Teólogo anti- origenista y místico, fue quizá obispo de Olimpo en Licia, donde ciertamente vivió, después de haberlo hecho tal vez en Filipos, en Macedonia; murió mártir, víctima de la persecución de Maximino Daia en 311. No se sabe nada más de su vida. En compensación, la tradición se muestra de acuerdo en atribuirle gran número de escritos, de los cuales la mayor parte de ellos se ha perdido. Además de sus comentarios al Génesis, Job, El Cantar de los Cantares y otros tratados (sobre la Creación, sobre el Cuerpo, sobre la Pitonisa de Endor), escribió también una apología del cristianismo contra Porfisio (cronológicamente la primera del género). De las obras que se conservan (aparte algunos comentarios bíblicos menores en versión eslava) son especialmente notables tres, en forma de diálogo: Simposio o De la virginidad (v.) (en original griego); El libre albedrío (v.) y Aglaofon o La resurrección (v.), ambos fragmentarios en griego y casi completos en versión eslava.
La actividad literaria de Metodio se inserta en el vasto eco de resonancias y disonancias, determinadas en la Iglesia por la audaz empresa del gran Orígenes, del que M. representa uno de los más decididos y eficaces adversarios. Opuesto a Orígenes respecto de la libertad de la especulación teológica, de la cosmología y la antropología, Metodio combate la tesis de la eternidad del mundo, de la preexistencia de las almas, etc. Lo mismo que Ireneo, es partidario de una teología fuertemente anclada en la regla de fe, glorifica el elemento físico del hombre para restablecer el equilibrio entre la realidad material y la espiritual, y aplicando el mismo realismo, hace consistir la salvación del hombre no tanto en la conciencia religiosa como en el hecho objetivo de la Encarnación; lo mismo que Ireneo, en fin, Metodio es milenarista. Todo ello basta para explicar el silencio de Eusebio de Cesárea acerca de él.
Pero Metodio rebasa a Ireneo e inaugura la teología de la mística y la ascesis monástica, en cuanto injerta, sobre este realismo soteriológico, su doctrina de la santificación individual, que tiene su punto de apoyo en la imitación de Cristo, expresada simbólicamente en las bodas místicas y que culmina en la práctica de la virginidad, «flor y primer fruto de la inmortalidad».
G. C. Martini

