Veinte mil leguas de viaje submarino, J. Verne

Es la primera novela de una trilogía que está continuada por Los hijos del Capitán Grant y La isla misteriosa. La fragata americana «Abraham Lin­coln» se dirige a la caza de un misterioso monstruo ma­rino. En la expedición toman parte un naturalista fran­cés, el profesor Arronnax, acompañado por su criado Conseil, y el arponero Ned Land.

Una ola se los lleva a los tres, que son recogidos por el «monstruo», que en rea­lidad no es otro que el submarino «Nautilus», mandado por el capitán Nemo, el inventor del extraño ingenio de navegación. Los tres viven aventuras increíbles: ven la Atlántida sumergida, cazan en bosques submarinos, y se enfrentan a pulpos gigantescos.

Pero tienen también que asistir, con profundo horror, al hundimiento de un bu­que con toda su tripulación. Entonces descubren que Nemo es un príncipe indio destronado por los ingleses y que, animado por un odio sombrío, ataca sus naves en todos los mares. Los tres consiguen, finalmente, huir y tocar tierra tras haber sido tragados por el terrible remo­lino del Maelstróm.

Un Mundo feliz, A. Huxley

La his­toria está ambientada en el futuro, en un mundo tan tecnificado que los años se cuentan, en vez desde el naci­miento de Cristo, desde el de Ford, el gigante de la in­dustria del motor. Estamos en el año 632 después de Ford. Una dictadura ha restaurado el orden en un mun­do convulsionado por las guerras. La estabilidad del sis­tema se halla asegurada por un riguroso control del nú­mero y del tipo de los ciudadanos, nacidos todos ellos en probeta.

El poder está en manos de los Diez Controla­dores, y el lema del estado es «Comunidad, Identidad y Estabilidad»; en una reserva son confinados, en cambio, todos aquellos ejemplares de individuos cuyas caracterís­ticas no se corresponden a las deseadas por los controla­dores. Aquí es donde Bernard Marx, un alto funcionario anticonformista, conoce a John, un individuo «diferen­te» cuando menos por haber nacido del seno de una mu­jer, y consigue sacarlo de la reserva.

Sin embargo el jo­ven, en un principio impresionado y fascinado por la so­ciedad creada por la Utopia, se va disgustando paulati­namente de ella y, a causa de haber provocado una re­belión, tiene que presentarse ante el Gran Controlador Mustafá Mind, quien le demuestra que la libertad resul­ta perjudicial para la felicidad. John se retira a un faro abandonado: pero en torno al faro se congrega una mul­titud que espía, curiosa y maliciosa, su «diferencialita». John no puede soportarlo, y se suicida.

América, F. Kafka

Karl Rossmann, un adolescente de dieciséis años siempre tran­quilo y sonriente, es enviado por sus padres a América —una América en todo inventada y alegremente fantás­tica— para que olvide a una sirvienta a la cual ha dejado embarazada. Recibido benévolamente y luego alejado sin motivo por un tío suyo, se junta con dos vagabundos, los abandona para emplearse como ascensorista en el gran «Hotel Occidental», se reúne con ellos nuevamente cuando también, y siempre sin motivo, es despedido del hotel y, finalmente, encuentra empleo en el «Gran Tea­tro» de Oklahoma. La novela se interrumpe en este punto.

El Invencible_Stanislaw Lem

El invencible_Stanislau LemCiencia ficción, sí, es ciencia ficción y de la buena. Pero es una ciencia ficción desgarradoramente humana, plagada de sensaciones, sentimientos e, incluso, dilemas morales.

Sólo un maestro como Stanislaw Lew es capaz de recrear, de una forma tan densa y a la vez tan liviana, un relato de ciencia ficción tan detallado, tan específico en circuitos robóticos y campos electromagnéticos, conjugado con las conexiones neuronales humanas y las insondables reacciones de eso que, dicen, es el alma del ser humano.

La novela narra el destino y los avatares de una expedición a bordo de “El invencible”, una nave tecnológicamente dotada de los mayores avances y orgullo de su tripulación, que llega al planeta Regis III con la misión de rescatar o, al menos, conocer el destino que ha tenido “El Cóndor”, una nave gemela que ha desparecido allí sin dejar rastro.

En un tono gris, dramático y pesimista, Lem va desarrollando la trama desde la imponente llegada de la nave, desplegando todo su poderío y haciendo pensar que hace honor a su nombre, hasta el descubrimiento de que no es un planeta deshabitado, al menos no del todo.

Con la seguridad de una victoria, aún pagando un alto precio, los hombres se envalentonan, se sienten capaces de encarar cualquier adversidad con sus equipos, con una reunión de intelectos trabajando para conseguir un mismo fin.

[…] ¿Cuántos fenómenos similares, misteriosos, incomprensibles para el hombre encierra el universo? ¿Iremos por ventura a recorrer con nuestras naves todo el cosmos, llevando a bordo nuestras poderosas armas destructivas, con el propósito de aniquilar todo cuanto esté más allá de nuestro entendimiento? […]

Y a partir de ahí, sin dejar de ser ciencia ficción de la buena, reitero, surge la reflexión filosófica, humanista, acerca del bien más preciado que creemos poseer y que hace que, como raza, nos hace creer que somos superiores o que tenemos la semilla de lo sublime: la inteligencia.

Y, como tal, el hombre es capaz de enfrentarse a otra inteligencia y, llegado el caso, podría admitir la derrota ante un oponente desconocido con una inteligencia superior, más desarrollada. Pero, ¿qué ocurriría si la humanidad se ve enfrentada a un ente sin capacidad cognitiva, al que no es capaz de derrotar? ¿Qué pasaría si la inteligencia, si la racionalidad no es lo único que existe y no es lo supremo?

[…] No nos está destinado todo el universo, no todo cuanto existe nos pertenece […].

1984 (GEORGE ORWELL)

1984 Esta inquietante narración acerca de las tribulaciones de un empleado de segundo orden en un Estado totalitario futuro nos ha proporcionado gran parte de la jerga política de la época. En efec­to, las expresiones «Thought Police» [«Policía del Pensamiento»], «Newspeak» [«Nueva habla»], «Ministry of Truth» [«Ministerio de la Verdad»], «Doublethink» [«Doble pensamiento»] y «Big Brother is watching you» [«El Gran Hermano te vigila»], fueron inventadas por George Orwell para este libro. Es sencillamente una novela que ha cambiado el mundo. Está escrita en un estilo comprensible, accesi­ble a millones de lectores, y al influir en la mente de esos millones de lectores, Orwell contribuyó decididamente a que sus obscuras pre­dicciones no se hicieran realidad. Naturalmente, muchas veces se ha señalado que al autor no le interesaba la predicción, sino que describió los sucesos de la década del cuarenta tal como acontecían, aunque exageradamente.

El libro no llevó en su cubierta el sello «ciencia ficción». Pero en­tonces, ¿con qué derecho lo calificamos como tal? En primer lugar, porque la acción se desarrolla treinta y seis años después de la fecha de su redacción y, en segundo lugar, porque algunos de los disposi­tivos tecnológicos que se utilizan para controlar a la población de la Zona Aérea Uno, del Estado de Oceania, el más importante de los cuales es la telepantalla (un televisor montado sobre una pared, que lo observa a uno aun cuando uno lo está observando), son del más puro estilo de la cf, y quizá de carácter predictivo (con cables de fi­bra óptica como los que tenemos en la década del ochenta, este artilugio podría convertirse en realidad). Los vínculos de la novela con la cf son más profundos y más fundamentales, sin embargo, que lo que estos detalles podrían sugerir.

Al igual que otros de su generación, Orwell (cuyo nombre real era Eric Blair, 1903–1950) fue influido por Wells. En su ensayo titu­lado «Wells, Hitler, and the World State», Orwell escribió lo si­guiente: «Fue maravilloso descubrir a Wells. Allí se encontraba uno en un mundo de pedantes, clérigos y sinvergüenzas … y ese hombre maravilloso que podía hablarnos sobre los habitantes de los planetas y sobre el fondo del mar, y que sabía que el futuro no se­ría lo que la gente respetable se imaginaba». Aunque luego Orwell criticó algunas ideas políticas de Wells, es evidente que considera­ba las primeras obras del escritor como una gran fuerza liberado­ra. Muchos otros escritores fueron influidos de la misma manera, a tal punto que en Gran Bretaña, y también en otros países, se creó toda una tradición de ficción «poswellsiana». A esta tradición con­tribuyeron con novelas y cuentos autores hoy olvidados, co­mo J. D. Beresford, S. Fowler Wright y John Gloag, y también otros más recordados, como Olaf Stapledon, Aldous Huxley y C. S. Lewis. Ninguno de sus libros se publicó como ciencia ficción, ya que dicha clasificación sólo empezó a utilizarse en forma regu­lar, de este lado del Atlántico, a comienzos de la década de los cin­cuenta. Si se les hubiera colocado una etiqueta que rezara «a la manera de Wells», hoy se conocerían como «romances científicos». La novela corta de E. M. Forster «The Machine Stops» (1909) era un «romance científico» que sirvió para rechazar la idea de que se podía perfeccionar la raza humana a través de la aplicación de tecnología moderna. Un mundo feliz, de Huxley (1932), era otro de esos relatos premonitorios. Ambos son ejemplos de antiutopía o «distopía». 1984, de Orwell, sigue esa línea y es, en verdad, la más lúgubre de todas las «distopías». Fue el ejemplo de Wells, tanto desde el punto de vista formal como temático, pero sobre todo el de­bate que Wells inauguró y que continuó a través de la obra de por lo menos una docena de autores, lo que hizo posible la obra maestra de Orwell. Para mí, 1984 es un libro, que, como Jano, mira en dos direcciones, porque, por un lado, es el último «romance científico» y, por otro, la fuente de gran parte de la ciencia ficción que le siguió. Resume las terribles experiencias de la primera mitad del siglo XX y arroja una larga sombra de temibles presagios sobre la otra mitad, nuestra mitad.

 

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Orwell, George [Eric Blair]
(Motihari, India, 1903-Londres, 1950) Escritor británico. De origen angloindio, en 1921 ingresó como oficial en la policía de Birmania, puesto que abandonó seis años más tarde debido a su repulsa hacia el régimen colonial. Tras una estancia en Francia, donde sobrevivió gracias a pequeños empleos, publicó sus primeros libros: Sin blanca en París y Londres (1933) y Días birmanos (1934). El autor se basa en ellos, como sucedería en todas sus obras, en sus propias observaciones y experiencias, y demostraba ya una clara posición de izquierdas. Las convicciones personales reflejadas en sus libros se materializaron en 1936 con su participación en la guerra civil española al lado del POUM. Fruto de esta experiencia fue Homenaje a Cataluña (1938), obra en la que refiere las tensiones y los enfrentamientos entre las fuerzas de izquierdas durante el conflicto. Este hecho dio lugar a posteriores reflexiones que fueron la base de dos de sus mejores obras: Rebelión en la granja (1946), fábula política sobre la revolución y cómo ésta, una vez instaurada, se vuelve en contra de quienes lucharon por ella, y 1984 (1949), visión dramática de los totalitarismos del futuro. Durante la Segunda Guerra Mundial sirvió en la Home Guard y publicó nuevos títulos, como El león y el unicornio (1941), cuadro de su país poco antes de la guerra, donde se muestra convencido de la posibilidad de una lucha del proletariado para hacer oír su voz entre la burguesía. Sus escritos y ensayos de esos años los recopiló en Inglaterra, vuestra Inglaterra.

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