San Hilario de Poitiers

Nació en torno a 315 en Poitiers, donde murió el 1.° de noviem­bre del 367. Obispo de su ciudad natal des­de 350, aproximadamente, hasta su muerte, su influencia rebasó los confines de su dió­cesis, se impuso a todo el Occidente y llegó hasta Oriente en la misma lucha por la unidad de la fe. Originario de una familia noble pagana, debió de recibir una sólida formación humanística, ya en su patria o quizá en. Burdeos, entonces notable centro cultural. Inducido por los contactos con el neoplatonismo a una problemática religiosa cada vez más exigente, luego de una in­quieta peregrinación a través de las filoso­fías paganas se acercó al cristianismo ha­cia 345, y en él halló la paz intelectual, singularmente después de haber leído los Evangelios y, más aún, tras el descubri­miento de la doctrina de San Juan respecto al Logos. La consideración de que gozaba en su iglesia llevóle, hacia 350 y luego de una elección unánime, a la cátedra episco­pal, a pesar de estar casado y tener hijos.

Testimonio llegado hasta nosotros del celo pastoral de estos primeros años es el Co­mentario a San Mateo. Muy pronto, empero, la lucha contra el arrianismo alejóle de los cuidados pacíficos de la grey. En 353 en Arlés y en 355 en Milán el partido arriano de Saturnino y Ausencio había celebrado, con la complicidad del emperador Constan­cio, dos concilios en los que se produjo la capitulación de casi todos los obispos reunidos. H. reaccionó convocando otro (en París?) a fines de 355. En la primavera del año siguiente Saturnino respondió a ello con el sínodo de Brézier, cuyas decisiones sancionó Constancio con el destierro a Fri­gia del obispo de Poitiers. Sin embargo, no por esto dejó H. de capitanear el movi­miento antiarriano de Occidente; por el contrario, siguió consolidándolo mediante una intensa actividad epistolar y polémica (v. Contra Valente y Ursacio). Luego apro­vechó la relativa tranquilidad de que dis­frutaba para llevar a término los doce libros De la Trinidad (v.), caracterizados no sola­mente por el rigor de su lógica, sino tam­bién por el ardiente soplo espiritual que los anima, e interesarse en las opiniones teológicas de los orientales, que, a ruegos de sus compañeros franceses, expuso en De synodis (358).

En 359 participó en el conci­lio de Seleucia, y el año siguiente marchó a Constantinopla; allí dedicó al emperador el segundo Libro a Constancio, seguido poco después por el Contra Constantium: él emperador, efectivamente, le había enviado otra vez a la Galia sin atenderle. H. volvió a la patria pasando por Italia y Roma; las acogidas triunfales que se le dispensaron (San Martín fue incluso a esperarle en la misma capital del Imperio) atestiguaron, además, todo un cambio de opinión: el ocaso de la estrella de Constancio provocado por la rebelión de Juliano (su fin tuvo lugar en 361) y el regreso de todos los obispos desterrados. Inmediatamente H. reunió un concilio en París, y luego apoyó a Eusebio de Vercelli contra Ausencio de Milán. Vuel­to a la diócesis, recogióse en ella con la tranquilidad de los primeros años. De las homilías de entonces hay un eco en el Tratado sobre los salmos. Los Himnos (v.), inicio de la himnografía cristiana occiden­tal, atestiguan, en cambio, el celo de su autor por el canto litúrgico (más bien que sus facultades poéticas). Al año 365 se re­montan los Misterios (v.).

C. Falconi