Rabīndranāth Tagore

Nació en Calcuta el 6 de mayo de 1861 y murió en Santiniketan, cerca de Bolpur (localidad de Bengala) el 7 de agosto de 1941. El apellido de este poeta y filósofo de la India contemporánea es una forma inglesa de la palabra bengalí Ṭhákur (del ser. «ṭhakkura» = «noble», «se­ñor»); éste fue, al principio, un sobrenom­bre honorífico, y andando el tiempo se con­virtió en el nombre de la ilustre familia a la cual pertenecía Rabindranath. El literato pasó los primeros años de su existencia en un ambiente familiar dominado por una in­tensa religiosidad inspirada, en su esencia, en las antiguas y perennes concepciones panteístas de los Upaniṣad (v.). Luego de una formación escolar adquirida privada­mente en la India, marchó por vez primera a Inglaterra en 1877 para dedicarse a los estudios jurídicos. La permanencia en este país, empero, no fue larga. Vuelto a la In­dia encargóse, por voluntad de su padre, de la administración de las propiedades territo­riales familiares, y, a lo largo de unos vein­te años, conoció unas condiciones de vida que le hicieron experimentar con mayor profundidad el gran amor único e infinito que sólo en .apariencia se diversifica en amor a Dios, a la naturaleza animada e in­animada y al prójimo.

Casado a los veinti­trés años, hacia los cuarenta vio fallecer en el espacio de breve tiempo a la esposa, a una hija y a un hijo. En 1901, después de un segundo viaje a Occidente, en cuyo transcurso estuvo en Inglaterra y América, fundó en su tierra natal, concretamente en la misma localidad en la cual su padre Devendranáth estableciera el «Santiniketan» («Asilo de paz»), una escuela que denominó «Viçvabhāratī» («La voz universal»), noble y fecunda iniciativa con la que Tagore, cruel­mente herido en sus afectos familiares, pre­tendió llenar el doloroso vacío a través de la aproximación de los jóvenes alumnos a sus propios ideales de vida; el contacto directo con la luz, el aire y la naturaleza, el trabajo manual, el progreso intelectual y moral y un sano desarrollo físico eran las principales normas de la filantrópica insti­tución. En 1913, apenas franqueados los cin­cuenta años, obtuvo el Premio Nobel de Literatura; su colección de poesías titulada Gītañjali (v.), fue una revelación que se impuso al mundo entero. En el afán de conocer directamente las costumbres y tra­diciones de varios pueblos, nuestro autor realizó numerosos y repetidos viajes que le llevaron al Japón y a otros países del Asia oriental, así como a los Estados Unidos y a Sudamérica.

En 1925 estuvo por vez primera y durante algunos días en Italia, a donde volvió por más tiempo en 1926. En 1930 pro­nunció en Oxford una serie de conferencias que fueron publicadas en 1931. La produc­ción literaria de Tagore es abundante y variada, y comprende, además de las colecciones líri­cas y los libros de filosofía y religión, nove­las, cuentos y textos dramáticos, críticos y políticos. Aun cuando normalmente emplea­ra su lengua nativa, la bengalí, compuso gran parte de su obra en inglés, idioma que dominaba y utilizaba con sentimiento de poeta y perfección de artista. Entre sus textos destacan, además del ya mencionado Gītañjali, El jardinero [The Gardener, 1914], en el que se hallan reunidos algunos cantos de amor de la primera madurez, Cosecha de frutos [Fruit Gathering], compuesto en­tre 1913 y 1915, y El niño [Sisu], publicado en bengalí en Calcuta, y luego en inglés en Londres (1915) con el título de Cuarto cre­ciente [The Crescent Moon). En sus compo­siciones líricas Tagore alcanzó las más altas cum­bres del género, así como una vasta y autén­tica popularidad entre las masas de su país. La concepción del literato respecto de la vida y la posición del hombre ante Dios y la naturaleza se halla enunciada y des- arrollada en los ocho capítulos de la Reali­zación del fin supremo [Sādhanā, 1913] y reproducen algunos discursos de este autor pronunciados en Viçvabhāratī y en la Uni­versidad de Harvard.

También sus dramas procuran presentar, bajo un aspecto en ge­neral simbólico y mediante una deslum­brante riqueza de imágenes, las creencias de Tagore acerca de Dios y el misterio del uni­verso; los más conocidos son El rey [Rājā], titulado en la versión inglesa El rey de la sala oscura [The King of the Dark Chamber], y ha oficina} de correos [The Post Of­fice] en inglés; Dak ghar, en bengalí. Par­ticular interés, aun cuando limitado a un período no largo de la vida del literato, ofrece su texto autobiográfico Jībansmṛti (1912) o Mis recuerdos [My Reminiscences, 1917]. La universalidad de la doctrina reli­giosa de Tagore proviene de la visión panteísta del universo descrita en los antiguos Upaniṣad y elaborada luego por los grandes maes­tros del sistema filosófico del «Vedānta»; en la práctica, defiende la observancia de la suprema ley del amor, que debe triunfar entre la humanidad. Ello, comparado con la realidad política de todas las épocas, podría parecer una generosa y bella utopía; no obstante, la atracción de la persona y, sin­gularmente, de la mirada de su propagador, la eficacia de su palabra inspirada, la luz, el vigor y la nobleza del estilo y las persua­sivas imágenes y el tono siempre elevado que refulgen en los textos del autor, confie­ren a la utópica doctrina una consistencia ideal que valió a Tagore profundas y vastas co­rrientes de admirada simpatía.

Su religio­sidad y sus coloquios místicos con Dios, o sea el «Brahmán», o «Alma Universal», o «Uno todo» de los Upaniṣad (junto al cual puede entreverse en ciertas ocasiones una representación divina más concreta lo mis­mo que en la famosa Bhagavadgītā (v.) se revela Viṣṇu bajo su panteísta forma arcana y con rasgos personales), y su exaltación del cumplimiento del deber sin afán de recom­pensa alguna, vinculan al poeta a la secular tradición del «Vedānta», que es todavía hoy la filosofía prevaleciente entre la clase culta india, y al visnuísmo, en el que emergen la providencia y la bondad de Dios y el amor místico y devoto de los fieles a la divini­dad. Evidentemente, la concepción religiosa de Tagore resulta ajena a las condiciones rea­les de la civilización contemporánea, que son para él una aberración debida a la incom­prensión de la verdadera naturaleza del mundo. Por ello, el nacionalismo, el impe­rialismo y las consiguientes rivalidades entre los estados, así como las guerras, le merecen la consideración de falsas doc­trinas y de acontecimientos tanto más la­mentables y dolorosos cuanto- menor es la consistencia de la realidad en la cual se apoyan, falaz e ilusoria. Según él, la única verdad es el «Brahmán», con quien el hom­bre, al morir, se identifica plenamente, una vez terminado el sueño de la vida terrena.

La delicada penetración de la naturaleza en todos sus infinitos aspectos, la rara capaci­dad para describirlos bajo formas de ins­pirada poesía, la serena actitud y los vi­brantes acentos de fe que, sin embargo, renuevan el eco de las dolorosas pérdidas familiares sufridas por el poeta, la dulzura y la compasión hacia los débiles y afligi­dos y mía fina sensibilidad en el análisis del alma de los niños, asignan a la obra poética y filosófica de Tagore un eminente lugar propio en la literatura mundial de la pri­mera mitad del siglo XX. El autor vivió su larga existencia en el curso de un período histórico agitado por sangrientas luchas de pueblos; su voz, siquiera ampliamente en­salzada por sus valores ideales, fue, em­pero, «vox clamantis in deserto». Con todo, estos méritos permanecen, y vinculan la figura del poeta a la abundante serie de sabios y videntes de quienes la India ha sido cuna en el transcurso de los siglos.

Los problemas sociales — lo mismo que los refe­rentes al hombre en calidad de tal y no en relación con su pertenencia a una de tan­tas unidades estatales —provocaron siempre en Tagore una atención y ‘una preocupación mucho mayores que las cuestiones polí­ticas. Favorablemente dispuesto respecto de los ingleses, dominadores, empero, de su país, aceptó de ellos en 1915 el título de «Sir»; pero no vaciló en la renuncia al mis­mo en 1919, cuando los desórdenes del Pen- jab fueron brutalmente sofocados con la violenta represión de Amritsar. Amó lo bue­no y lo bello, y cultivó también con fervor la música y la pintura, la primera como expresión del alma, y la otra en cuanto forma de aproximación a la naturaleza di­vina. En su valor universal, el amor fue para Tagore el sentimiento primordial, fuente de todo bien; de pretender sintetizar en una expresión única toda la vida del poeta ca­bría definirla como un cántico de amor.

M. Vallauri