Aurelio Agustín, el más grande de los Padres de la Iglesia, filósofo y teólogo, n. en Tagaste, pequeña ciudad africana situada en la vertiente mediterránea de Numidia, el 13 de noviembre de 354, hijo de Patricio, pagano, y de Mónica, de familia cristiana.
Realizados los primeros estudios en su ciudad natal, fue enviado a llevar a cabo los de retórica en la vecina Madauro. En la escuela de gramática leyó a los grandes poetas latinos, además de Varrón, Cicerón y Apuleyo. A. estudiaba y aprendía con evidente provecho la lengua latina; «odiaba» el griego, del que, como parece haberse comprobado ahora, no aprendió más que los primeros elementos gramaticales y un reducido número de vocablos, los suficientes para poder confrontar con el original los pasajes traducidos.
No pasó de catecúmeno a pesar de que su madre, muy cristiana, deseaba que su hijo hubiera sido bautizado. Abandonando Madauro, regresó a Tagaste, donde pasó un año (369-370) en el ocio, el año de las muchachadas y de alguna intriga amorosa, de que después tanto se arrepentirá, como demuestran las Confesiones (v.). Su padre, ambicioso, deseaba que su hijo continuara los estudios, pero le faltaban los medios para ello.
Vino en su ayuda la generosidad de Romaniano, amigo de la familia y pariente lejano, hombre riquísimo y protector de las gentes de talento. Proveyó éste inmediatamente a todos los gastos que produjera la estancia de A. en Cartago, quien frecuentó en esta ciudad la escuela de elocuencia y los espectáculos de teatro y circo, deseoso de diversiones y ávido de emociones.
Se unió con una muchacha de condición modestísima, con la que convivió durante doce años y a la que guardó fidelidad «como a esposa legitima». De esta unión nació un hijo (372), no deseado pero amado, a quien se le impuso el significativo nombre de Adeodato, y que fue educado con todo cuidado.
A pesar de los espectáculos y de la amante mujer, A. trabajaba en Cartago de firme, por amor a la carrera, por gusto de literato, por la vanidad de sobresalir, por sostener la familia y aun para que el generoso Romaniano no se desilusionara y se arrepintiera. A los dieciocho años leyó en la escuela el Hortensio de M. T. Cicerón, entonces texto de elocuencia y de filosofía.
Este hallazgo fue decisivo: le reveló la vocación filosófica y le convenció de que filosofar consiste en conquistar la felicidad, que reside solamente en la busca de la sabiduría. Pasó de la cordura pagana a la sabiduría cristiana: el joven catecúmeno se dispuso a leer las Sagradas Escrituras. Quedó desilusionado y comprendió poco de ellas.
En la duda, se adhirió a una secta religiosa cristiana (una de las muchas que por entonces pululaban), el maniqueísmo, que siguió como simple «oyente». Muchos motivos le impulsaron a seguir la secta de Manes, pero dos fueron decisivos: comprenderlo todo sin tener que recurrir a creerlo por autoridad, y la solución del problema del mal, que siempre figurará en el centro de la filosofía de A. Terminados los estudios, volvió a Tagaste (con su mujer y su hijo), donde se dedicó a la enseñanza de la gramática y a la propaganda maniquea.
En esta ciudad se formó una escuela de devotos discípulos (entre los que figuraron Licencio, hijo de Romaniano; Alipio, Eulogio, Nebridio, etc.) que, poco después, le siguieron a Cartago, adonde A. regresó como profesor de retórica.
Entre el 380 y el 381 escribió su primera obra, un tratado de dos o tres libros, con el título De pulchro et apto, perdido hasta la época en que escribía las Confesiones. Al fin llegó de Roma Fausto, obispo y doctor maniqueo de gran fama, de quien A. esperaba una respuesta a sus dudas.
El encuentro no fue feliz: el «oyente» se dio cuenta pronto de que el «doctor» maniqueo era buen orador, pero hombre de escasa cultura, incapaz de resolver dudas y de solventar dificultades. El ardor maniqueo de A. sufrió una fuerte sacudida; sin embargo, continúa afiliado a la secta.
No mucho tiempo después de conocer a Fausto decide abandonar Cartago y marchar a Roma, con la esperanza de mejorar de posición social y económica. Mónica no quería que su hijo marchara o, por lo’ menos, deseaba que la llevara con él (el padre había muerto en 379). Pero a pesar de que su madre le acompañó llorando hasta el mar, A. partió solo.
Roma le desilusionó: en primer lugar, enfermó gravemente; después inició la enseñanza de la retórica, pero los alumnos no le pagaban sus honorarios; asistía aún a las reuniones de los maniqueos, pero cada vez se sentía más distanciado de ellos.
En estas circunstancias se acercó al escepticismo de los Académicos (más al de Arcesilao que al probabilismo de Carnea- des). De Milán solicitaban los servicios de un profesor de retórica, lo que le dio ocasión de abandonar Roma: A. logra vencer en la prueba y a los treinta años, en 384, parte para Milán.
Las mayores posibilidades económicas le permitieron llamar a su lado a la mujer y al hijo; al año siguiente se le unió Mónica y más tarde sus fieles discípulos. A. había conseguido, en el ápice de su carrera, una cierta tranquilidad económica y la reunión de la familia.
Pero le faltaba la paz, y fue precisamente esta inquietud, aparte su gusto de retórico y de erudito, la que le llevó a escuchar las predicaciones de San Ambrosio, el gran obispo de Milán. No se convirtió inmediatamente al cristianismo, pero abandonó el maniqueísmo.
La lectura de «los libros de los platónicos» (casi con toda seguridad Plotino) le aclaró algunas dificultades y le resolvió en parte diversas dudas filosóficas, especialmente dos: cómo puede explicarse el mal sin admitir un absurdo Dios del mal en lucha con el Dios del bien; y qué cosa es el «espíritu», que antes no lograba concebir.
A. pudo entender, al fin, que Dios es luz, substancia espiritual, ser trascendente (y por ello no se encuentra mezclado a las cosas, a todas las cuales sobrepuja infinitamente), de quien todo depende sin que Él dependa de nadie. Los «platónicos» le han salvado de la incapacidad de comprender lo incorpóreo trascendente, único principio de la realidad; y no es ello poco.
Ahora ve claro el modo de resolver el problema del mal. Al considerar A. las cosas que existen por debajo de Dios, se da cuenta de que «no son absolutamente ni dejan de ser absolutamente». Existen porque tienen el ser de Dios; no existen absolutamente porque no son lo que es Dios.
Ello le hace conocer «con evidencia» que las cosas son corruptibles en tanto que tienen un grado de bondad; por lo tanto, la corrupción no es más que la substracción de un bien. Todo lo que existe es bueno; el mal no es substancia, sino falta de bien, de ser. Naturalmente, él lee a Plotino con la mirada dirigida al cristianismo, y leyéndolo lo «traspone», bien en la problemática, bien en la solución de los problemas mismos.
No es Plotino quien convierte a A., sino que es éste quien convierte a Plotino; él hace «entrar en el cristianismo aquello que puede entrar del platonismo (rechaza lo que debe ser rechazado), pero de modo que el platonismo se convierte en cristianismo platónico».
En este momento se puede decir que A. se ha convertido ya al cristianismo, aunque se asigne una fecha posterior a la conversión. Creo que deben distinguirse dos momentos: uno, el de la aceptación del cristianismo; otro, el de sus desposorios con el ideal de la perfección cristiana. El célebre episodio del huerto es significativo.
Una voz le invita a leer: A. abre al azar el Nuevo Testamento, y lee: «…no en comilonas y borracheras, no en deshonestidades y disoluciones, no en contiendas y envidias; mas revestíos de nuestro Señor Jesucristo y no busquéis cómo contentar los antojos de vuestra sensualidad». A. decide al instante consagrarse a Cristo.
He aquí las etapas de su conversión:
a) conversión por la fe (pero no separada del convencimiento racional) al catolicismo;
b) a pesar de ello, subsisten las dudas filosóficas y la oscuridad religiosa debida a la ignorancia;
c) hallazgo de los «platónicos», que le iluminan en torno a algunos problemas y que le suministran una filosofía que responde a su fe religiosa, pero que A. interpreta en sentido cristiano;
d) conversión del corazón y propósito de perseguir el ideal de la perfección cristiana.
Por lo tanto, la lectura «de los libros de los platónicos» se coloca entre los dos momentos de su conversión; es anterior a la conversión y posterior a la decisión de vivir conforme a la fe. A la conversión siguió el retiro en la villa de Cassiciaco, en Brianza, juntamente con sus amigos y discípulos, y con Mónica y con su hijo Adeodato (la mujer se había alejado y el proyecto de matrimonio había sido abandonado). Pasa el tiempo allí de un modo plácido: oración, estudio, discusiones. Nacen los célebres diálogos filosóficos: Contra los Académicos (v.), De la vida feliz (v.), Del orden (v.), Soliloquios (v.), los tres primeros del 386 y el último de los primeros meses del 387.
Transcurridas las vacaciones, presentó la dimisión de profesor; en la noche del 24 al 25 de abril del año de Cristo de 387, Ambrosio de Milán borraba mediante el bautismo toda aprensión de la vida pasada del ex profesor de retórica, Agustín de Tagaste, que será obispo de Hipona, doctor y santo de la Iglesia de Roma.
Así se consagró totalmente A. al servicio de Dios: renunció a la vida ordinaria por aquella otra excepcional de la perfección cristiana. En Milán escribió De immortalitate animae. Aquel verano partió hacia África; pero a causa de la muerte de su madre (octubre-noviembre del 387) se detuvo en Roma hasta el verano del 388.
Durante esta estancia quiso A. contribuir a la lucha contra los maniqueos apoyando la acción del papa Siriaco. Escribió entonces De moribus manichaeorum y De moribus Ecclesiae catholicae. Con estos libros da comienzo la formidable actividad del gran apologeta y doctor de la Iglesia.
También escribió en Roma La grandeza del alma, sutil trabajo de psicología y mística y primer libro (los otros los escribirá en África en 395) del Libre albedrío (v.), en torno al problema del mal. Tras una brevísima permanencia en Cartago, se encuentra, en 388, de nuevo en Tagaste.
Allí lleva a cabo inmediatamente sus proyectos de vida religiosa. Como él mismo dice: «Vendí lo poco que tenía y repartí su producto entre los pobres. Ello debían hacer también los que querían hacer vida común retirándose conmigo».
En los dos años que pasó en el retiro de Tagaste terminó el De Genesi contra manichaeos, escribió el Del maestro (v.), De la música (v.) y en 390 De la verdadera religión (v.), la obra que resume y profundiza los temas principales del pensamiento agustiniano desde el Contra Académicos hasta el comienzo de la ordenación sacerdotal, ocurrida en 391 en Hipona, adonde se retiró A. En esta misma ciudad fundó la orden religiosa que lleva su nombre y redactó la Regula ad servos Dei; fue nombrado agregado, como sacerdote coadjutor, al viejo y piadoso obispo Valerio, quien le confió la obra de predicación, que A. continuó hasta casi su muerte con gran celo y eficacia. En Hipona eran numerosos los donatistas (dirigidos por el enérgico Proculeyano) y los maniqueos (entre los cuales había un tal Fortunato).
En una disputa pública (28-29 de agosto del 392) no logró Fortunato refutar la doctrina católica y abandonó Hipona. Las actas de la controversia constituyeron el Contra Fortunatum manichaeum liber unus. Durante los restantes años de su sacerdocio y durante el período de obispado no dejó A. de combatir y vencer a herejes y cismáticos.
Por todas partes era atacado el catolicismo y en todos los frentes toma su defensa A.: contra los maniqueos, que niegan la unidad divina; contra los donatistas, que niegan la unidad y la misión de la Iglesia; contra los pelagianos, que desnaturalizan la esencia y la obra d£ la Gracia; contra los paganos, que continúan calumniando la doctrina de Cristo. Un poco anterior a la controversia con Fortunato es el libro De utilitate credendi, al que siguieron los dos, De duabus animabus (392-393), De senesi ad litteram líber imperfectas (393, v. Génesis), Contra Adimantum (394) y el espléndido De sermone Domini in monte (394). A. sostiene otra nueva controversia contra los donatistas.
En el concilio de Hipona de los obispos católicos de África contra los donatistas, promovido por Aurelio, obispo de Cartago, pronunció (8 de octubre de 393) el sermón De fide et symbolo. Después del concilio compuso Contra epistolam Donati haeretici, que se ha perdido.
Elegido obispo (entre los últimos meses del 395 y primeros del 396) y muerto en estos años el viejo Valerio, fue designado A. como sucesor suyo en Hipona por aclamación popular. Celosísimo de sus deberes de obispo, celebraba las funciones litúrgicas, se ocupaba de la formación de su clero, ejercía las funciones civiles de juez, recibía a los fieles que le consultaban sus asuntos, no descuidaba la importante labor de la predicación.
Predicó durante cuarenta años ininterrumpidamente y es imposible calcular, ni aun de un modo aproximado, el número de sus sermones. Los muchos centenares que se han conservado sólo constituyen una pequeña parte de los que pronunció. Algunos de estos Sermones (v.) son escritos exegéticos, que figuran entre los más hermosos y profundos que posee la Iglesia, como el Enarrationes in psalmos y los dos tratados del 416 In Iohannis evangelium e In epistolam Iohannis.
Es inmensa la masa de sus Epístolas (v.), de las cuales también son sólo una pequeña parte las que nos han sido transmitidas. Están dirigidas a toda clase de personas (adversarios, laicos, amigos, extranjeros, eclesiásticos, funcionarios del Estado, etc.). Si se piensa en los viajes que se veía obligado a efectuar para participar en los Concilios y para combatir a los enemigos de la Iglesia, en las numerosas ocupaciones que antes han sido reseñadas, en las ásperas y arraigadas polémicas con las sectas heréticas y cismáticas, en la mole de trabajos escritos, queda uno aturdido ante una actividad en la que parece haber colaborado durante siglos una parte de la humanidad.
En 396 completó la recopilación De diversis quaestionibus LXXXIII y, poco después de ser preconizado obispo, el De agone christiano; prosigue la polémica anti- maniquea con el Contra epistulam Fundamentí (incompleta), en el que refuta un opúsculo de Manes, y escribe una parte de La doctrina cristiana (v.).
Del 397 al 405 es abrumadora la actividad de A. como escritor. En el 400 publica el De Catechizandis rudibus; y en 401 los trece libros de las Confesiones, el gran libro en el que A. ama a Dios hasta llegar al desprecio de sí mismo; anteriores en unos cuantos años son los treinta y tres libros de la gran obra Contra Faustum manichaeum (a propósito de un escrito de Fausto contra el Antiguo Testamento, que había llegado a sus manos), fuente preciosa para estudiar el maniqueísmo, y el De fide rerum quae non videntur.
En 404 sostiene la controversia contra el maniqueo Félix, terminada con la abjuración de éste (De actibus cum Felice manichaeo); también contra los maniqueos escribe el De natura boni y el Contra Secundinum manichaeum, con el que finaliza la polémica antimaniquea. Hacia el 400 inició el gran tratado filosófico y teológico De la Trinidad (v.), en el que trabajó durante cerca de quince años.
Disminuida la fuerza del maniqueísmo, crece el peligro donatista. A. se lanza a la lucha: participa activamente en los Concilios antidonatistas (de Cartago en agosto de 403 y el gran Concilio de la misma ciudad de 411), en los que sostiene casi todo el peso de la discusión. A esta lucha, terminada con la derrota de los cismáticos, dedicó no pocos escritos (alguno de los cuales se ha perdido), de los que los más importantes son: De baptismo contra donatistas (401); Contra litteras Petiliani donatistae (401-405); Contra donatistas epístola o De unitate Ecclesiae (405); Liber contra donatistas post collactionem (413).
Entre tanto, los visigodos de Alarico, que habían entrado en Roma el 2 de agosto de 410, se dedican durante tres días al saqueo. Son muchos los prófugos que de Italia se encaminan a África y al Oriente; es enorme el revuelo y la desorientación. Comienzan las acusaciones contra los cristianos y contra su religión, a quienes se les imputa la ruina que se abatía sobre Roma. A. toma partido inmediatamente, y de todas estas circunstancias nació La ciudad de Dios (v.), cuyo contenido rebasa el motivo ocasional y ha quedado como la mayor concepción de la historia humana desde el punto de vista cristiano.
Entre los huidos desembarcados en África estaba Pelagio, monje británico, el cual difundió allí sus doctrinas sobre la libertad humana y la gracia divina (v. Exposición de las epístolas de San Pablo), una especie de racionalismo que desconcertaba la doctrina de la Iglesia acerca de la Revelación y de la Gracia. Pelagio pasó al cabo de poco tiempo a Oriente; pero permaneció allí su activo compañero y secuaz Celestino.
A., ya anciano, se empeñó a fondo en la lucha contra estas ideas en predicaciones, en escritos, con su participación en Concilios (Cartago y Miliana en 416; Cartago de nuevo en 418). Nacieron así las grandes obras antipelagianas: De natura et gratia contra Pelagium (413-415); Liber de perfectione justitiae horninis, contra Celesti definitiones seu ratiocinationes (415-416); De gestis Pelagii (417); Contra Iulianum haeresis pelagianae defensorern (423); Opus imper fectum contra Iulianum (429-430), que quedó incompleta por la muerte de A. Para precisar mejor su pensamiento, de un modo más sereno y menos polémico que en la controversia, escribió A. primeramente el libro De gratia et libero arbitrio, y más tarde el De correptione et gratia (426). Habiéndose presentado el pelagianismo en la Galia de forma atenuada en los semipelagianos, él lo combatió en el De praedestinatione sanctorum y en el De dono perseverantiae (429).
Tampoco estuvo ausente en la lucha contra los arríanos; en 419 escribió el Contra sermonem quemdam arrianorum liber, y unos diez años después mantuvo una polémica pública contra el obispo arriarlo Maximino, a la que siguió el escrito Contra Maximinum arrianorum episcopum. Todavía escribió en el 429 dos libros De haeresibus; al mismo tiempo, iniciaba la revisión de sus escritos y de ello da fe, aunque de un modo incompleto, las Retractaciones (v.).El azote de las invasiones bárbaras se abatió también sobre el África romana y cristiana: en 429, los vándalos de Genserico atravesaron el estrecho de Gibraltar.
En un tiempo brevísimo sólo quedaron en pie tres Iglesias: las de Cartago, Cirta e Hipona. A. enfermó el tercer mes del asedio a esta ciudad: en ella se extinguió su vida el 14 de agosto del año 430. A la razón que le pregunta (Soliloquios) : «¿Qué quieres conocer?», contesta A. : «Dios y el alma»; «¿Nada más?»: «Nada más».
Para A., poder plantear el problema del hombre significa plantear al mismo tiempo el problema de Dios: el hombre no se encuentra en su profundidad ontológica sino cuando se encuentra con Dios, cuyo problema es intrínseco al problema que es el hombre en sí mismo. Sin olvidarse del mundo, A. centra toda su vasta y profunda especulación sobre Dios y sobre el hombre, problemas distintos, pero inseparables; sólo se ocupa del mundo exterior en cuanto referido al hombre, en el que encuentra, por decirlo así, la mediación (del exterior al interior y del interior a Dios).
De aquí el esencial carácter «espiritualista» (y por ello «cristiano») de su pensamiento, distinto del «cosmológico» de la filosofía griega, no sólo aristotélica, sino también platónica. Puede asegurarse que el problema de la persona humana, cuyo planteamiento supone intrínsecamente el problema de Dios y el de su relación con el mundo creado, constituye la profunda unidad del pensamiento agustiniano, aparentemente fragmentario y sólo asistemático para los espíritus superficiales.
Su filosofía constituye un constante, ininterrumpido y ardiente coloquio entre la criatura y el Creador, en los términos de la más exigente investigación especulativa, entre el hombre que busca a Dios y tiende a Él, y Dios que viene a su encuentro; un itinerario del ser espiritual cread: hacia el Espíritu creador, una proposición amorosa (para usar de una sugestiva expresión de Rosmini) del ente finito Ente infinito, de la persona humana a Dios, Persona absoluta.
Conocerse a sí mis- ríe — pero conocerse en la estructura profunda del propio ser— es saber que Dios existe, y encontrarse con él en el terreno fecundo y fecundador de la charitas. Itinerario de amor, por lo tanto; pero no hay que entenderlo mal: el hombre, para A., es ente pensante en cuanto es partícipe de la verdad; Dios es verdad y la Verdad.
Por ello: «Intellectus valde ama». Un A. «antiintelectualista», en el sentido que se da hoy a esta palabra, que haga de la verdad un acto de pura elección subjetiva, o un producto de la vida o de la historia, es el A. antiagustiniano. Su fe sería en tal circunstancia una «fide fugiens intellectum»; y ello va contra el espíritu y la letra de sus escritos.
A. figura en la línea platónica del idealismo, más aún, es el fundador de la forma cristiana de él, que constituye la profundización y la transposición de la forma platónica del idealismo. El objeto del pensamiento es, para él, la verdad presente = la mente como imagen de la Verdad absoluta en sí, que trasciende a la mente de un orden diverso, aunque análogo.
Pero no hay que interpretar esto en otro sentido: el intelectualismo de A. no es formalismo nocional o logiquismo abstracto. La verdad no es para él una «vista» mental, sino la crida» de la mente y del hombre en su plenitud e integridad; la vida iluminada por 1= verdad y en la verdad, vitalizada por la vida y en la vida.
No se especula «en torno» a la verdad, desde el exterior, como en tomo a una cosa extraña, sino que se la piensa y se la vive desde dentro, desde dentro de ella, que es la interioridad del hombre. «Filosofar» es para A. emprender un intenso trabajo interior, una profundización de la verdad que lo suscita, lo alimenta, lo estimula y le impulsa a llegar a la Verdad que lo trasciende: «Noli foros iré, in te ipsum redi, in interiore homine habitat veri tas et si tuam naturam mutabilem inveneris transcende et te ipsum».
M. F. Sciacca

