Stendhal

Seudónimo de Marie-Henri Beyle, que nació en Grenoble el 23 de enero de 1783 y murió en París el 23 de marzo de 1842. Era hijo de una familia de la burguesía aco­modada. Todavía no cumplidos los siete años, perdió a su madre, Henriette Gagnon, a la que amaba con apasionada ternura. Sin­tióse molestado por la protección que, de­bido a la falta de aquélla, le dispensaran durante la infancia su padre, Chérubin, y su tía, Séraphie; experimentó hacia éstos una violenta antipatía, extendida a las respeta­bles ideas que representaban en el orden político y religioso, y al escenario provin­ciano de su niñez: Grenoble. La Vida de Enri Brulard (v.), su autobiografía, recorre precisamente esta infancia, dividida entre el afán de cariño y un odio confesado cínica­mente, y, asimismo, entre la oposición sistemática a cuanto ofrecía el ambiente fami­liar y, ya, la ambición tenaz de un futuro distinto. Por reacción a los sentimientos realistas de su padre, Henri sintióse repu­blicano y patriota, aprobó en secreto la ejecución del monarca y se alegró incluso de la detención de su progenitor. Un pre­ceptor antipático, el abate Raillane, convir­tióle a pesar suyo en un resuelto adversario de la Iglesia y la religión.

En 1796 el joven siguió los cursos de la Escuela Central de Grenoble. Al mismo tiempo abríase al amor, que sería, según sus mismas palabras, «la principale affaire de sa vie»; la llegada, al teatro de la ciudad natal, de la actriz Virginie Kubly, le inspiró las emociones ini­ciales. Al final del tercer año de estudios obtuvo un primer premio de matemáticas y comprendió que el cultivo de esta ciencia (por lo demás muy adecuada a su afición instintiva al análisis y a la lógica) podría facilitarle el abandono de Grenoble y su traslado a París, la única ciudad a la altura de sus ambiciones. El 10 de noviembre de 1799 llegó a la capital para presentarse al concurso de la Escuela Politécnica; sin embargo, presa de la melancolía — a causa de la desolación que en él provocó el paisa­je, sin montañas—, enfermó y renunció a la prueba. Pierre Daru, pariente y protector suyo, le hizo trabajar a sus órdenes en el Ministerio de la Guerra. El 7 de mayo de 1800 Stendhal salió de París en dirección a Italia, donde sería nombrado subteniente de dragones. Este país le pareció, súbitamente, la patria de elección. El matrimonio secreto (v.), de Cimarosa, le reveló el arte musical; por otra parte, fascinado sobre todo por Milán, consideróse en adelante «milanés».

La carrera militar, debido a la cual hubo de recorrer de parte a parte la península como ayudante de campo del general Michaud, le suponía, a pesar de todo, una mo­lestia. En diciembre de 1801 obtuvo un permiso de convalecencia, y dirigióse a Gre­noble, ciudad que pronto abandonó para andar en pos de Victorine Mounier, de la cual se había enamorado. Dejado el ejer­cicio del cargo de subteniente, vivió en París la existencia de libertad, ocios, intri­gas amorosas y veladas en las tertulias y teatros que sería su ocupación preferida durante toda la vida. Después de la Mou­nier, fueron ocupando sucesivamente su corazón Adèle Rebuffet, la señora Rebuffet y la actriz Duchesnois. Lleno de ambicio­nes sociales, pretendió hacer fortuna me­diante el comercio y las especulaciones bursátiles. Sus gustos y afanes, empero, resultaban, singularmente, literarios; y así, leía a Destutt de Tracy y a los ideólogos, empezó a llenar un Diario (v.) destinado a un mejor conocimiento de sí mismo, y, finalmente, quiso escribir comedias «como Molière». Por aquel entonces relacionóse con Mélanie Guilbert, joven actriz de la cual se enamoró., y a la que siguió a Mar­sella, donde había sido contratada reciente­mente.

La luna de miel de ambos duró de julio a diciembre de 1805. Mientras tanto, Stendhal trabajaba con un exportador de especias. Luego, en 1806, Mélanie abandonó la ciudad, y sobrevino la ruptura. Vuelto a París, el futuro novelista cortejó a los primos Daru. Gracias a su protección halló un empleo en la Intendencia, y estuvo en Alemania con el ejército. Inició entonces la vida errante que habría de permitirle vivir en la estela de su héroe, Napoleón, y, sobre todo, adqui­rir una incomparable experiencia humana de sí mismo en contacto con los demás y en la acción. La pequeña ciudad alemana de Stendhal le proporcionó el seudónimo al que, entre muchos otros, quedaría vincu­lada su fama. En cuanto adscrito a los comisarios de guerra, asistió a la batalla de Jena y a la «entrada triunfal» del emperador en Berlín. En Brunswick, de 1806 a 1808, estudió la lengua y la filosofía ale­manas; ello le indujo a «cierto desprecio respecto a Kant’, Fiehte, etc., hombres supe­riores que sólo han edificado sabios castillos de papel», y al fortalecimiento de su afición a la claridad de los ideólogos. Al mismo tiempo hizo la corte, inútil, pero gustosa­mente, a Wilhelmine von Griesheim.

En noviembre de 1808 fue llamado a París- El año siguiente estuvo, a las órdenes del conde Daru, en Estrasburgo, Viena y Linz. En 1810 pasó en la capital francesa uno de los años más brillantes de su vida. Recibió los nombramientos de auditor del Consejo de Estado e inspector del mobiliario y los edificios de la Corona, alcanzó fama de «dandy» y de experto conversador y fre­cuentó las tertulias y los teatros de moda. Su afecto hacia la condesa Daru había asumido progresivamente el aspecto propio de la ternura amorosa; no obstante, las re­laciones del escritor con ella no rebasaron nunca los límites de la amistad. Obtuvo, en cambio, los favores de Angéline Bereyter, que sería su amante hasta la caída del Im­perio, y de Angela Pietragrua, a la cual sentíase inclinado hacía ya mucho tiempo y encontró de nuevo en Milán. Tras un corto viaje a Italia, llegó otra vez a París en 1812, y marchó después a Rusia con los ejércitos napoleónicos. Estuvo en el cuartel general del emperador, entró en Moscú, y, durante el regreso a la capital francesa, pasó por Danzig, Berlín y Brunswick. De sus servicios no recibió otra recompensa que el nombramiento de intendente de la pro­vincia silesia de Sagan.

En el curso de la campaña de Francia fue enviado con una misión al Delfinado; nuevamente en París, asistió a la batalla de Montmartre y a la caída de Napoleón. En un artículo necroló­gico escrito en 1837 dijo de sí mismo: «El día de la entrada de los Borbones en París, Bey le comprendió que en Francia no había sino humillación para quien estuvo en Mos­cú.» Era aquella fecha el 20 de julio de 1814. Stendhal abandonó entonces la capital francesa y dirigióse a Milán, donde viviría siete años; tal estancia viose únicamente interrumpida por algunos breves viajes a París — que «le causó horror» — en 1817, a Londres en 1819 y a Grenoble poco después de la muerte de su padre. Fue éste, a pesar de sus crisis sen­timentales, el período más feliz de la vida del autor. A fines de 1815 quedó rota su agitada relación con la Pietragrua, y en 1818 y 1819 la existencia de Stendhal estuvo dominada por el doloroso amor hacia Métilde Dembowski, a la cual siguió a Volterra y Flo­rencia, pero cuya resistencia no logró vencer. Sin embargo, la exaltación de la «chas- se au bonheur» era más fuerte que la melancolía del amor desilusionado; y así, el escritor experimentaba la fascinación de esta vida italiana que le permitía fundir su romanticismo y su culto a la energía, el entusiasmo por Cimarosa y la simpatía hacia los «carbonari».

Y así, aun cuando ya desde los dieciocho años siguiera escribiendo sin interrupción, su carrera literaria empezó, en realidad, entonces. En 1814, bajo el seudónimo de L. A. C. Bombet, publicó Vidas de Haydn, Mozart y Metastasio (v.), y en 1817 Historia de la pintura en Italia (V.) y Roma, Nápoles y Florencia (v.), su primer ensayo personal, situado ya por encima de las restantes obras, que no eran sino compilaciones. La pasión infeliz por Métilde inspiróle el primer texto impor­tante, Del amor (v.), que le ocupó en Milán todo el año 1820 (mientras aumentaba progresivamente la severidad de la amada) y apareció en 1822. En 1821 Stendhal había dejado aquella ciudad, ya por las sospechas de «carbonarismo» que respecto de él alentaba el gobierno austríaco, o bien por el aban­dono de toda esperanza respecto a Métilde. Tras una estancia en Londres, reanudó en París su vida de «dandy», y, para ganarse la vida, colaboró en las revistas inglesas. En 1823 publicó la primera parte de Racine y Shakespeare (v.), manifiesto del movi­miento romántico, del que propuso una definición famosa («El romanticismo es el arte que enseña a presentar a los pueblos las obras literarias que, en el estado actual de sus costumbres y creencias, pueden oca­sionarles el mayor placer posible»); el texto en cuestión, empero, pasó casi inadvertido.

Luego de publicar una Vida de Rossini (v.), volvió a Italia; más tarde regresó a la capi­tal francesa, donde llegó a ser el amante de la condesa Curial. En Le Journal de Paris vieron la luz artículos suyos acerca del Salón de la Pintura y las representaciones de la ópera. En marzo de 1825 apareció la segunda parte de Racine et Shakespeare; el mes de mayo del mismo año se enteró de la muerte de Métilde. En 1826 escribió su pri­mera novela, Armancia (v.), no advertida en absoluto; luego de su publicación estuvo de nuevo en Italia, donde se relacionó con Lamartine en Florencia y visitó Bolonia, Ferrara y Venecia. Llegado a Milán, viose forzado por la policía a regresar a Francia. En 1829 apareció Paseos por Roma (v.). Durante la noche del 25 al 26 de octubre tuvo «la idea de Julien», y empezó a com­poner Rojo y negro (v.), obra que apareció en 1831. Mientras tanto, publicó algunos cuentos (Vanina Vanirti, Le coffre et le revenant, Le philtre), en la Revue de París, y se convirtió en amante de Giulia Rinieri, cuya mano pediría. El 25 de octubre de 1830 fue nombrado cónsul en Trieste; luego desempeñó el mismo cargo en Civitavecchia.

En esta última población se aburrió, y, así, durante los años 1831 y 1832 pudo hallársele con frecuencia en Roma, Nápoles, Florencia y Siena (donde encontró de nuevo a Giulia Rinieri). Por aquel entonces empezó a es­cribir Recuerdos de egotismo (v.). En 1834, 1835 y 1836, en Civitavecchia y Roma, llenó con la actividad de escritor los prolongados ocios que su cargo le dejaba; interrumpida Luden Leuwen (v.), inició Vida de Henri Brulará (v.). De 1837 a 1838, en París, reanudó la vida mundana, a pesar de lo cual dedicóse en particular a su producción literaria; y, así, comenzó Le rose et le vert, y publicó en la Revue des deux Mondes algunas de sus Chroniques italiennes, entre ellas Vittoria Accorcumboni, Los Cenci (v.) y La duchesse de Pagliano. Recorrió en­tonces las provincias francesas, y compuso una relación de tal viaje: Memorias de un turista (v.). En aquella época (1838) tam­bién pensó inspirar una crónica italiana en la juventud de Alessandro Famesio. No obstante, poco después resolvió transformar tal obra en una crónica contemporánea y darle las dimensiones de una novela: apa­reció, así, La Cartuja de Parma (v.), se­gunda obra maestra del autor, que, escrita en sólo dos meses en una especie de apa­sionada improvisación, vio la luz el 6 de abril de 1839.

El texto en cuestión no alcan­zó un gran éxito; sin embargo, mereció al escritor un admirado elogio de Balzac: «El señor Beyle ha compuesto un libro en el que lo sublime va manifestándose de uno a otro capítulo.» Poco antes había aparecido La abadesa de Castro (v.). En agosto del mismo año se hallaba de nuevo en Civita­vecchia, donde trabajó en Lamiél (v.). Cada vez más aburrido, y carente de afectos, se distraía recorriendo el campo. Una joven romana, a la que denominó Earline, sería su último amor. Su salud era ya precaria: el 15 de marzo de 1841 sufrió un ataque de apoplejía, y el 8 de noviembre regresó a París. Sintiéndose mejor, a principios de 1842 volvió al trabajo; no obstante, el 22 de marzo fue víctima, en plena calle, de un ataque. Falleció al día siguiente, y recibió sepultura en el cementerio de Montmartre. Muchos de sus libros aparecieron impresos después de la muerte del autor, de quien, piadosamente, la erudición contemporánea ha reunido hasta los menores textos. Stendhal constituye el ejemplo más extraordinario de una rehabilitación póstuma. Desde los últimos años del siglo XIX se ha ido esta­bleciendo en su honor una verdadera reli­gión.

Por encima de una admiración lite­raria, la palabra «beylismo» define una actitud espiritual y una forma de vida: el «egotismo», el culto al yo y de la energía, la voluntad de alegría, la sinceridad hacia sí mismo y una escueta lucidez unida a una apasionada ternura. Incomprendido por sus contemporáneos, nuestro autor dio a la pos­teridad una cita a la cual no ha dejado ésta de presentarse. Entre los escritores, nadie como él ha revelado tanta inde­pendencia respecto de su época. Romántico por la pasión y la conciencia de la actuali­dad, aborreció, en cambio, la elocuencia, la exageración y la idealización; quiso es­cribir según el estilo propio del Código civil, de acuerdo con la sola regla de la sencillez y la claridad. Su afición al «pe­queño suceso verdadero» anunció el realis­mo, que habría de descubrirle; no obstante, la verdad que interesa a Stendhal es puramente interna. Dio a la literatura francesa dos de sus novelas principales. Sin embargo, posi­blemente lo más interesante de Stendhal es su estilo, esencialmente un «tono», el acento de una conversación (el estilo de las nove­las no resulta en absoluto distinto del de las autobiografías, del Journal o de las car­tas) en las que se manifiesta una persona­lidad apasionada, lúcida, enérgica y fantástica, con un cordial abandono que suscita amistad en el lector.

G. Picón