Santa Teresa de Jesús

Teresa de Cepeda y Ahumada nació en Ávila el 28 de mar­zo de 1515 y murió en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582. A pesar de que su abuelo se vio procesado por la Inquisición, fue educada en un ambiente de gran devoción. Ella misma nos hablará en sus obras de sus ingenuos fervores religiosos durante su pri­mera infancia, que la empujaron, cuando apenas contaba siete años, a escaparse de casa en compañía de su hermano Rodrigo a fin de dirigirse a tierra de moros para alcanzar el martirio. Sus pasatiempos prefe­ridos entonces eran jugar «a conventos y a edificar monasterios» con otras niñas de su edad. Más tarde se sentiría atraída por la lectura de los libros de caballerías, de los que es tradición que llegó a escribir uno en colaboración con su hermano Rodrigo, del que no obstante no ha quedado vestigio.

Cuando apenas contaba catorce años (1531), ingresó como educanda en el convento de las Agustinas de Ávila; no sentía en aquella época el atractivo de la vida monacal,pero edificada por las pláticas espirituales de una piadosa religiosa y más tarde, en Hortigosa, por las de su tío paterno Pedro de Cepeda, a los dieciocho años ingresó en el convento abulense de la Encarnación, en donde pro­nunció sus votos perpetuos en 1534. En 1537, encontrándose en casa de su padre, sufrió un grave ataque nervioso que la mantuvo paralítica durante dos años, viviendo a par­tir de entonces una vida de grandes pade­cimientos y continuas enfermedades que se reflejan en numerosos pasajes de su obra. Al fervor del primer tiempo sucedieron dra­máticas crisis en las que sentía languidecer su celo religioso.

En 1555 experimentó un intenso resurgir de su vida espiritual, y tres años más tarde comenzaron, para continuar casi ininterrumpidamente, sus visiones mís­ticas, con frecuencia verdaderas cristofanías, cuyos celestiales arrobamientos son narrados por ella con el candor de un alma apasio­nada. A pesar de la aprobación de San Francisco de Borja y de San Pedro de Alcántara, encontró la más decidida y enérgica oposición en sus directores espirituales, pero, más fuerte que ellos, Teresa supo imponerles la seguridad de su fe, y con el tiempo acabó arrastrándolos tras de sí. En 1560 empezó a proyectar la reforma carmelitana: la Orden, después de paulatinas concesiones, había perdido mucho de su austeridad primitiva, y la Santa se propuso restablecerla, para lo cual pretendía fundar pequeños conven­tos. Conseguida del papa Pío IV la autoriza­ción para ello, y con el dinero recibido de un hermano emigrado al Perú, dos años después realizaba la primera fundación: el convento de San José en Ávila.

Esta reforma debía suscitar graves discordias en la Orden entre «descalzos», como se llamaban los re­formados, y «calzados», discordias que se prolongarían a lo largo de toda la vida de la reformadora. A partir de entonces, blanco continuo de calumnias, malos tratos y hu­millaciones, Teresa desplegaría una actividad prodigiosa, viajando por toda España, abrien­do nuevos cenobios y luchando contra con­tinuos obstáculos: entre 1567 y 1571 surgie­ron los conventos de Medina, Malagón, Valladolid, Toledo, Pastrana, Salamanca y Alba de Tormes. En1567 conoció en Medina del Campo a San Juan de la Cruz, a quien encomendó la fundación de conventos refor­mados de frailes. A los carmelitanos calza­dos,que no cejaban de promoverle dificul­tades, se añadieron nuevos enemigos que intrigaron en Roma para hacerla mandar a América, y presentaron su autobiografía El libro de su vida ante el tribunal de la In­quisición como obra diabólica. Pero la vo­luntad de la santa no se arredraba ante ningún tipo de dificultad, apelando al mismo rey Felipe II en demanda de ayuda y lo­grando ser atendida.

Como muestra de su temperamento decidido es altamente signi­ficativo el incidente que la enfrentó con la princesa de Eboli, la cual, habiendo dado a Santa Teresa los medios necesarios para la fundación de Pastrana, pretendía tomarel hábito de la Orden sin abandonar por ello su vida mundana. Teresa , no pudiendoarrojar a la princesa de su propiedad, se llevó a las monjas del convento,atrayéndose de esta manera el odio y la persecución de la poderosa señora. Después de un paréntesis que le impuso su cargo de priora del antiguo convento de la Encarnación, entre 1575 y 1576 fundó los conventos de Beas de Segura,Sevilla y Caravaca, teniendo que renunciar temporalmente a proseguir su misión,por prohibírselo el general de su Orden y el nuncio. Levantada la prohibición,continuó su tarea hasta completar la cifra de 32 fun­daciones. Al regreso de la última, la del convento de Burgos, y mientras se dirigía a Ávila para asistir ala profesión de una sobrina suya, tuvo que desviarse a Alba de Tormes, donde la reclamaba la duquesa de Alba, gran amiga y protectora.

Llegó a la villa ducal el 20 de septiembre, agotada por los sufrimientos; a la mañana siguiente quiso bajar a la capilla para comulgar, pero le fallaron las fuerzas y tuvo que ser enca­mada, muriendo pocos días después. Fue beatificada en 1614, y en 1622 Gregorio XV la elevó a los altares. íntimamente vincu­lada con su actividad religiosa aparece su producción literaria, la mayor parte de la cual se debe a instancias de sus confesores y de sus monjas. Junto con San Juan de la Cruz,representa el punto culminante de la brillante mística española, que llenaría los siglos XVI y XVII de nuestra literatura. Sin preocupaciones literarias, con un estilo sobrio y sencillo, con un lenguaje popular y castizo sumamente expresivo por la cla­ridad de sus imágenes y por sus frases inci­sivas y pintorescas que no rehúyen muchas veces las metáforas más vulgares, supo ex­presar todo el contenido de la Teología mística.

Aparte unas pocas Poesías (v.), al­gunas de ellas atribuidas y entre las que se cuenta con no demasiada certeza el famoso soneto A Cristo crucificado, nacidas, como dice el P. Yepes en su biografía de la Santa, «de la fuerza del fuego que en sí tenía», más ricas en contenido lírico que en perfec­ción métrica, toda su producción está escrita en prosa. Su primera obra es el Libro de su vida o Libro de las Misericordias de Dios (v. Vida), escrito entre 1562 y 1565 a suge­rencia de su confesor el P. Ibáñez, y en el que con extrema eficacia expresiva y poé­tica describe su vida de juventud, las gra­cias que Dios le concedió y las tentaciones que tuvo que vencer antes de su entrega absoluta, los sentimientos que empujan al alma hacia Dios, el gozo de la contempla­ción, sus raptos de éxtasis, sus visiones y sus revelaciones. De 1564-67 es el Camino de perfección (v.), escrito por encargo del P. Domingo Báñez, y en el que su autora trata de mostrarnos una vía para llegar a la unión con Dios, haciendo énfasis en la oración mental y vocal como medio de perfec­ción.

De esta obra existen dos textos dis­tintos: uno de 73 capítulos, cuyo autógrafo se guarda en El Escorial, y otro, abreviado, de 43 capítulos, cuyo manuscrito se encuen­tra en el convento de las Carmelitas de Valladolid. Por mandato del P. Ripalda, en 1573 inició en Salamanca el Libro de las fundaciones (v. Fundaciones),que acabaría poco antes de su muerte. En él se recoge su actividad reformadora desde la fundación del primer convento, reflejando las conti­nuas luchas que tuvo que mantener con la autoridad civil y eclesiástica hasta que logró conseguir la protección real. La más famosa de sus obras, la más perfecta de la mística experimental española, es el Castillo interior o Libro de las siete moradas (v. Mo­radas), verdadera síntesis de sus experien­cias espirituales. Explica en la misma su doctrina, considerando al alma como un magnífico castillo en cuyo centro, en la morada más rica y secreta, hállase Dios.

Dios es la suprema aspiración del misticismo; el acicate es el amor, y el conocimiento de sí mismo es el camino; llégase a él profundi­zando en nuestro espíritu, estudiando nues­tra conciencia, entrando en nosotros mismos hasta el fondo de este nuestro castillo inte­rior; la Santa Doctora guía al alma en dicho conocerse, y paso a paso la conduce desde la cerca del castillo hasta la última morada en la que se produce la deseada unión con el Amado. Obra de madurez — fue escrita en 1577 a instancias del P. Jerónimo Gracián—, su profundidad psicológica alcanza momentos excepcionales y en su conjunto constituye el más recio pilar de la mística española.

Concepto del amor de Dios; co­mentarios a diversos pasajes del Cantar de los cantares;las Relaciones, recopiladas por fray Luis de León y en las que se recogen la exposición hecha a sus confesores de su vida anterior; Avisos, que en número de 69 escribió para sus monjas; Constituciones, que constituyen las reglas de la Orden re­formada basadas en la triple práctica de la oración, la penitencia y la soledad, y un numeroso Epistolario, compuesto por más de cuatrocientas cartas de Santa Teresa , en las que con una viveza y desparpajo inimitables expresa sus opiniones y refleja su actividad y sus adversidades,son otras obras menores, por menos conocidas, de la gran reforma­dora de Ávila, de quien fray Luis de León escribió: «El ardor grande que en aquel pecho santo vivía salió como pegado en sus palabras, de manera que levantan llamas por donde quiera que pasan».

R. Sampablo