Higuchi Ichiyō

(Vulgarmente Higuchi Natsuko). Nació el 25 de marzo de 1872 en Tokio, donde murió el 23 de noviembre de 1896. Su padre, Noriyoshi, y su madre, Takiko, eran naturales de Nakaogihara, localidad de la actual prefectura de Yamanashi. Durante la era Ansei (1854-59), la familia se trasladó a Yedo (hoy Tokio), ciudad en la cual ob­tuvo Noriyoshi el cargo de «yoriki», especie de comisario de policía. Ya desde niña manifestó una gran disposición para las letras, y, terminados los estudios elementa­les, y aun cuando ayudara a su madre en los quehaceres domésticos, frecuentó la es­cuela de poesía dirigida por Nakamura Utako (1841-1903), y llegó a ser una de sus mejores alumnas.

A los dieciséis años perdió el padre, y la familia, reducida a la miseria, vivió duramente con los escasos ingresos obtenidos a cambio de labores de costura y otros pequeños trabajos. La joven poetisa, que también ayudaba a los suyos, resolvió dedicarse a la narrativa, segura de que nin­gún provecho iba a obtener de la poesía. Y así, en 1891 pasó a ser discípula del escritor Nakarai Tōsui (1860-1926), y este mismo año escribió su primera novela, Cere­zos en la oscuridad [Yami-zakura], que alcanzó un éxito mediocre. Como sus relaciones con el maestro adquiriesen paulatina­mente un carácter sentimental, acabó por alejarse de él, debido a las críticas de los conocidos. A punto de abandonar también su afición a la literatura, entabló relación con los escritores de la revista literaria Bungaku-kai, en la que pudo publicar todos sus trabajos. En 1893, y siempre para ayudar al mantenimiento de su familia, abrió una tienda de artículos domésticos en un barrio popular; y aquí nació Competición de exce­lencia (v. Take Kurabe), que mereció la aprobación incondicional de todos los crí­ticos y le dio fama.

Mori Ōgwai (1862-1922), notable crítico y escritor contemporáneo, definióla «una verdadera poetisa realista». A los veinticuatro años desapareció como un hermoso cometa, llorada por todo el mundo de las letras. En sus exequias afirmóse: «Mientras haya literatura en el Japón no dejará Ichiyō de estar presente». El célebre literato Takayama Chōgyū (1871-1902) dijo de ella: «¡Ay dolor! ¡Qué tarde llegó, y cuán pronto se ha marchado!». Fue la escri­tora más ilustre de la era Meiji (1868-1912), y se la ha definido la Murasaki Shikibu o la Sei Shōnagon de la época moderna. Poseedora de un agudo espíritu de ob­servación, una gran capacidad creadora y una rara gravedad de carácter, cuenta, además, con el notable merecimiento que supone haber infundido un nuevo aliento vital a la literatura, entonces en decaden­cia, y sorprendió a sus compatriotas con descripciones llenas de sentimiento y pie­dad; pintó con una minuciosidad y una habilidad admirables de retratista los bajos fondos de Tokio, en un estilo que oscila entre el romanticismo y el naturalismo y a través de una curiosa pero armónica fu­sión del lenguaje vulgar con el clásico. En 1912 apareció un diario de la autora que nos revela su vida privada. Entre lo mejor de su producción cabe citar aún Maderas fósiles [Umoregi, 1893], La laguna mortífera [Nigorie, 1894] y Senderos di­vergentes [Wakare-michi, 1896].

Y. Kawamura