San Pablo, apóstol

Nació tal vez en el primer decenio de la era cristiana en Tarso, pequeña localidad de la Cilicia, y murió pro­bablemente en el año 67 d. C. junto al cami­no de Roma a Ostia. Apóstol, gran escritor cristiano, uno de los más poderosos genios que ha conocido la humanidad, metafísico y místico, pensador y hombre de acción al mismo tiempo, Pablo ha sido una de las per­sonalidades determinantes del éxito del cristianismo, en cuya doctrina ha dejado una huella profunda. Saulo (tal era su nombre hebreo) nació en el seno de una familia acomodada de artesanos, que poseían el es­tatuto jurídico de «ciudadanos romanos». Después de los estudios habituales en la comunidad hebraica del lugar, fue enviado a Jerusalén para continuarlos en la escue­la de los mejores doctores de la Ley, en especial en la del famoso Rabí Gamaliel. No debía, sin embargo, residir en la ciudad santa el año 30, en el momento de la cru­cifixión de Jesús; pero habitaba en ella seguramente cuando, en 36, fue lapidado el diácono Esteban, mártir de su fe. El joven estuvo presente no sólo en el acto de la muerte, sino que se ofreció además — por odio a la nueva secta — a vigilar los ves­tidos de los asesinos.

¿Por qué motivos psi­cológicos se transmutó este odio en una apasionada adhesión a la fe en Cristo? El libro de los Hechos de los Apóstoles (v.), y el mismo Pablo, han contado de qué modo — enviado por los jefes de los sacerdotes de Israel a Damasco en misión para buscar y hacer detener a los partidarios de Jesús— el joven fariseo fue objeto de un modo inesperado, en el camino del de­sierto, de un misterioso fenómeno, mani­festación prodigiosa del poder divino: arro­jado a tierra, cegado, se volvió a levantar convertido ya a la fe de Aquél que le ha­bía amado hasta el extremo de conmover su corazón (36 d. C.). Tras una estancia en Damasco — donde, después de haber recuperado la vista, se puso en contacto con el pequeño núcleo de seguidores de la nue­va religión — se retiró algunos meses al desierto (no se sabe exactamente adonde) haciendo así más firmes y profundos, en el silencio y la soledad, los cimientos de su creencia. Vuelto a Damasco, y violenta­mente atacado por los judíos fanáticos, hubo de abandonar clandestinamente la ciudad descolgándose en un gran cesto desde lo alto de sus murallas (año 39).

Aprovechó la ocasión para marchar a Jerusalén y po­nerse en contacto con los jefes de la Igle­sia, San Pedro y los demás apóstoles, no sin dificultades, porque estaba todavía muy vivo en la Ciudad Santa el recuerdo de sus actividades como perseguidor. Le avaló en el seno de la comunidad cristiana Bernabé, que lo conocía bien y quizá era pariente suyo. Regresó después a su ciudad natal de Tarso, donde residió hasta que vino a bus­carlo Bernabé (hacia el año 43) para lle­varlo a Antioquía. El futuro misionero iba a comenzar sus actividades. En Antioquía, ciudad cosmopolita donde eran numerosos los seguidores de Jesús (allí les había sido dado por primera vez el sobrenombre de «cristianos»), se preparó a hacer efectiva aquella vocación de misionero del Evan­gelio que era la suya desde aquel momento. A consecuencia de una carestía que atacó duramente a Palestina, él y Bernabé fue­ron enviados a llevar la ayuda fraternal de la comunidad de Antioquía a la de Jeru­salén. En el año 46 partieron para su primer gran viaje apostólico. En Chipre, donde ob­tuvieron los primeros frutos de su trabajo, abandonó Saulo definitivamente su nombre hebreo para adoptar el cognomen latino de Paulus, que llevaba probablemente desde niño como segundo apellido.

Su romanidad podía parecer oportuna para el desarrollo de la misión que el apóstol se proponía lle­var a cabo en los ambientes gentiles. Desde aquel momento, en efecto, su vocación ha­bía sido fijada en el sentido que Cristo le había marcado durante el éxtasis. En adelante, sería él quien llevaría la palabra de la verdad al mundo pagano: la pala­bra del Evangelio. Con él, el mensaje de Jesús saldría del marco judaico, palestiniano, para convertirse en universal. A lo largo de su predicación, iba presentándose sucesivamente en las sinagogas de las di­versas comunidades judaicas; pero esta pre­sentación terminaba casi siempre en un fracaso. Bien pocos fueron los hebreos que abrazaron el cristianismo por obra suya. Mucho más eficaz caía su palabra entre los gentiles y entre los indiferentes que nada sabían de la religión monoteísta hebraica. El primer viaje misionero de Pablo, después de Chipre, comprendió algunas regiones apar­tadas del Asia Menor. Creó centros cristia­nos en Perge (Panfília), en Antioquía de Pysidia, en Listra, Iconio y Derbe de Licaonia. El éxito fue notable; pero también fue­ron numerosas las dificultades.

En Listra escapó de la muerte sólo porque sus lapidadores creyeron erróneamente que ya ha­bía muerto. Entre el primero y el segundo viajes, el apóstol habitó algún tiempo en Antioquía (49-50 d. C.), desde donde mar­chó a Jerusalén para asistir al llamado «Concilio de los Apóstoles». La cuestión era de una gravedad difícilmente concebible en nuestros días. No se trataba tanto de la licitud del acto de bautizar a los paganos, aunque algunos judeo-cristianos se opusie­ran todavía a tal iniciativa, como de la obligatoriedad o no de la Ley mosaica para los conversos del paganismo. La opinión liberal, que rechazaba el bagaje de las nu­merosas prácticas judaicas, tuvo su máximo defensor en Pablo Por ello, llegará a ser el profundo expositor del valor de la Ley, de su importancia histórica y de su definitivo ocaso en el momento de la redención ope­rada por Cristo. El segundo viaje evangé­lico (50-53) comprendió la visita a las co­munidades cristianas de Anatolia, funda­das unos años antes; luego fue recorriendo parte de la Galatia propiamente dicha, vi­sitó algunas ciudades del Asia proconsular y marchó después a Macedonia y Acaya. La evangelización se hizo particularmente patente en Filippos, Tesalónica, Berea y Corinto.

También fue visitada Atenas por Pablo, quien pronunció allí el famoso discurso del Areópago, en el que combatió la filo­sofía estoica. El resultado, desde el punto de vista misionero, fue más bien mezquino. Durante su estancia en Corinto, donde es­tuvo en contacto con el gobernador de la provincia, Galión, hermano de Séneca, ini­ció Pablo —al parecer— su actividad como escritor, enviando dos Epístolas a los Tesalonicenses (v.), en las que ilustra a los fie­les acerca de la parusia o segunda venida de Cristo y de la resurrección de la carne. El tercer viaje (53-54-58) se inició con la visita a las comunidades del Asia Menor y continuó también por Macedonia y Acaya, donde Pablo estuvo tres meses. Pero como centro principal fue escogida la gran ciu­dad de Éfeso. Allí permaneció Pablo durante casi tres años, trabajando con un grupo de colaboradores en la ciudad y su región, especialmente en las localidades del valle del Lico. Fue un apostolado muy prove­choso, pero también lleno de fatigas para Pablo: culminaron éstas con el tumulto de Éfeso, provocado por Demetrio, represen­tante de los numerosos comerciantes que explotaban la venta de las estatuillas-re­cuerdo de Artemisa. Pablo, refiriéndose a un episodio anterior, habla de una lucha con las fieras; es casi seguro que la expresión es metafórica; pero convergen muchos indi­cios en favor de la hipótesis de una autén­tica prisión.

Desde Éfeso escribió Pablo la pri­mera de las Epístolas a los corintios (v.) en la que se transparentan muy bien las dificultades encontradas por el cristianismo en un ambiente licencioso y frívolo como era el de la ciudad del Istmo. Como cosa probable se sitúa en la misma ciudad la redacción de la Epístola a los galatas (v.) y de la Epístola a los filipenses (v.), en tanto que la Segunda carta a los corintios fue escrita poco después en Macedonia. Desde Corinto envió el apóstol la impor­tante Epístola a los romanos (v.), en la que trata a fondo de la relación de la fe y las obras respecto a la salvación. Con ello pre­tendía preparar su próxima visita a la capi­tal del imperio. En realidad, los hechos se desarrollaron de un modo distinto. Habién­dose dirigido Pablo a Jerusalén para entregar una cuantiosa colecta a aquella pobre iglesia, fue encarcelado por el quiliarca Lisia, quien lo envió al procónsul Félix de Cesárea. Allí pasó el apóstol dos años bajo custodia militar. Debieron embarcarlo, fuertemente custodiado, con destino a Roma, donde los tribunales de Nerón decidirían sobre él.

El viaje marítimo fue, por otra parte, fecundo en episodios pintorescos: naufragio y sal­vación milagrosa, durante el cual el pres­tigio del apóstol se impuso al fin a sus guardianes (invierno de 60-61). De los años 61 a 63 vivió Pablo en Roma, parte en prisión y parte en una especie de libertad condi­cional y vigilada, en una casa particular. En el transcurso de este primer cautiverio romano escribió por lo menos tres de sus Epístolas, la dirigida a los efesios (v.), la destinada a los colosenses (v.) y la escrita a Filemón (v.). Puesto en libertad, ya que los tribunales imperiales no habían consi­derado consistente ninguna de las acusa­ciones hechas contra él, reanudó su minis­terio; pero a partir de este momento la historia no es tan precisa. Falta para este período la ayuda preciosa de un documento fundamental, es decir, los Hechos de los Apóstoles, que se interrumpen con su lle­gada a Roma. Pablo anduvo por Creta, Iliria y Acaya; con mucha probabilidad estuvo también en España. De este período datan dos cartas, la primera de las Epístolas a Timoteo (v.) y la dirigida a Tito (v.); muy verosímilmente compuso también entonces la Epístola a los hebreos (v.).

Se percibe en ellas una intensa actividad organizadora de la Iglesia. Cuando se encontraba probablemente en la Tréade, y por denuncia de un falso hermano, fue nuevamente de­tenido Pablo en el año 66. Desde Roma escribió la más conmovedora de sus cartas, la se­gunda a Timoteo, en la que expresa su único deseo: sufrir por Cristo y junto a Él dar su vida por la Iglesia. Encerrado en horrenda cárcel, vivió los últimos meses de su existencia iluminado solamente por esta esperanza sobrenatural. Se sintió humana­mente abandonado por todos. En circuns­tancias que han quedado bastante oscuras, fue condenado a muerte, según la tradi­ción: como era ciudadano romano, fue de­capitado con la espada. Ello ocurrió pro­bablemente en el año 67 d. C., no lejos de la carretera que conduce de Roma a Ostia. Según una tradición atendible, la abadía de las Tres Fontanas ocuparía exactamente el lugar de la decapitación. Se ha exage­rado a veces la obra de Pablo: algunos lo han considerado como el auténtico fundador del cristianismo; otros lo han acusado de ser el primer mixtificador del mensaje de Je­sús. Son juicios imprudentes.

Pero es cierto que trabajó más que los demás apóstoles y que, en sus cartas, sentó las bases del desarrollo doctrinal y teológico del cristia­nismo. Pero la auténtica gloria de Pablo, de la que él mismo se sentía con razón orgu­lloso, reside en el hecho de haber sido el fiel intérprete y el incansable propagandista del mensaje de Jesús. Es indudable que a él se debe, más que a los otros, la oportuna y neta separación entre cristia­nismo y judaísmo. Pero es falso que esta separación se alcanzara mediante la crea­ción de un sistema religioso especial, que habría sido elaborado bajo la influencia de la filosofía griega, del sincretismo cultural o de las numerosas religiones de misterios.

A. Penna