Carmen en Loor de Bérgamo, Mosé del Brolo

[Líber Pergaminus o Carmen de laudibus Pergami]. Poema latino, compuesto en Constantinopla en la primera mitad del si­glo XII, tal vez hacia 1120, por Mosé del Brolo (siglo XII), natural de Bérgamo, a requerimientos del emperador Juan II Comneno, ansioso de conocer la ciudad tan ama­da por el docto Mosé. El autor, que ya en una carta a su hermano, preboste de San Alejandro de Bérgamo, había expresado su amor por su ciudad natal, la manifiesta más claramente aún en los 372 versos que com­ponen el Pergaminus. La obra consta de tres partes, de las cuales se halla incom­pleta la última. Las dos primeras, de 150 versos cada una, comienzan con una invo­cación a Dios y terminan con una despe­dida a la Musa; la tercera, sólo de 72 ver­sos, si bien se trata únicamente del comien­zo, se interrumpe bruscamente. La primera parte contiene, tras una breve alusión a la fundación de Bérgamo por Breno, caudillo de los galos, la descripción de su territorio; la segunda parte, la descripción de la ciu­dad misma. En la tercera parte son men­cionados los héroes que hicieron célebre a la ciudad: Breno, el mítico fundador, y Fabio, de la estirpe de los trescientos caídos en Cremera, al cual Mosé atribuye la más bella virtud. La obra, con la cual Mosé es­peraba asegurar la inmortalidad para sí y una amplia resonancia para su ciudad natal, se acerca, por su forma, lenguaje y estilo, a las de la latinidad clásica: se no­tan numerosas reminiscencias de Virgilio y Ovidio, de los cuales se deriva, y no pocas referencias mitológicas. En cuanto concier­ne al verso, es de notar el empleo de la rima y del hexámetro con «cauda». Son encantadoras las descripciones, y denota un profundo sentimiento de la naturaleza. El Liber Pergaminus fue publicado por Muratori en el libro V del Rerum italicarum scriptores (v.).

A. Cutolo

Cármenes, Paul Valéry

[Charmes]. Conjunto de vein­tidós poemas de Paul Valéry (1871-1945) publicado por la «Nouvelle Revue Française», en 1922. Tras un largo período de silencio, de 1896 a 1917, Valéry había dado a conocer, en 1921, la Joven Parca, y su pri­mera recopilación: Álbum de vers anciens (v. Poesías). Los poemas que figuran en Cármenes fueron escritos entre 1918 y 1922 y, según Valéry, con ellos cerraba su obra poética. Y, en efecto, después de Cárme­nes sólo escribió ya un reducido número de poemas. El título francés «Charmes», como aclara el mismo Valéry, debe entenderse en el sentido del latín «carmina», o sea «poemas». Una ligazón se esta­blece entre los dos conjuntos poéticos, el Álbum y Cármenes a través de Narciso, personaje que surge en toda la obra valeryana como personificación del poeta. Y así, en el Álbum, publica: «Narciso habla» y, en Cármenes: «Fragmento del Narciso». So­bre este tema todavía volvería a insistir, a petición del compositor francés Germaine Tailleferre, escribiendo la «Cantata del Nar­ciso», en 1938. En «Fragmento del Narciso», el poeta se desentiende de la existencia ajena para sumirse en la reflexión de su propia existencia, en la que su pensamiento se toma a sí mismo como tema poético. Pero la pieza más famosa del conjunto y de toda la obra de Valéry, es el «Cementerio ma­rino», largo poema de 24 estrofas, que cons­tituye una meditación metafísica sobre un cementerio a la orilla del mar, en la que se funden estrechamente el tema del mar y el de la muerte. Este cementerio es el de Séte, su villa natal, donde Paul Valéry se­ría enterrado. Cármenes contiene otros poe­mas muy conocidos, como el «Cántico de las columnas», «Palmera» y «Apunte de una serpiente», en los que Valéry, guiado, a la vez, por los textos de los filósofos griegos presocráticos, especialmente por los eleáticos, y por la poesía de Mallarmé, encuentra su inspiración en una eterna meditación de la existencia, enmarcada en la evocación de la naturaleza desde un punto de vista espiritual.

Carmen Bucólico, Giovanni Boccaccio

[Bucolicum car­men]. Escrito por Giovanni Boccaccio (1313- 1375) entre los años 1350 y 1365, consta de dieciséis églogas o composiciones de argu­mento pastoril en hexámetros latinos. La última égloga, «El Nuncio» sirve de dedicación y prefacio a toda la colección, y va dirigida a su amigo Donato degli Albanzani. Boccaccio tuvo conoci­miento de la correspondencia bucólica cur­sada entre Dante y Giovanni del Virgilio, pero sus modelos inmediatos son las Bu­cólicas (v.) de Virgilio, prototipo del gé­nero, y sobre todo el Carmen bucólico (v.) de Petrarca, del cual, como también de toda la tendencia de la poesía medieval, Boccaccio adquirió el gusto por la trans­cripción alegórica de elementos históricos o autobiográficos dentro de la terminolo­gía de la ficción pastoril. Las églogas boccaccianas son realmente una tupida selva de símbolos, para cuyo desciframiento sólo escasamente sirve la carta expositiva que el autor envió a fray Martino da Signa. El tema de las dos primeras églogas («Ga­lla», «Pampinea») son las «juveniles las­civias» del período napolitano, pastorilmen­te transcritas imitando de cerca las églogas .virgilianas octava y décima; en cambio, la tercera («Fauna»), la cuarta («Doro»), la quinta («La selva doliente»), la sexta («Alcestes») y la octava («Midas»), consti­tuyen el grupo de églogas llamadas «napo­litanas», versando sobre los sucesos que agitaron la corte de Nápoles entre los años 1345 y 1349, excepto la octava, que es una furiosísima requisitoria contra el gran se­nescal Niccoló Acciaiuoli, y se refiere a años y hechos un tanto posteriores.

De te­ma florentino, pero siempre político, son la séptima («El debate») y la novena («Li- pi»), vibrantes de ardores güelfos, y refe­rentes a la coronación del emperador Car­los IV (1354-1355). De interpretación harto dudosa es la égloga décima («Valle opaco»); en la undécima («Panteón»), sobre el mo­delo de la sexta virgiliana, la fábula mito­lógica es humanísticamente orquestada co­mo himno cristiano; y la duodécima («Safo») es manifestación pura y directa del sentir humanístico de Boccaccio, dando en ella nuestro autor como el adiós de despe­dida a la poesía en idioma vulgar para ejercitarse en las más altas lides de la musa latina. Siguen otras dos églogas de temas cristianos; la decimocuarta («Olimpia»), descripción de la felicidad paradisíaca a la que fue llamada Violante, hija de Boccaccio, que se aparece a su padre para exhortarle a volver por el buen camino; y la décimo- quinta («Filóstropo»), encendido elogio a Petrarca, quien, bajo el nombre de Filós­tropo, con su palabra florida vuelve al ca­mino del bien el alma del vagabundo Tifio, o sea Boccaccio. Fatigosas para la lectura, por la frondosidad de sus símbolos, escri­tas en un latín más bien rígido y desigual, que es todo un prestigioso juego de memo­ria, y netamente inferiores, en este respec­to, a las églogas del Petrarca, las églogas de Boccaccio tienen una importancia esen­cialmente documental: son obras, tanto en la historia espiritual de Boccaccio como en el cuadro de la historia literaria italiana, nacidas del primer acercamiento del super­viviente gusto medieval a la naciente cul­tura humanística.

D. Mattalía

Carmen Bucólico, Francesco Petrarca

[Bucolicum car­men]. Obra latina en doce églogas de Francesco Petrarca (1304-1374), compuesta en 1346-47 y definitivamente corregida en 1357. El interés del lector moderno se dirige so­bre todo a captar expresiones morales y biográficas bajo el velo alegórico y pasto­ril; el mismo autor se muestra convencido del escaso valor poético del conjunto, si se considera dentro del ambiente de una descripción idílica de la vida campestre. Sin embargo, es posible comprender tales com­posiciones en su valor histórico y polémico gracias a las anotaciones dejadas por el mismo Petrarca o por un amigo suyo. La que contiene más claras alusiones y testi­monios a la vida espiritual del gran poeta es la primera bucólica, «Partenia» [«Parthenias»], en la que el poeta, bajo el nombre de Silvio [Silvius], discute con su hermano Gerardo, monje representado justamente como Mónico [Monicus]: éste teje las ala­banzas de la vida religiosa dedicada a la oración y la meditación, al paso que el poeta se halla todavía a merced del mundo y los placeres, y sutilmente atormentado por el amor. Gerardo opone al desordenado interés por el clasicismo pagano la poesía de los Salmos, pero el artista, aun sintien­do nostalgia por el apacible mundo religio­so y conventual, escoge resueltamente la nueva vida de las letras y expresa su ad­miración por la belleza. Rica en alusiones a la vida contemporánea son las églogas V y VIII (a Cola di Rienzo), la VI y la VII (sobre los males de la curia papal), la II (por la muerte de Roberto, rey de Nápoles) y la IX (sobre la famosa peste del año 1348). Notables, por sus profundas alu­siones a la vida de Laura, son la III, la X y la XI. De interés europeo es la XII, por su referencia al conflicto entre Francia e Inglaterra, y particularmente la IV, que en el contraste entre la cultura italiana y la francesa, indica en los italianos una supe­rioridad que será siempre más decisiva por referirse a la poesía, la más bella flor de la espiritualidad humana. En su conjunto, la obra, aun siendo de considerable interés, carece de una acusada unidad propia.

C. Cordié

Carmen Apologético, Comodiano

[Carmen apologeticum]. Poema en 1.060 hexámetros, atribuido, sin ninguna duda, a Comodiano, cristiano tal vez originario de Palestina, que vivió, según parece, en el siglo V en la Galia o en África. Como las Instrucciones (v.), el Carmen comienza con una introducción de carácter autobiográfico en la cual el autor declara haberse salvado del error mediante la lectura de los libros sagrados; amonesta a los paganos a seguir su ejemplo y, para guiarles, expone, sin mucha precisión, las doctrinas teológicas acerca de Dios, Cristo, y la Revelación. A la demostración de la necesidad absoluta de la fe, sigue la parte más interesante de la obra, la descripción del fin del mundo (cuyos realizadores son dos emperadores, Nerón en Occidente, un persa en Oriente), de su purificación me­diante la lluvia de fuego, de la salvación de los justos. En conjunto, el Carmen apo­logético se muestra superior a las Instruc­ciones, por estar libre de los vínculos del acróstico, pero, a pesar de esto, no revela un profundo sentido artístico. Su propósito es apologético: Comodiano, como los apolo­gistas, ve en el Cristianismo el único cami­no de salvación, y quiere a toda costa con­vencer a los hombres de que lo sigan. En sus exhortaciones a los paganos, en sus reprensiones a los judíos, testarudos e in­conmovibles, sentimos, sin embargo, el ca­lor de la elocuencia dictada por íntimo y profundo sentimiento; viva es también la descripción del fin del mundo, con la cual el autor expresa y representa pictóricamen­te una expectativa general en su época. El poema está escrito en hexámetros, divididos en dos hemistiquios de cesura constante, y agrupados de dos en dos como si fuesen dísticos, probablemente por influjo de los Dichos de Catón (v.). La lengua y el estilo tienen las mismas características popularizantes y, desde el punto de vista literario, revelan las mismas influencias observadas en las Instrucciones. Comodiano no es nom­brado casi nunca en la literatura posterior y, por lo que sabemos, no ejerció en ella ningún influjo.

E. Pasini