Silvio Pellico

Nació el 25 de junio de 1789 en Saluzzo y murió el 31 de enero de 1854 en Turín. Fue poeta romántico y autor de tragedias aplaudidas en su tiempo, pero su memoria perdura especialmente por sus diez años de prisión en las cárceles austríacas y por el conmovedor libro que le dio relieve entre tantos otros episodios análogos de los patriotas italianos del «Risorgimento». Delicado de salud desde la infancia, hubo de estudiar privadamente en Saluzzo y después en Turín, de donde su padre, al fallar el negocio de droguería que tenía, se trasladó a Milán (1806), mientras Silvio era enviado a unos parientes de Lyón. Se educó por ello en una atmósfera revolucionaria y con una orientación racionalista; de re­greso en Milán en 1810, trabó amistad con Monti y con Foscolo, cuyos Sepulcros (v.) — decía — despertaron en él el amor patrio y la devoción hacia la poesía. Inicialmente, intentó la tragedia clásica con Laodamia (1812), pero orientándose después hacia el Romanticismo obtuvo un gran éxito, tam­bién debido a las alusiones patrióticas, con Francesca da Rvrnini (1814, v.) estrenada el 18 de agosto de 1815 e interpretada por Carlota Marchionni.

Concibió el joven una pasión por la hermana de la Marchionni, pa­sión que fue duramente obstaculizada por los familiares. Se quedó en Milán, donde enseñaba francés en el Colegio de Huér­fanos, incluso cuando regresaron los aus­tríacos, mientras los suyos volvían a Tu­rín. Vivió desde entonces, como preceptor, en casa de Porro Lambertenghi; allí se reu­nía el grupo de los poetas románticos que dio vida después a Il Conciliatore (v.), al que se entregó Pellico de un modo fervoroso, a pesar de las advertencias y las amenazas de la policía, la cual suprimió el periódico en 1819 y en 1820 prohibió la representa­ción de Eufemio de Mesina (v.). Por me­diación de Piero Maroncelli, entró Pellico en contacto con el movimiento carbonario y fue inscrito en la sociedad, de la que se hizo a su vez propagandista. Al regreso de un viaje de propaganda a Venecia, el 8 de octubre de 1820, se enteró del arresto de Maroncelli, y descuidando ponerse a sal­vo, para advertir a otros, fue a su vez detenido y encerrado en las cárceles de San­ta Margarita, y posteriormente, por orden de Viena, presentado ante la comisión de Venecia, presidida por el celoso Salvotti.

Sometido a proceso, fue condenado a muer­te (6 de diciembre de 1821), pena conmu­tada después por quince años de dura cár­cel. Soportó, desde abril de 1822, en el castillo de Spielberg, en Brünn, los sufri­mientos con toda la resignación de que fue capaz su bondadoso espíritu, vuelto ahora a los consuelos de la fe. Abreviada la con­dena por gracia imperial, fue libertado en 1830 y habiendo encontrado de nuevo a sus familiares en Turín, limitó ahora sus afec­tos a la familia y pareció a los liberales perdido para la causa por su religiosidad y por sus nuevas relaciones. Habiendo en­trado como bibliotecario en casa de la mar­quesa de Barolo, de ideas conservadoras, permaneció en ella hasta su muerte. La resonancia de Mis prisiones (v.), aun cuan­do escritas con espíritu cristiano de per­dón y de abandono a la Providencia, atrajo sobre él las invectivas de los reaccionarios: por esta razón, probablemente, añadió algu­nos capítulos, en los que, sin renegar de sus principios, condenaba el autor las revo­luciones en nombre del Evangelio y sos­tenía la tesis de que la no complicidad era suficiente reacción contra la injusticia.

Los Deberes de los hombres (1834, v.), escritos con el mismo espíritu, tuvieron también mucha difusión. Había compuesto en la cár­cel dos tragedias, Ester de Engaddi (v.) e Higinia de Asti (v.). Otras tragedias (Gis- monda, Herodías, v., Tomás Moro, v.), can­ciones (Tancredi, Morte di Dante), y compo­siciones líricas diversas ocuparon al poeta en aquellos años. Pero el fracaso de Corra- dina, en 1834, le indujo a abandonar defi­nitivamente el teatro.

P. Onnis