Zsigmond Kemény

Nació en Alvinc (Transilvania) en junio de 1814 y murió en su finca de Pusztakamarás el 22 de diciembre de 1875. Huérfano de padre a los nueve años, cono­ció una adolescencia amargada por las nu­merosas vejaciones que, junto con la madre, odiada por sus hermanastros, hubo de so­portar durante el largo proceso que éstos provocaron por la herencia paterna. Estudió en el colegio calvinista de Nagyenyed, cuyo rígido puritanismo contribuyó a acentuar el carácter reservado, la terquedad y la ira­cundia en él innatas. A fin de completar su formación histórica, literaria y política, per­maneció dos años en Viena, donde asistió asimismo a los cursos universitarios de Medicina. Sus primeros ensayos políticos aparecieron en 1837; sin embargo, hasta pasado un decenio no resolvió dedicarse por entero al periodismo y a la literatura.

Como colaborador del Pesti Hírlap de Kossuth y diputado en el Parlamento manifestóse ar­diente reformista; con todo, luego de Világos, y al frente del diario Pesti Napló, apoyó la política de reconciliación con la casa reinante propugnada por Francisco Deák. Trabajador infatigable, gustó asimismo in­tensamente los placeres de la vida, que se procuraba mediante dispendios, siempre superiores a sus recursos económicos. Mu­cho le costaban también los frecuentes via­jes al extranjero (Suiza, Alemania, Italia, Turquía, Grecia), emprendidos no tanto en busca de nuevas impresiones como, más bien, en un intento de evasión de su mundo interior, perturbado por su concepto trágico de la existencia, que se halla en el centro de sus novelas (v. Vida y sueño, Pablo Gyulai, Los fanáticos, Tiempos sombríos, etcétera). Nuestro autor, efectivamente, sólo sabía concebir personajes y destinos huma­nos tendentes a sucumbir ante las inexora­bles fuerzas del destino; tal catástrofe apa­rece provocada tanto por el pecado como por una virtud excesiva; y siempre impelida por circunstancias externas que el poeta consi­dera instrumentos de la fatalidad.

Fatalista él mismo por naturaleza y debido a las ne­gras experiencias de su juventud, comparte vivamente la angustia de sus personajes, quienes, como el autor, se ven de tal suerte envueltos en su propio mundo íntimo que sólo aceptan el combate contra el enemigo exterior cuando no les queda otra vía de salvación. Indudablemente, este arte trá­gico no resultó nunca popular y la crítica hubo de denunciar en la obra de K. una falta de equilibrio entre el fondo y la forma. Agotado prematuramente por un trabajo excesivo, a partir de 1870 presentó síntomas de parálisis progresiva y en 1873 hubo de retirarse a su finca de Pusztakamarás, donde murió.

E. Vàrady