Publio Terencio Afro

(Publius Terentius Afer). Nació posiblemente en 185 (ó 195) a. C. en Cartago, en el seno de una fami­lia de origen líbico. Llegó a Roma como esclavo del senador Terencio Lucano, quien le dio una buena formación y, luego, la libertad. Gracias a su cultura y a su inge­nio se vio admitido entre la nobleza ro­mana y fue íntimo de Escipión Emiliano, el vencedor de Cartago y Numancia, y de su culto amigo Lelio. Éstos le alentaron a dedicarse al teatro cómico en calidad de autor, actividad que inició en 166 con Andria (v.), pieza inspirada en dos comedias del griego Menandro; tal «contaminación» de obras diversas llevóle a una polémica con otros escritores dramáticos.

En 165 presentó La suegra(v.), que resultó un fracaso; se­gún parece, el público abandonó el teatro para dirigirse a un espectáculo de saltimbanquis. En 163 llegó a la escena Heautontimoroumenos(v.), cuyo éxito correspondió en parte al famoso actor Ambivio Turpion. En 161 Terencio hizo representar con fortuna El eunuco (v.) y Formión (y-.), y el año siguiente, con motivo de los juegos funerarios dedicados a Emilio Paulo, Los Adelfos (v.) En esta misma ocasión el autor ofreció otra vez al público, y también sin éxito, La sue­gra, que, finalmente, encontró el favor en su tercera representación, llevada a cabo en los juegos romanos de septiembre del mencionado año. Terencio marchó luego a Gre­cia, posiblemente en 159, y allí parece ha­ber muerto, en Arcadia, entristecido por la pérdida, en un naufragio,de un conjunto de traducciones de textos de la «comedia nueva» correspondientes a Menandro.

Con­trariamente a lo que ocurrió con las de Plauto, las obras de nuestro autor no alcan­zaron un favor indiscutido. Tras la conquis­ta del Mediterráneo por Roma y su triunfo sobre Grecia, la debilitación de los antiguos fundamentos de la vida romana hizo pre­sentir una crisis; y así, la poesía cómica adquirió un carácter más grave y reflexivo. El esclavo procedente del África que, vin­culado a sus ilustres protectores, escribió de acuerdo con el gusto de éstos, no podía hacerse intérprete de las preferencias de todo el público de Roma. Sus adversarios afirmaron incluso que las comedias presen­tadas por Terencio eran, en realidad, fruto de sus nobles amigos. Posteriormente,empero, el arte del autor obtuvo un reconocimiento justo, y sus seis comedias parecieron dig­nas de figurar, junto a las de Plauto, entre las obras maestras del teatro cómico latino.  

F. Codino