San Máximo Confesor

Nació en una bue­na familia de Constantinopla hacia 580 y murió en Lazica el 13 de agosto de 662. Es una de las figuras más eminentes de la his­toria eclesiástica bizantina. Fue, junto con Sofronio, patriarca de Jerusalén, el principal adversario del monotelismo, y, al mismo tiempo, el teólogo más destacado de la época. Selló con su sangre — de donde el epíteto de Confesor — su valentía en la defensa y la proclamación de las verdades de la fe. Secretario del emperador Heraclio durante algún tiempo, en torno a 630 reti­róse al monasterio de Crisopolis, cerca de Constantinopla, del cual llegó pronto a abad. Al plantearse la cuestión monofisita Máximo se alineó junto a la oposición ortodoxa; no obstante, como comprendiera las dificulta­des que se oponían al triunfo de su tesis en la misma sede imperial, decidió trasla­darse a Roma. Durante el viaje se detuvo en África y trabó amistad con el goberna­dor de la región, Gregorio, también ad­versario de los herejes.

Ello indujo al patriarca de Constantinopla, Pirro, a mo­dificar por algún tiempo los sentimientos propios. Junto con éste Máximo se dirigió a Roma, y allí, gracias a su iniciativa, fue celebrado en 649 un Concilio que condenó a los monotelitas y los decretos favora­bles a ellos de los emperadores Heraclio y Constante (642-668). En la Ciudad Eterna Máximo se reveló el principal defensor de las deliberaciones del Concilio de Calcedonia, en tanto Pirro pasó nuevamente, en Rávena, al lado de los monotelitas. Entonces, y por orden del emperador Constante, el gobernador de esta ciudad detuvo a Máximo y con él al papa Martín I. Llevado en 653 a Constantinopla, después de largos interro­gatorios el primero fue confinado a Bizias, en Tracia. Una controversia por él sostenida allí con el obispo de Cesarea dio lugar a nuevas y violentas medidas contra Máximo, que se vio desterrado al Lazistan, en las más remotas fronteras del Imperio. De allí se le hizo regresar para someterle a la condenación de un sínodo, luego que, por orden imperial, se le hubieron cortado la lengua y la mano derecha.

Así mutilado, fue expuesto a la vergüenza pública en distintos barrios de la ciudad y llevado otra vez a Lazica, donde murió. Es venerado como santo por las dos iglesias. Además de los Tratados polémicos (v.), dirigidos contra la herejía monotelita, y los Tratados dogmáticos (v.), escribió un diálogo apolo­gético entre un ortodoxo y un maniqueo recordado por Jorge Scolario; dedicó una obra concreta (De ambiguis) a la aclara­ción, mediante la exégesis de carácter ale­górico y místico, de pasajes difíciles del Antiguo y el Nuevo Testamento. Singular importancia para la ascética y la mística (v. Escritos ascéticos) presentan los Esco­lios con los cuales Máximo completó la obra del seudo Dionisio Areopagita; armonizan éstos las doctrinas neoplatónicas del desconocido autor con las enseñanzas eclesiásticas, e influyeron notablemente en la teología de la Iglesia oriental. Cabe mencionar, finalmente, la Mistagogía (v.), interpretación simbólica y mística de los ritos eclesiásticos.

B. Lavagnini