Quinto Horacio Flaco

Deducimos, sobre todo, las noticias referentes a la vida de H. de la obra del poeta y de la bio­grafía que de él escribió Suetonio. El nom­bre se encuentra citado en Serm. II, 6, 37; el apellido en Carm. IV, 6, 44 y en Epist. I, 14, 5; el cognomen en Serm. II, 1, 18 y en Ep. XV, 12. Nació en Venusa, antigua colo­nia latina en los confines entre Lucania y Apulia (Serm. II, 1, 34) junto al Ofanto, que aparece abundantemente citado (Carm. IV, 9, 2; Serm. I, 1, 58, y en Carm. IV, 14, 25). En la oda IV del libro III recuerda el poeta las localidades de su tierra: el apuliano Vulture, el nido de la excelsa Acerenza, los bosques de Banzi y los fértiles campos de Forenza.

Nació bajo el consu­lado de L. Manlio Torcuato (cfr. el comien­zo de la oda famosa al ánfora, la XXI del libro III y también Ep., XIII, 6) y de L. Aurelio Cotta, en el 65 a. de C. (Epist. I, 20, 27). Suetonio precisa la fecha: 8 de di­ciembre. Su padre era liberto y poseía un pequeño campo; pero no quería que su hijo recibiera una instrucción limitada a aquel pequeño centro provinciano y lo llevó a Roma, donde el buen hombre ejerció la pro­fesión de recaudador de subastas públicas para que su hijo pudiera ser educado en las mismas escuelas que estudiaban los hijos de los senadores y de los caballeros; él mismo le acompañaba para evitar que frecuentara malas compañías. Todo esto lo recuerda el poeta con conmovida gratitud en el VI serm. del I libro, y en el IV del mismo libro explica también cómo el hábito de hablar y escribir con franqueza procedía de los consejos de su padre, que le exhortaba a vivir contento de su propio estado y le ha­cía notar las peligrosas consecuencias de los excesos y de los vicios.

Entre sus maes­tros recuerda H. a Orbilio Pupillo, que le enseñaba a leer la Odisea de Livio Andrónico a fuerza de golpes (Epist. II, 1, 70-71). En su escuela hubo de aprender también la Ilíada (Epist. II, 2, 41-42). Hacia los veinte años marchó a Atenas a completar su for­mación (Epist. II, 2, 43) y abrazó con entu­siasmo el estoicismo. Pero la placidez de sus estudios viose pronto turbada por los acontecimientos que siguieron al asesinato de César (Epist. II, 2, 43-48). Bruto estaba incorporando a su ejército a muchos jóve­nes romanos, como dice Plutarco (Br., 24, 1); también el poeta acudió a la llamada de las armas y con el grado de tribuno, comandante de una legión, estuvo en el de­cisivo encuentro de Filippos, en el año 42 a. de C. El recuerdo de la derrota surgía todavía en la mente del poeta muchos años después, cuando en el 30 a. de C. escribió la oda a Pompeo Varo, la VIII del libro II: «Contigo he experimentado la derrota en Filippos y la veloz fuga, después de haber abandonado el escudo, cuando el valor hubo de ceder y aquellos que primero habían proferido amenazas mordieron el polvo».

Aquél debió de ser un momento de crisis para el joven H.: quedaba aplastado en el campo de batalla el ideal republicano de la libertad del espíritu que había armado a los conjurados, y aunque el poeta no llegó a la desesperación de Bruto al reconocer el poder ejercido por la fortuna sobre todas las cosas, incluso sobre la virtud, se alejó, sin embargo, del estoicismo para acercarse al epicureismo, es decir, a una concepción que trata de encontrar en el sentido del límite la fuerza para superar las dificulta­des y amarguras de la vida diaria. Pero pronto hubo de buscar una ocupación en Roma, por la pérdida de su campo de Venusa, que le había sido quitado en la dis­tribución de tierras a los veteranos del ejér­cito triunviral, y se convirtió así en secre­tario del cuestor con el encargo de cuidarse de los registros de la contabilidad pública. Precisamente en aquel tiempo, la pobreza le impulsó a escribir versos (Epist. II, 2, 51), y escribió las primeras sátiras y los primeros épodos.

Eran composiciones de ca­rácter polémico, que tomaban fuerza y vi­gor en su nueva concepción de la vida. Estos primeros frutos de su actividad poé­tica, incluso por las reacciones que susci­taron, lo dieron pronto a conocer en los ambientes literarios y le valieron la amis­tad de Virgilio y de Vario, que en el 38 a. de C. lo presentaron a Mecenas. Una va­liosísima descripción de este encuentro lo encontramos en la sátira VI del libro I (vv. 55 y sig.): «Cuando te tuve delante, bal­bucí pocas palabras, porque la turbación me impedía hablar: no te dije que descen­día de padre ilustre y que iba a caballo a visitar mis haciendas de Tarento, sino que te confesé mi condición. Me respondiste, como es costumbre tuya, con pocas pala­bras; me fui; nueve meses después me lla­maste y me admitiste en el número de tus amigos». Fue un acontecimiento decisivo en la vida del poeta: terminaba una vida mí­sera y sin esperanzas y se iniciaba entre los dos hombres una amistad íntima, basada en su profunda afinidad espiritual.

Mecenas re­galó, en el 32, a su amigo la famosa villa de Sabina, al este de Tívoli, cerca de Mandela, que constituyó para H. un verdadero paraíso, adonde le gustaba retirarse huyen­do de la estrepitosa vida ciudadana y del clima de Roma, no muy saludable para él. Desde aquel momento hasta su muerte, su vida transcurrió tranquila y sin sobresaltos, como la vida de un hombre que tiene lo que le basta y no desea más, y que precisa­mente por eso se siente dueño de sí mismo y de sus cosas y puede observar con sere­nidad el mundo circundante, desde lo alto de su experiencia, y comprender los defec­tos y las debilidades de los otros. Muchas de sus jornadas debieron ser semejantes a las que él describe con elocuencia insupe­rable en la sátira VI del libro I (v. 111-126): «Me voy solo donde me place, me informo sobre los precios de las hortalizas y del farro, doy una vuelta por el circo, encuen­tro a gente de vida airada, y por la tarde, en el foro, me detengo a oír a los adivinos, después me vuelvo a casa, a mi plato de puerros, garbanzos y buñuelos; me sirven la cena tres esclavos, y una mesa de már­mol blanco sostiene dos copas y la medida; hay también un tosco recipiente en forma de erizo de mar, la botella para el vino y la taza para las libaciones, utensilios procedentes de Campania.

Después voy a dor­mir, sin el pensamiento de tener que levan­tarme temprano al día siguiente para ir a llevar la fianza al pretor… Estoy en la cama hasta la diez, luego me voy a paseo o bien, después de haber leído o escrito algo de que pueda gozar en recogimiento, me unto de aceite, no de ese que usa Natta después de haberlo robado de la lámpara. Pero cuan­do me siento cansado y el sol demasiado abrasador me invita a ir al baño, dejo el campo de Marte y el juego de pelota. Des­pués de haber comido lo que necesito para no quedar en ayunas hasta la cena, me que­do dedicado al ocio en casa. Esta es la vida de los que no tienen ambiciones opresivas, que nos hacen infelices; de esta suerte pienso vivir más agradablemente que si descen­diese de familia de cuestores». En el 37 a. de C. partió de Roma para acompañar a Mecenas que se dirigía a Brindisi a pre­parar la entrevista entre Octavio y Anto­nio; describió este viaje en la célebre sá­tira V del libro I, partiendo de un viaje análogo, por tierra y por mar, de Roma a Mesina, descrito por Lucilio en el libro III de sus Sátiras (v.). En el 35 a. de C. publi­caba el libro I de sus Sátiras que él llamó Sermones (v. Sátiras y epístolas) y que de­dicó a Mecenas.

Al mismo tiempo seguía escribiendo los Épodos (v.), de los cuales nos interesan particularmente el I y el IX, porque en ellos se hace mención de los preparativos que condujeron a la batalla de Actium en el 31 a. de C. En el 30 a. de C. publicaba el II libro de las Sátiras y los Épodos, los cuales, por la variedad de los temas, pueden considerarse como muestra anticipada de su producción lírica. En efec­to, en los años que siguieron H. compuso los tres primeros libros de las Odas (v.), que publicó en el 23 a. de C., con un poema final (el XXX del libro III) en el que de­clara que está seguro de haber alcanzado la inmortalidad. En el año 17, Augusto, que­riendo dar nuevo lustre a los «ludi saeculares», confió oficialmente al poeta el en­cargo de componer el himno a Diana y a Apolo, que debía ser cantado por veintisiete jóvenes y otras tantas muchachas en el templo de Apolo sobre el Palatino, y así fue escrito el Canto secular (v.), recordado también por Suetonio.

El mismo Suetonio nos informa que en 15 a. de C. el empera­dor rogó al poeta que celebrara la victoria alcanzada por sus hijos adoptivos Tibe­rio y Druso sobre los réticos y los vindélicos; entonces compuso los poemas IV y XIV del libro IV, a los que siguieron otros poemas hasta el año 13 a. de C., en que fue publicado el libro JV de las Odas. El mismo poeta nos dice que tomó la lira de manos de los grandes poetas de Lesbos, Safo y Alceo; se inspiró también en los modelos helenísticos. Pero no existe poesía grande si no se superan los modelos y no se vuel­ve a crear la materia poética. Y H. es un gran poeta cuando canta los motivos que le son caros: los banquetes y las luchas amo­rosas (Carm. I, 6, 7); la sonora morada Albunea, el apresurado Aniene y el bosque sagrado de Tibumo (Carm. I, 7, 17 y sig); las danzas de las ninfas y de los sátiros (Carm. I, 1, 30-31); la fuente de Bandusia (Carm. III, 13, 1); o cuando eleva himnos de exquisito frescor a Venus (Carm. I, 30) o a Diana (Carm. III, 22); o cuando con gravedad antigua celebra y esculpe episo­dios y figuras en las Odas romanas (v.) del libro III.

Sabemos por Suetonio que en el año 25 a. de C., en la expedición contra los cántabros, preguntó Augusto a H. si quería ser secretario suyo para la correspondencia privada; el poeta, con la excusa de su poca salud, opuso una cortés negativa, cuya alu­sión incierta encontramos en la oda VI del libro II, en la que el poeta, respondiendo a su amigo Septimio, que le lleva los saludos del emperador y que está a punto de mar­char de nuevo a España, responde que pre­fiere la tranquilidad de su vida sabina a los largos viajes a regiones lejanas. En el año 20 había publicado el libro I de las Epís­tolas, que muestran una visión todavía más comprensiva de la vida humana y que, ate­nuadas las notas polémicas, llevan la marca de una humanidad más madura e íntima. En los años siguientes, Augusto reprochó a H. el hecho de no haberle dedicado ninguna epístola, a lo que éste contestó dedi­cándole la primera y larga epístola del li­bro II.

Éste comprende también la Epístola a Floro y la Epístola a los Pisones, la cual, más conocida con el nombre de Arte poé­tica (v.), alcanzará una extraordinaria for­tuna en los siglos siguientes y ejercerá un gran influjo sobre teorías estéticas posterio­res. Este libro II fue publicado probable­mente en el año 13 a. de C. Suetonio nos in­forma que Mecenas, antes de morir en el año 8 a. de C., recomendó el poeta al empe­rador con estas palabras: «Acuérdate de Ho­racio Flaco como de mí mismo». Pero el poeta había profetizado ya en la oda XVII del libro II que no sobreviviría a su gran amigo. Y resultó profeta, ya que murió poco tiempo después, el 27 de noviembre, y fue sepultado junto a Mecenas en el Esquilmo.

F. Pini