Stéphane Mallarmé

Nació en París el 18 de marzo de 1842 y murió en Valvins el 9 de septiembre de 1898. Su vida, aventura sin esplendores ni dramas, pero ardorosa y llevada hasta el sacrificio por el amor a la poesía, no parece suficiente para explicar la creación de una obra cuya novedad su­pone un hito trascendental en la producción poética francesa y aún universal. Como no resultan admisibles el conflicto o la contra­dicción entre una existencia mediocre y una labor original, es lícito considerar ésta como producto de un drama interno y afán de una voluntad al servicio de una causa no­ble. Así, pues, las fases de la vida de Mallarmé adquieren una significación profunda en función de las de su biografía íntima. Los miembros de su familia eran tradicional­mente funcionarios del Registro; tal ascen­dencia podía hacer sospechar en Mallarmé una inclinación a cualquiera de las actividades en las cuales la unión de conciencia y mo­destia da lugar a una vida sin historia. Huérfano de madre a los cinco años, em­pezó a enfrentarse de esta suerte con una realidad dolorosa.

Siguió más tarde el cole­gio, en Auteuil, palestra donde los hom­bres en ciernes se oponen y luchan entre sí para resultar vencedores o vencidos pre­maturamente; el pequeño Stéphane, mal preparado por naturaleza a la lid, replegóse entonces sobre sí mismo, y, considerando su propia inferioridad, se volvió sombrío y a veces agresivo. La muerte de su her­mana Marie añadió una secreta pena a su adolescencia solitaria, y señaló posiblemen­te la primera grieta en su equilibrio afec­tivo. Tras la segunda enseñanza, las expe­riencias juveniles de Mallarmé hicieron presentir el contraste que había de darse en su vida. El modesto empleo en la oficina del Regis­tro en Sens «comme surnuméraire» y las primeras repugnancias «a griffonner sur du papier timbré» de un lado, y de otro los desahogos de una sensualidad reprimida, contrapeso de una exigencia más profunda, «rêve fier qui berce dans sa houle», y sobre todo el descubrimiento de la poesía de Bau­delaire (1861) y el encanto y la influencia de aquel mundo poético decadente, pero extrañamente nuevo en la formulación de la eterna antítesis entre la realidad y el sueño, puede advertirse en algunas poesías juveniles (1862-1865), como Le Guignon y Brise marine.

El cuadro de las influencias experimentadas por nuestro autor apare­cerá completo si mencionamos, junto con Baudelaire, a Banville, el poeta de los arabescos preciosistas, Gautier y, finalmente, Edgar Poe, a quien Mallarmé leyó con avidez y tradujo. Por aquel entonces, pues, la poe­sía ocupaba el centro de sus pensamientos más gratos, en tanto el problema de la exis­tencia aparecía ante el autor con mortifi­cantes dificultades. Llegado a Inglaterra para perfeccionar sus conocimientos de in­glés, la permanencia en este país no re­sultó propicia a los proyectos acariciados, y las preocupaciones económicas empezaron a importunarle: «Dire que le bonheur est parfois contenu dans la lueur que font deux louis!». El amor penetró en su vida bajo la figura de una joven institutriz alemana de rubios cabellos y mirada melancólica, Maria Cristina Gerhard, con la cual habría de contraer matrimonio, según parece sin demasiado entusiasmo, al regreso de Lon­dres (1863). Obtenido el certificado corres­pondiente para la enseñanza del inglés, en noviembre del mismo año empezó a tra­bajar como profesor sustituto en el Liceo de Tournon; a tal actividad, empero, no supo adaptarse jamás, como si, opuesto al ideal, este mundo apareciera verdaderamen­te «innoble» a cuantos, como él, se sienten «viles» ante las alegrías cotidianas.

Le era necesario, pues, eludir esta ilusión de feli­cidad mediante un acto de valor y andar en pos del sueño interno «en el cielo del Ideal»; este conflicto expresa toda la aven­tura humana de Mallarmé y sugiere, además, su drama estético. La evasión de las cosas de cada día y del estrecho ambiente donde su modesto sueldo obligábale a vivir le era algo inevitable en virtud del arte; sin em­bargo, éste, como todo lo sagrado, apare­cía envuelto en el misterio, y sólo abría sus accesos a los iniciados. Arte, en reali­dad, equivale a meditación y estudio infa­tigables. Más que nadie sufrió Mallarmé, ya a partir de estos inicios poéticos, la íntima oposición existente entre las exigencias del artista y los medios con que satisfacerlas, la pesadilla de la esterilidad y el horror de la página en blanco. Debatiéndose entre «el odio a la creación y el estéril amor a la nada», luchó contra la monotonía de la vida provinciana, inexorable niveladora, y reac­cionó ante las deprimentes preocupaciones familiares con el cultivo de la difícil musa. A este período pertenecen diez composi­ciones líricas publicadas en el primer Par­nasse contemporain (1866) y el principio del gran poema trágico Hérodiade (v. Herodias).

En una carta a su amigo Cazalis confiaba a éste su convicción de haber lle­gado al momento decisivo, e incluso grave, de cuya solución iba a depender su futuro en cuanto poeta; sentíase entonces alentado por la secreta y ambiciosa esperanza de llegar al dominio de los medios necesarios para la creación de una poética «très nou­velle, que je pourrais définir en ces deux mots: peindre non la chose, mais l’effet qu’elle produit». La composición de esta última obra fue lenta y laboriosa, y viose interrumpida por diversos acontecimientos familiares: el nacimiento de una hijita, Ge­neviève, y los traslados a Besançon (1866) y Aviñón (1867). Fruto de largas y deses­peradas vigilias, que seguían a las exte­nuantes lecciones del Liceo, Hérodiade (1869), el poema de la pureza y de la re­nuncia, señala la meta de otra lucha. «En la soledad y en el silencio inviolados» vivía Mallarmé la experiencia mística, análoga a la poé­tica e igualmente desesperada, por cuanto había perdido la fe: «En creusant le vers, j’ai rencontré le Néant». Hasta pasados al­gunos años no iba a recobrar una relativa serenidad. Cada invierno marcaba una nue­va crisis, a la que se añadían los inconve­nientes de una salud precaria. Los traslados y los viajes le turbaban profundamente, y lo mismo cabe afirmar de la ausencia de los objetos a los cuales se habían habituado sus ojos; las incomodidades le impedían el goce de la difícil paz conquistada minuto a minuto en el silencio y la reflexión.

Con­suelo único de un temperamento esencial­mente indefenso y tímido como el suyo fue­ron las palabras afectuosas y el aliento de los amigos, quienes no desperdiciaban oca­sión alguna que les permitiera seguir con diligente interés su labor espiritual y poé­tica; eran aquéllos Lefébure, Cazalis, Coppée, Mendés y, luego, Verlaine, quien le envió los Poemas saturnianos (v.). En octu­bre de 1867 se hallaba en su nueva residen­cia de Aviñón. Se le hubiese podido considerar satisfecho de no haberle traicionado una vez más la salud y si la neurastenia siempre al acecho no hubiese agudizado hasta la exaltación la lucidez de un cere­bro «envahi par le Rêve» y obsesionado por el «antiguo monstruo de la impotencia». A pesar de todo, estaba seguro de haber presentado bajo una luz distinta, con su poesía, el problema de la expresión me­diante la concentración del interés en el poder sugestivo de la palabra. A partir del criterio baudelairiano de las corres­pondencias había llegado, gracias a las alu­siones, metáforas y suposiciones, a una trama de símbolos cada vez más hermé­ticos. Los años sucesivos resultáronle más tranquilos. En tanto Francia se iba repo­niendo de los terribles efectos de la guerra contra Alemania, Mallarmé era trasladado final­mente a París (1871), y el autor, que tanto invocara las nieblas del Norte contra la «serena ironía del eterno azul mediterrá­neo», halló de nuevo en sí mismo, con «la riqueza del sueño propio», la energía nece­saria para el mejoramiento de su vida de profesor.

Pretendió entonces dedicarse en la Sorbona a la preparación de una tesis destinada a honrar la memoria de Baudelaire y Poe, y susceptible de abrir un fu­turo distinto para él y su familia, aumen­tada con el nacimiento de un nuevo hijo, Anatole; pero tales deseos no cuajaron. Sin embargo, tras el semidestierro provinciano y el exasperado y exasperante cerebralismo de aquellos años, Mallarmé podía respirar un aire más vital. A partir de 1874 su vida de pequeño burgués conoció una compensación, por cuanto los amigos y admiradores consa­graron su figura de literato. De 1874 a 1875 redactó sólo Dernière Model, gazette du monde et de la famille, con notas cincela­das por los eruditos y adeptos del refinado poeta; se trata de una empresa extraña, e incluso desconcertante si no confirmara en Mallarmé tanto la ambición secretamente cultivada respecto a la fundación de una revista como la parte de preciosismo que se da en su poesía. En una «plaquette» de lujo publicó a sus expensas La siesta de un fauno (1876, v.), texto rechazado por el tercer Parnasse contemporain, como para demostrar que las disensiones con los parnasianos señalan en su égloga un verdadero arte poético pre­cursor, o sea el que reconstituye mediante los símbolos el mundo translúcido de los sueños.

En 1880 inauguró, en su nueva y postrer morada, en la «rue de Rome», los martes literarios, fijados, luego, en las bre­ves notas de Divagaciones (1897, v.) y he­chos famosos por la singular atracción, más bien compleja, que, en un ambiente no libre de artificios, ejerció Mallarmé como exquisito con­versador de voz sorda y cálida y sensibi­lidad casi femenina, atenta al detalle, vi­brátil y más bien temblorosa, un tanto enig­mática, como su héroe preferido, Hamlet (v.), y con una urbanidad y una distinción de modales perfectas. El poeta, a quien no gustaba la polémica, parecía pretender ig­norar aún que muchos, entre ellos Verlaine en Los poetas malditos (v.) y Huysmans en Al revés (v.), le consideraban maestro de la poesía simbolista, nacida oficialmente en­tre 1886 y 1891 tras batallas de manifiestos y revistas en la agitada república de las letras. Sin embargo, la celebridad habíale ya alcanzado, y con ella el «demonio del mediodía», el amor sensual hacia la rubia Méry Laurent, actriz y luego modelo. No obstante, el silencio casi absoluto de los últimos diez años de su vida permite creer que, aun cuando llegado al punto culmi­nante de su trayectoria poética, Mallarmé no ha­bía logrado librar a su espíritu de la obse­sión de la esterilidad, que en él subraya el incesante y apasionado conflicto entre idea y realidad con el eco del dualismo palabra- silencio; así aparece en Un coup de dés (1897), suprema síntesis y casi derrota del carácter esotérico de la poesía simbolista: «Le point extrême où se soit aventuré l’es­prit humain», según Gide (v.).

Dejada la enseñanza en 1894, este mismo año dio De­bussy (v.) la primera audición de su Pre­ludio a «La siesta de un fauno» en la So­ciedad Nacional de Música. Mallarmé esperaba poderse dedicar, finalmente, por completo a su obra «L’Œuvre», tortura y delicia de su vida: «Qu’est une immortalité relative… à côte de la joie de contempler l’Éternité et d’en jouir, vivant, en soi?». Sin embar­go, víctima de tremendos insomnios y acu­ciado por los innumerables compromisos a que su condición de literato le sometía, no luchó largo tiempo con la muerte: la sofo­cación acabó con él en la placidez otoñal de su casa de campo de Valvins, riente pueblecito de la gran «banlieue» parisiense (v. Poesías).

A. Bruzzi