Carta a Chauvet, Alessandro Manzoni

[Lettera alio Chauvet]. Carta crítica de Alessandro Manzoni (1785-1873), dirigida al crítico francés Chauvet para refutar las observaciones formula­das por éste a propósito del drama manzoniano El conde de Carmagnola (v.). Es­crita en 1820, en francés, con el título Lettre á M. C*… sur l’unité de temps et de lieu dans la tragédie, fue publicada en 1823 por Fauriel junto con la traducción francesa de las dos tragedias manzonianas. En su parte negativa, la carta es una aguda y demole­dora crítica del significado y de la validez de la teoría aristotélica de las dos unidades; en su parte positiva, es una defensa del sistema dramático romántico o histórico que, fundamentándose en la historia, esto es, en la realidad, evita las arbitrariedades y ficciones que eran consecuencia del anti­guo sistema. Fundamento de la poética manzoniana es el respeto religioso a la reali­dad; principio histórico y ético que para Manzoni se resuelve en un principio esté­tico, distinguiéndose el poeta del historia­dor no por la invención, sino por la poesía, y por una penetración adivinadora de la realidad espiritual y psicológica que se es­conde bajo la superficie de los hechos his­tóricos. La poesía es profundización, no al­teración arbitraria de la historia. Pero los principios manzonianos se pueden resumir en otro principio más general: es falso to­do sistema dramático que proceda con mé­todo dogmático y abstracto, partiendo del sistema para llegar a la obra, en lugar de deducir sus reglas del carácter interno y orgánico del argumento. La Carta a Chauvet tiene importancia fundamental en la historia de la poética dramática italiana y, en ge­neral, romántica.

D. Mattalía

Carta a Goethe Acerca del Actual Teatro Trágico Francés, Wilhelm Hujnboldt

[Brief an Goethe über die gegenwartige franzósische tragische Bühne]. Carta crítica de Wilhelm Hujnboldt (1767-1835) acerca del teatro francés contemporáneo, dirigida a Goethe en 1799 e impresa en los «Propyláen» (1800). En ella Humboldt, después de sostener que la imaginación, a través de la selección, reco­ge los elementos sensibles para constituirlos en una totalidad ideal, distingue, como me­dios de realizar, esta transformación, la ac­ción y la narración; la acción se contrapone al acontecimiento (el cual está más ligado a la casualidad) y conviene a la epopeya, como el acontecimiento conviene a la no­vela. La tragedia surge del estado de áni­mo de un sentimiento determinado, y por esto se contrapone a la épica. Aquí pre­valecen el objeto y la calma contemplativa, allí el sujeto y la tensión del alma; y la imaginación transforma estos elementos en estados de ánimo poéticos, aquí con la evi­dencia, allí con el idealismo. Hablando de la escena trágica francesa, Humboldt dice que el arte imita a la naturaleza, pero la dificultad de la resolución reside en el con­cepto propio que cada nación tiene de la naturaleza. Los franceses lo colocan casi exclusivamente en el gusto por lo sencillo, lo fácil, la constancia absoluta del tono. Luego Humboldt pasa a observar las pre­rrogativas del arte mímico y de los actores. Para el actor el modelo no es la natura­leza, sino una obra de arte independiente de él. Y analizando los actores de distintas nacionalidades, el autor esboza su misión, que es la de suscitar todos los sentimientos de la humanidad, evocar las fuerzas pro­fundas y potentes de la naturaleza, o bien hacer que éstas actúen sólo como arte, y dominarlas estéticamente. Por muy indi­vidual que pueda ser la poesía, siempre tie­ne, como simple imagen del pensamiento, algo de vago e indeterminado; el actor debe fijar estos elementos en su persona real. Debe, pues, estudiar la forma del carácter y el modo con que el hombre puede poseer una perfecta unidad y necesidad.

M. Maggi,

Características y Críticas, August y Friedrich Wilhelm

[Charakteristiken und Kritiken]. Colección de ensayos críticos de los hermanos August Wilhelm (1764-1845) y Friedrich Schlegel (1772-1829), publicada en 1801. Acabada la publicación del «Athenaeum» (v,), la batallona revista de los románticos, los her­manos Schlegel pensaron en reunir, con el título de Características y críticas, el con­junto de su actividad literaria hasta aquel momento; la obra, en dos volúmenes, reu­nió de este modo algunas de aquellas re­censiones que, al publicarse en las «Horen» (v.), en la «Gaceta literaria de Jena», en el «Athenaeum», habían revelado en alemania una nueva crítica. Es considerada como la joya de la colección la «Crítica de Bürger», de August Wilhelm, obra que, en meditado antagonismo con la condena ético-filosófica pronunciada por Schiller, logra caracterizar ecuánimemente la obra de este poeta y su papel en el seno de la literatura alemana, y de rechazo, europea. De A. W. es también el ensayo sobre «Romeo y Ju­lieta», exaltación de Shakespeare coherente con la debida a Lessing; un análisis lleno de agudas observaciones como sólo podía trazarlo A. W. que dio tanta parte de su actividad a su traducción de Shakespeare. Las «Cartas sobre la poesía, prosodia y len­gua», también de A. W., trazan, siguiendo a Herder, la historia de estos fenómenos desde sus orígenes; pero más que los prin­cipios sensistas, débiles e inseguros, a los que Schiller pronto hubo de oponerse kan­tianamente, interesan en ellas las observa­ciones particulares y el buen gusto crítico. De Friedrich es la famosa recensión del Woldemar (y.) de Jacobi, tal vez el más agudo y perfecto ensayo de este crítico, na­cido sobre todo para la polémica y la ne­gación.

En la novela de Jacobi, Friedrich deplora la difusión del personalismo, el prevalecer de la filosofía y del misticismo en la poesía y la híbrida mezcolanza de po­sitivismo y de fe. La recensión se cierra con la frase que se ha hecho célebre: «Wol­demar es una tarjeta de’ invitación para tra­bar conocimiento con Dios; la teológica obra de arte termina como terminan todas las ‘débauches’… morales: con un ‘salto mortal’ en los abismos de la misericordia divina». También de Friedrich es la defensa de Forster, el soñador revolucionario, muer­to prematuramente; Schiller y Goethe lo habían satirizado con un «xenion» famoso; Friedrich lo defiende como prosador clási­co, como hombre de libres y francas opi­niones, como escritor «social»; páginas de un amigo, llenas de nobleza. La «caracte­rística de Lessing» completa la trilogía; como los dos precedentes ensayos, también éste se esfuerza por penetrar en la última esencia del individuo, y descubrir a través del escritor al hombre. En Lessing, conver­tido en portaestandarte por todos los ra­cionalistas alemanes, Friedrich resucita al hombre de quien todas las palabras fueron «revelación de una naturaleza sumamente moral»; le define como el «Prometeo de la literatura alemana», y opina que la Emilia Galotti (v.) «es la obra maestra de la razón pura generada con sudor y fatiga»; analiza finalmente el Nathan (v.) y concluye pro­clamando al autor «la más admirable com­binación de literatura, polémica, humoris­mo (Witz) y filosofía». También sus recen­siones menores llevan todo el sello de la crítica genial y renovadora de los dos no­tables hermanos.

B. Allason

Calígona, Johann Gottfried Herder

[Kalligone]. Obra de Johann Gottfried Herder (1744-1803), publicada en Weimar en 1800. Es inmediata continua­ción de la metacrítica (v. Inteligencia y experiencia), en la que Herder criticaba la filosofía teorética de Kant, fundándose prin­cipalmente en los conceptos que surgen del lenguaje común. En Calígona Herder exa­mina en cambio la Crítica del juicio (v.) y en particular la estética de Kant. La obra no es muy original; en la época de su publicación, la filosofía kantiana había sido ya criticada y desarrollada por una plé­yade de epígonos. Y por otra parte, Herder se refiere, contra la estética de Kant, a las teorías estéticas de los escritores ingleses, que admira desmesuradamente, aun encon­trando extraño que en Inglaterra hubiese tan agudos estudiosos sobre estética y tan pocos artistas. Herder aprecia, sobre todo, por su idea del arte como actividad, a Harris, hoy poco menos que desconocido. La crítica resulta sencilla si se tiene en cuen­ta que Kant, en el enfoque del problema, debía mucho a los estéticos ingleses en es­pecial a Burke y a Hume. Pero Kant había cambiado, por así decirlo, el plano de las consideraciones filosóficas de éstos, que en el fondo eran hedonistas, hablando de un placer sin interés y del objeto artístico como objeto sin concepto. Contra este punto se dirige particularmente la crítica de Herder. La nueva concepción kantiana, que le pa­rece un retorcimiento del significado de las palabras «agradable sin interés», no tiene sentido para él. Y, sobre todo, la idea de un objeto sin concepto suscita sus pro­testas más vivas; Herder afirma sin más que no hay sensación posible sin concepto, sin acto intelectual.

Evidentemente, lo que a Herder interesa destacar es el aspecto ac­tivo de la obra artística; para un pensador que, como Herder, creía que la poesía ma­nifestaba sin más el pensamiento primitivo de los pueblos, la negación del valor teo­rético del arte le debía parecer un absurdo. Pero todas estas argumentaciones están re­petidas varias veces y, además, con digresio­nes largas e innumerables, en las que Herder habla un poco de cuanto se rela­ciona con el arte, cita a Kant, a mil pen­sadores precedentes, desde Bacon hasta Harris. A través de la crítica, Herder llega (en la segunda parte) a buscar la relación entre la naturaleza y el arte, mostrando que las artes (empezando por la arquitectura y la jardinería) han tenido su origen en las mismas necesidades de la vida del hombre. Por lo cual el arte y las formas sociales están estrechamente ligadas y así Herder termina con la conclusión de sostener que lo bello no es éticamente indiferente, como consideraba Kant, sino que es en cambio el símbolo del bien. De este modo se rela­ciona con las ideas clásicas, recogidas de Shaftesbury y de Hutcheson, sobre una es­trecha relación entre belleza y virtud, y repite su concepto fundamental: la función educativa del arte.

M. Maulio Rossi

Burla de Vincenzo Foresi a los «Anteojos» del Señor Tommaso Stigliani

[Uccellatura di Vincenzo Foresi all’«Occhiale» del Cav. Fra Tommaso Stigliani]. Cuando, después de la muerte de Marino, Stigliani publicó su Anteojos (v.) el mundo literario se levantó en contra suyo, suscitando un verdadero escánda­lo. Entre los libros que se publicaron en esa ocasión, uno de los más equilibrados es esta Burla que Nicola Villani (1590- 1636) publicó con el falso nombre de Vin­cenzo Foresi en Venecia en 1630. La obra no es una defensa de Marino, sino más bien un pretexto para invitar a sus con­temporáneos a estudiar los célebres clásicos griegos, latinos y toscanos, para alejarles de la moda literaria corriente. A través de eruditas divagaciones, Villani pasa re­vista a los mayores poetas de la literatura italiana, dando de ellos unos juicios muy agudos. Literato de natural buen gusto y crítico sutil, invita a sus contemporáneos y a sí mismo a dejar que la fantasía acep­te la guía del «fiel polo argivo y latino». Es mérito de Villani, de todos modos, el de haber indicado a sus contemporáneos, aunque de forma algo extravagante, los defectos de la poesía de su tiempo, «las va­nas sentencias y los trastornados modos de hablar y los extraños vocablos y las vicio­sas metáforas y los enigmas y las hipér­boles y demás tonterías». Otro mérito de Villani es el de haber contribuido con sus críticas a mantener viva la discusión en torno a la poesía de Dante, anticipando positiva y negativamente el justo aprecio que del gran poeta dieron muestra todos los siglo posteriores.

G. Franceschini