Victorien Sardou

Nació el 7 de septiem­bre de 1831 en París, donde murió el 8 de noviembre de 1908. La familia de su padre procedía de Provenza, región en la cual permaneció Victorien cuando niño por ra­zones de salud; allí se dedicó a la lectura de numerosas novelas de toda suerte. Los paseos con su padre por las calles de la capital despertaron en su espíritu el gusto de la historia, y el afán de situar nueva­mente en los viejos barrios de la ciudad a personajes ya desaparecidos y aconteci­mientos lejanos en el tiempo. Estudiante de Medicina por voluntad de los suyos, aban­donó pronto la carrera, atraído por su irre­sistible vocación teatral. Antes de llegar a la escena, empero, compuso veinticuatro comedias que presentó infatigablemente a actores y directores de teatro, sin desalen­tarse por las continuas negativas. El 1.° de abril de 1854, finalmente, fue representada La taverne des étudiants, ruidoso fracaso al cual contribuyeron sobre todo los estu­diantes. Sin embargo, Sardou no perdió las espe­ranzas, y, por fin, conoció un éxito con Les premières armes de Figaro (1859), llevada a la escena por la célebre Déjazet.

Siguie­ron Patas de mosca (1860, v.), bien acogida luego del triunfo de Nos intimes (1861), co­media que fue representada incluso en la corte, La maison neuve (v.), Nos bonsi vil­lageois (1866), ¡Patria! (1869), v.), Fernande (1870), Rabagas (1872, v.), Ferréol (1875), Dora (1877), Divorciémonos (1880, v.), Odet­te (1881). En 1882 Sarah Bernhardt, la ac­triz más célebre de la época, pasó a ser la principal de sus intérpretes. Después de las mencionadas aparecieron en los escenarios tres producciones muy famosas (adaptadas, además, para la escena lírica): Fedora (1882), Tosca (1887, v). y Madame Sans- Gêne (1893, v.). En esta última, considerada su obra maestra, el autor muestra feliz­mente su amor a la historia y reduce a unas proporciones cotidianas y familiares el per­sonaje de Napoleón. En sus numerosas com­posiciones, Sardou, hasta cierto punto continua­dor de la técnica de Scribe, revela una gran habilidad técnica.

Ardiente admirador de Balzac, amaba los episodios domésticos in­trincados, las situaciones complicadas y la presencia de muchos personajes en la esce­na, en un intento de imitación de la reali­dad. Se le dirigieron acusaciones de plagio o de apropiación de ideas ajenas, ataques en su mayoría procedentes de escritores desconocidos; a ello respondió el autor con el ingenioso libro Mes plagiats (1883). Con todo, junto con la aprobación de públicos de todo el mundo, no le faltó el juicio favo­rable de inteligentes literatos: así, por ejem­plo, el del exigente Becque, comediógrafo de extensa y agitada actividad. Fue miem­bro de la Academia de Francia, y vivió y escribió habitualmente en su hermosa villa de Marly, no lejos de la residencia de Dumas hijo; el autor de La dama de las camelias (v.) fue uno de sus huéspedes más fieles.

Contrajo matrimonio dos veces. Pri­meramente se casó con una actriz que lle­vaba por nombre de arte el de Laurentine Léon (el verdadero, perteneciente a un lina­je noble, era Moisson de Brécourt) y pronto dejóle viudo; diez años después de su muer­te, celebró segundas nupcias con una de las hijas de E. Soulié, conservador del Museo de Versalles. Tuvo cuatro hijos. Los gran­des y correspondidos afectos de su existen­cia, larga y tranquila, fueron la familia y el teatro. Espíritu sociable, agudo y bon­dadoso, ayudó siempre, con ánimo de «con­frère», a los jóvenes o a los colegas menos afortunados.

G. Falco