecha muy probable de su aparición el año 1880. Un hecho mucho más seguro es que la Balada corresponde sin duda a lo que se ha convenido en llamar primer pe­ríodo «faureniano»: música discreta y pe­netrante, de efusión contenida y sugestivo brío. Escrita, en principio, sólo para piano, la Balada se adaptó, en su forma definitiva, para orquesta restringida, sin trompetas ni trombones, intrumentándola el propio Fau­ré (se sabe que el autor de Penélope; v.) no vacilaba, a veces, en confiar sus orques­taciones a amigos que, en este sentido, abusaban un poco de él).

El compositor, que entonces tenía treinta años, dio prue­bas ya en la Balada de una sólida concep­ción personal, al renovar por completo un género que el romanticismo había consa­grado a los temas pasionales. Esta obra, de la que Joseph de Marliave afirma que fue concebida bajo la influencia de una emo­ción wagneriana (escena del bosque de Sigfrido), se desenvuelve, no obstante, en un ambiente sostenido de transparente ale­gría a través de una técnica instrumental igualmente limpia y airosa. No creemos en la oportunidad de análisis temáticos fuera de la partitura, y nada mejor en esta di­rección que citar extractadamente lo que de ella opina Cortot: «Una exposición soñadora cuyo tema servirá de segunda idea en el movimiento tiernamente animado que la si­gue; una transición cuyo ritmo pastoral, originario de un fragmento del vigésimo compás del «Andante» inicial, engendrará, a la vez, el impulso gozoso del “Allegro” intermedio, y el estremecimiento arrebata­dor de la última parte»; «tres vivos episodios ligados entre sí por el sentimiento de dulce exaltación, nacidos de la corta fra­se melódica descendente que les es común y que abraza sus ritmos sucesivos, tales son los elementos de esta obra, en donde el aire y la luz circulan y se combinan deli­ciosamente, conduciéndonos de la más tier­na melancolía nocturna al maravilloso am­biente de una mañana primaveral»; «el en­canto de la versión en orquesta… se nos antoja más vivo todavía que en la de piano solo, por evidenciarse en ella a través de la diversidad de timbres, sin dejar, no obs­tante, que predomine la fantasía de un virtuosismo luminoso y fugitivo… brindan­do, desde este punto de vista, afortunadas modificaciones». Explicaciones éstas que, en realidad, no precisan gran cosa, y que nos inclinan a preferir mucho más la aprecia­ción sobria y, en el fondo, más explícita de Charles Koechlin; «En su Balada, Fauré se nos muestra a la vez como un discípulo de Chopin y de Saint-Saéns por su fantasía y discernimiento respectivamente.»