William Ewart Gladstone

Nació en Li­verpool el 29 de diciembre de 1809, murió en Hawarden el 19 de mayo de 1898. Estadista, escritor político y religioso, constante apologeta de la Iglesia anglicana, erudito, su vida fue dedicada de un modo fundamental a la acción política. Nacido en el seno de una familia de opulentos comerciantes ennoblecidos, estudió en Eton y Oxford, don­de se adhirió fervorosamente al partido con­servador y participó de un modo activo en el «Movimiento de Oxford», dirigido por Manning y Wilberforce.

Habiendo ingresado en la Cámara de los Comunes a los veinti­trés años, como diputado por Newark, se dio a conocer con un discurso en defensa de los dueños de esclavos de la Guayana. Pasó después gradualmente al liberalismo hasta llegar a convertirse en enérgico jefe del partido liberal. Ministro del Tesoro con Peel, jefe de la oposición contra Disraeli, canciller del Exchequer con Aberdeen, Palmerston y Russel, presidente del Consejo después en cuatro Ministerios, dominó la vida política inglesa, de un modo ininte­rrumpido, desde 1833 hasta 1894. Su adver­sario fue Disraeli, con quien chocó siempre de un modo obstinado. Su primer libro, The State in its Relations with the Church, apareció en 1838. Un segundo libro, de tema más estrictamente teológico, titulado Ecce Homo, se publicó treinta años más tarde, en 1868.

En el intervalo, y especialmente en los años en que se mantuvo retirado de la escena política a consecuencia de la desas­trosa dirección de la guerra de Crimea, de la que fue considerado responsable su go­bierno, se dedicó al estudio de la cuestión homérica y escribió tres volúmenes de Studies on Homer and homeric Age (1858) que, aun demostrando su minucioso cono­cimiento de los poemas homéricos y de las teorías propuestas por Lachmann y por Wolf, poseen escaso valor filológico y no consti­tuyen una aportación interesante. En 1851, después de haber pasado un invierno en Ita­lia, dirigió unas famosas cartas a lord Aber­deen, en las que denunciaba la odiosa tira­nía de los Borbones, y así consiguió atraer las simpatías del pueblo inglés a la causa del «Risorgimento» italiano.

Fue también cultivador de Dante y tradujo al inglés las Odas de Horacio. Vuelto al gobierno, su actividad de escritor se encaminó principal­mente a las disputas políticas; descuellan de aquellos años sus violentos debates con Disraeli a propósito de la cuestión balcánica (Los horrores de Bulgaria y la cuestión de Oriente, v.); pero encontró tiempo también para un ensayo interpretativo del mundo clásico (Juventus mundi) y para sus dilectos estudios homéricos (Homeric Synchronism y Landmarks of homeric Study). En sus años de vejez se dedicó a clasificar los libros del obispo Butler. Fue durante sesenta me­morables años una de las más importantes figuras de la Cámara de los Comunes: de salud vigorosa, de vida ejemplar, de enorme capacidad de trabajo, no consiguió, sin em­bargo, a causa de su excesiva austeridad e intransigencia y de su falta total de humo­rismo, superar a Disraeli, el cual, con su espiritual versatilidad, con su gentileza mun­dana, con su ingenio de novelista, conquistó una popularidad más vasta y duradera. Como escritor y polemista, G. aparece do­tado de gran erudición, muy laborioso, y no exento de pesadez. Fue particularmente efi­caz en la apología religiosa: era muy devoto de la Iglesia anglicana y aportaba a las controversias el peso de su enfervorizada convicción.

M. L. Astaldi