Nació el 19 de julio de 1819 en Zurich, donde murió el 15 del mismo mes de 1890. Expulsado todavía muy joven de la escuela por una falta leve, no pudo realizar estudios regulares. Inclinóse entonces hacia la pintura, y fue discípulo de un original acuarelista, Rudolf Meyer; luego persuadió a su madre de la conveniencia para su formación artística, de una estancia en Munich, a donde se dirigió gracias a los ahorros y a los duros sacrificios de la progenitora. Dos años de dificultades y desilusiones, empero, le convencieron de su incapacidad para la pintura. La pasión política en cambio, despertó en él su temperamento de escritor y poeta, según el ejemplo de A. Grün y G. Herwegh. Vuelto a Zurich, se puso en contacto con el ambiente de los emigrados políticos alemanes; A. Folien publicó — tras una refundición — su primer cuaderno de versos (1846), donde predominaban precisamente los motivos polémico-patrióticos. En 1848, lograda una beca del gobierno zuriqués, marchó a Heidelberg donde las lecciones de Ludwig Feuerbacli confirmaron su concepción inmanente del mundo, de sereno y humano ateísmo.
No obstante, sólo en Berlín, ciudad a la cual pudo dirigirse mediante una segunda pensión, encontró Keller su verdadero camino; los años pasados en la capital alemana, efectivamente, fueron no sólo los más fecundos sino también los que le imprimieron, en parte por reacción al tipo de sociedad que ante sí tenía, el peculiar sello satírico- educativo, o irónico y graciosamente alusivo, que se da incluso en sus obras más etéreas y poéticas, sólo aparentemente ajenas a la realidad, como ocurre en los cuentos de La gente de Seldwyla (v.). De esta suerte, mientras naufragaba su segunda ambición equivocada, la que le llevó a pensar en la posibilidad de actuar como autor dramático— razón por la cual se había trasladado a Berlín—, surgió casi al margen lo mejor de su producción, y, .singularmente Enrique el Verde (1854-55, v.), novela en que en una autobiografía ideal y ejemplar narró la dolorosa historia de un artista fracasado, ampliada luego, al estilo de Goetlhe en una verdadera y solemne «Bildimgsroman».
El pesimismo que matizaba el final trágico de la obra no deslucía la magnífica y lozana belleza de la primera parte, la «Jugendgeschichte», ni logró eliminar el vigor original del libro, considerado actualmente como uno de los textos clásicos de la literatura alemana; por lo demás, aquel tono aparecería muy atenuado en la nueva redacción de la novela (1879-80). En 1855 Keller regresó otra vez a Zurich, entonces ya famoso y siempre más y más apreciado, pero amargado también por no haber sabido hallar todavía un lugar en la vida común. En 1856 vieron la luz los cuentos de La gente de Seldwyla, en los que, partiendo de la aridez de una condición humana como la del sastrecillo Strapinski o la del cardador Jobst, la narración deriva poéticamente hacia una épica nueva, difícil y elevada, alegoría casi de Suiza; en esta obra, mejor que en cualquier otra, supo describir Keller la aspiración burguesa a la poesía, a la evasión de la mezquindad y a la despreocupación por la fiebre del oro que amenazaba arrollar también la imaginaria Seldwyla y provocar el olvido de los ideales de libertad, patria y familia.
En 1861 fue nombrado primer secretario cantonal (Staatsschreiber), misión que desempeñó con irreprochable escrupulosidad por espacio de quince años. En este período, que supuso, como es natural, una disminución en la actividad poética del escritor, cabe señalar las Siete leyendas (1872, v.), pequeña joya de literaria canalice» inspirada en una colección del pastor Kosegarten. Sin embargo, abandonado en 1876 el cargo y superado el dolor por la inesperada muerte de su novia, Luise Scheidegger, Keller volvió con nueva diligencia a la narrativa, aun cuando su pesimismo jamás completamente borrado por su sonrisa de pedagogo viose acompañado ahora por algunas muestras de cansancio. Aparecieron así, en 1877, las Novelas zuriquesas (v.), justo homenaje y advertencia a su ciudad, en 1881 El epigrama (v.), donde la ambición de una narrativa europea, ya no sostenida por el acostumbrado ambiente suizo, llegó aún a elevados niveles poéticos (Reinas), y finalmente, en 1886, Martín Salander (v.), novela que presenta de nuevo la temática de la juventud en la afición (sólo parcialmente contrariada) a ofrecer una sátira épica de costumbres. En 1883 reunió todas sus Poesías (v.), a las que, sin embargo, dio el último lugar en la edición de sus Obras por él mismo dirigida (1889).
Así llegaba a su fin una experiencia pobre en acontecimientos externos y confortada por el aprecio de unos pocos amigos (H. Hettner, el lejano Th. Storm), pero lógica en cuanto ejemplo de fidelidad a los ideales, que no quiso nunca ajenos a su actividad de escritor. En Keller, máximo representante de la literatura suiza en lengua alemana del siglo pasado, permaneció intensa la oposición entre su conciencia de demócrata suizo y la admiración por la cultura alemana, que le ofrecía, indudablemente, mayores perspectivas de desarrollo y la posibilidad de inserirse en una tradición ilustre; y así, sólo mediante la superación de este dilema logró escribir páginas cuyo valor europeo habría de ser reconocido por hombres como Th. Mann, A. Gide y H. v. Hofmannsthal.
N. Sàito

