William Faulkner

Nació el 25 de sep­tiembre de 1897 en New Albany (Missis­sippi), murió el 6 de julio de 1962 en Oxford (Mississippi). Es uno de los escritores más representativos de la literatura contemporánea de los Estados Unidos.

Perteneció a una familia profundamente enraizada en el Sur y que en épocas anteriores dio al país gobernadores, políticos y personalidades pú­blicas; su bisabuelo, el coronel William Falkner (ortografía original del apellido) compuso una novela popular, La rosa blan­ca de Memphis [The White Rose of Memphis], Durante su primera infancia fue a vivir a Oxford (Mississippi), localidad que luego, excepto en algunas breves interrup­ciones, fue siempre su residencia.

Al esta­llar la primera Guerra Mundial interrumpió los estudios iniciados en la Universidad de Mississippi, alistóse en el Cuerpo Aeronáu­tico del Canadá y fue enviado a Inglaterra a cumplir el período de instrucción militar; allí, en el curso de una permanencia en Oxford, leyó a los poetas isabelinos.

Desti­nado, finalmente, a la Royal Air Forcé de Francia, resultó herido en este país en un accidente de aviación. Al terminar el con­flicto volvió a su patria, continuó los es­tudios, trabajó como enjalbegador, fue durante dos años (1922-24) cartero de la Universidad y en 1924 publicó en edición limitada una colección de versos bucólicos titulada El fauno de mármol [The Marble Faun].

Encargóse luego de una librería de Nueva York, pero muy pronto prefirió vol­ver a Mississippi, donde actuó de carpin­tero. En Nueva Orleáns compartió el aloja­miento con Sherwood Anderson y empezó a componer artículos descriptivos para la prensa.

El período de contacto con aquél no resultó estéril en la futura orientación del joven Faulkner, quien se inclinó por la narrativa. Sin embargo, sus primeras novelas, La paga del soldado [Soldier’s Pay, 1926], Mosquitos [Mosquitoes, 1927], Sartoris (1929) y El rui­do y el furor [The Sound and the Fury, 1929] (título inspirado en las palabras de Macbeth en la quinta escena del acto V de la célebre tragedia de Shakespeare), no se vendieron mucho ni fueron advertidas por la crítica.

Faulkner compuso entonces Santuario (v.), en la que acumuló escenas terribles y crueles en busca, según él mismo dijo, del éxito financiero; el editor, empero, asus­tado por las posibles consecuencias legales de tal publicación, negóse a darla a luz. Para ganarse la vida trabajó entonces de fogonero en una central eléctrica y escri­bió Mientras agonizo (1930, v.), obra en la que presenta una de las míseras familias de blancos pobres que habían constituido la materia preferida en la narrativa de An­derson.

El avance definitivo hacia el éxito se produjo en 1931 con la nueva publica­ción de Sanctuary, rehecha por completo. A partir de entonces alcanzaron una amplia difusión no sólo los libros siguientes, sino también todos los anteriores. El doble ca­rácter del éxito de Faulkner queda simbolizado casi en la dúplice redacción de Sanctuary.

Significativo es el hecho de que para lograr un texto de gran venta, Faulkner cargara de crueldad, horror y exasperación sexual la no­vela, hasta el punto de asustar al editor. Tales ingredientes se hallan también, aun­que en dosis algo más moderadas, en el segundo Sanctuary y en todas las restantes novelas del autor. Éste es el aspecto que le ha procurado éxito entre el público en ge­neral; en él puede verse quizás el latigazo que hizo despertar a una sensibilidad posi­blemente aletargada por un bienestar excesi­vo y necesitada de semejantes drogas para experimentar el escalofrío de la emoción.

Ello no significa, empero, que la obra de Faulkner pueda considerarse una forma de especulación literaria. Muy al contrario, nuestro no­velista debe precisamente su éxito más razonado y perdurable ante la crítica, al otro aspecto, o sea a la sinceridad con que ha representado facetas menos límpidas — y ca­bría decir también menos sanas — de la so­ciedad.

Nacido en él Sur, donde persistió más largamente una antigua nobleza latifundista y partidaria de la esclavitud, y cuyo recuer­do hizo más sensible, por contraste, la pro­longada decadencia que siguió a la guerra civil, Faulkner, descendiente, como ya hemos dicho, de una distinguida familia, percibió pro­fundamente la citada regresión y el espec­tro de la pasada grandeza que sobre ella aleteaba. Puede afirmarse que el conjunto de su obra constituye una especie de mito de su nativo país meridional, lo que siempre se advierte como uno de los elementos característicos de su producción.

Más profundo aparece en ésta, empero, el terror que el espectáculo de la vida americana suscita en la intimidad de la conciencia de Faulkner, en la que el puritanismo se presenta aún más vivo de lo que podría suponerse. Incluso tenien­do en cuenta la influencia de Anderson, no deja de resultar significativa la aparición de la primera novela de nuestro escritor precisamente en 1926, cuando el vendaval de las especulaciones financieras soplaba ya con toda su fuerza.

No muchos años des­pués, aquella euforia, desenfrenada y sin escrúpulos, conoció el trágico despertar del famoso hundimiento de los valores en Wall Street; pero, con todo, el huracán había logrado ya quebrar en las manos del autor la flauta de Pan que tímidamente empezara a tañer, y el espectáculo de la depresión posterior al desastre bursátil no logró ador­mecer la impresión del período precedente.

Así como sirviéndose de ciertos tipos y has­ta de ciertos personajes, Faulkner manifiesta la intención de presentar una especie de fresco de la sociedad, así también otras de sus figuras adquieren más o menos consciente­mente un valor representativo: por ejemplo, Temple Drake, la muchacha de Sanctuary, y sus compañeras, personifican el huero y frío autómata femenino en que la civili­zación norteamericana ha convertido la ju­ventud burguesa, y el «gángster» Popeye de la misma novela es el individuo esen­cialmente neutro e inútil movido por la caó­tica marea que Faulkner veía subir en la concien­cia social.

El escritor no puede salir de su secreto horror: nada tiene en sí mismo que oponer a tal sociedad en cuanto a valores espirituales, puesto que la siente como un todo al que pertenece. De ahí el carácter amargo y frecuentemente sádico de su críti­ca, transformada en violencia representativa en las frecuentes escenas crueles y maca­bras, sobre todo en Santuario, Luz de agosto (1932, v.) y ¡Absalón, Absalón! [Absalom, Absalom!, 1936], o bien, como en La aldea [The Hamlet, 1940], en la sonrisa de una caricatura propia de Rabelais.

En la saña con que representa, infinitamente agranda­do, un mal sin remedio, se descubre una forma de puritanismo a la inversa, que no puede dejar de convertirse en una especie de culto de los instintos e impulsos más pri­mitivos, contemplados con una mezcla de horror y oscura atracción.

Ello, con el mito del Sur, constituye otro elemento integrante de la obra de Faulkner Recientemente, nuestro autor, repitiendo el personaje de Temple Drake, ha intentado, en Réquiem por una mujer (1935, v.), afrontar en el plano indi­vidual el problema de la culpa y de la sal­vación, y en Una fábula [A Fable, 1954] ha planteado, con mayor éxito, el de los valores religiosos en el mundo actual, cruel­mente pendenciero y materialista, con lo que permite vislumbrar posibles evoluciones y manifiesta, como hemos dicho, la presen­cia también de un no resuelto problema de conciencia en la base de toda su obra ante­rior.

Tal situación parece reflejarse asimis­mo en la rebuscada técnica de sus novelas, en las que las inversiones cronológicas y la alternancia de los procedimientos natura­listas con el monólogo interior y de la na­rración directa con la información ofrecida por los personajes, suelen complicar nota­blemente el desarrollo del relato.

Cuando no resultan, como algunas veces ocurre, meros ejercicios técnicos, tal complejidad parece ofrecer también el espectáculo de la sociedad según la ve el escritor y, al mismo tiempo, su íntimo estado de ánimo, expre­sado, en su violencia, con un verbalismo del cual brotan con frecuencia páginas de espléndida prosa. En 1949 se le concedió el Premio Nobel.

S. Rosati