Timoteo de Mileto

Nació entre los años 462 y 448 a. C. (probablemente en 457) en Mi­leto y murió hacia el 360 en Macedonia. Su padre, Tersandro, era griego. Pasó la juven­tud en Atenas, donde, según cierta afirma­ción de Aristóteles, fue iniciado en la mú­sica por el famoso Frinides de Mitiline, cuyas innovaciones musicales secundó con entusiasmo y pronto intentó incluso desa­rrollar; y, así, elevó a doce el número de las cuerdas de la cítara, y, dentro de este mismo campo, estableció la enarmonía pro­pia de la música coral y de flauta. Criticado y satirizado al principio, obtuvo luego una de las primeras victorias precisamente fren­te a su maestro; Timoteo cantó con gracia inge­nua la alegría del acontecimiento al final de un «nomos» (Fr. 8 D.).

Los antiguos dicen que su éxito empezó con una obra de este tipo, Los persas (v.), presentada segura­mente en Atenas de 415 a 412 a. C. La influencia de la nueva música de Timoteo puede ser advertida, sin duda, en diversas trage­dias de Eurípides posteriores a 415 (cfr. la monodia de Frigio en Orestes); según Plu­tarco, el poeta sintió aprecio y amistad por el músico, que era el más joven de los dos. Después de Los persas el nombre y el eco de las melodías del autor difundiéronse por el mundo helénico, desde Macedonia hasta Jonia. Plutarco habla de una estancia de Timoteo en la corte macedónica de Arquelao (415- 393), y el poeta Alejandro Etolio, en un pasaje de sus Musas, que nos ha llegado a través de Macrobio (v.), atestigua la fama del músico entre los griegos y dice que precisamente por su celebridad los efesios le invitaron a componer un himno para su Artemis y pagáronle por ello una im­portante suma de sidos de oro.

Timoteo fue no sólo un gran músico, sino también un no­table y virtuoso cantor y citarista: «hábil auriga de la cítara» consideróle el autor de su epitafio; y Alejandro Etolio le llama «soberano de la cítara y de los- cantos». Su vida, llena de viajes y actuaciones musi­cales, ha sido comparada a la de un con­certista moderno; Timoteo era un intérprete que cantaba sus mismos versos y se acompañaba con su propia música mediante la cítara. Como es natural, su arte no recibió la apro­bación de todo el mundo; algunos entendi­dos en la materia le criticaron porque eran partidarios de otro estilo, y otros porque sen­tíanse molestos por el matiz polémico con el cual Timoteo gustaba proclamarse innovador y colocarse después de Orfeo y Terpandro.

Sea como fuere, el mismo Estratónico que se burló de los gritos de Semele durante el parto que figuran en el ditirambo de Timoteo titulado precisamente El parto de Semele reconocía luego su genio cuando, oponiéndolo a Filotas, discípulo del ditirambógrafo Poliido y vencedor en cierta ocasión de nuestro autor, ya viejo, dijo que éste último componía «nomoi», y Filotas cancioncillas. Timoteo desarrolló una prodigiosa actividad lite­raria y musical; el léxico bizantino de Sui­das, si bien con algunas inexactitudes y desordenadamente, le atribuye diecinueve Nomoi en música, treinta y seis Proemios, Artemis, ocho Refundiciones, Encomios, Los persas, Nauplio, Fineidas, Laertes, dieciocho Ditirambos, veintiún Himnos y aun otras composiciones (los Encomios >y las Refun­diciones, sin embargo, parecen haber sido equivocadamente consideradas obras suyas).

De la producción de Timoteo conservamos sólo unos cuantos fragmentos (el más largo de ellos el de Los persas) y varios títulos. Fa­moso y admirado ya en el curso de su vida, lo fue igualmente una vez muerto: en los festejos ístmicos de 207-206 a. de C., Los persas provocaban todavía sentimientos de patria y libertad; y Proclo, al trazar es­quemáticamente la evolución del «nomos», hacía remontar a Timoteo la forma corriente en su época. Ya antes, empero, Aristóteles (Metaph. II, 1. 3) había declarado: «De no haber existido Timoteo, nunca habríamos poseído un tan rico tesoro de composiciones musi­cales».

G. A. Privitera