Pietro Aretino

Nacido en Arezzo el 19 de abril de 1492, m. en Venecia el 21 de octu­bre de 1556. Hijo de un pobre zapatero, trasladóse cuando tenía poco más de quince años a Perusa, donde animó con su temperamento exuberante y con su poesía el licencioso ambiente estudiantil y artístico allí existente; hizo en esta ciudad sus pri­meras y poco afortunadas pruebas en el arte de la pintura, abandonándola después para colocarse en la tienda de un librero, en la que empezó a forjarse una cultura con los volúmenes y códices que en ella había.

Pero no era ciertamente la ciudad umbría un ambiente en el que pudiera abrirse camino en el campo de las letras, y cuando apenas tenía veinte años se enca­minó a la babélica Roma de León X, donde pronto se dio a conocer, especialmente por su espíritu satírico en el campo cortesano, consiguiendo entrar en la corte del magní­fico Agostino Chigi — el más rico mercader y banquero de la Cristiandad—, y después en la papal, donde se ganó altas proteccio­nes y preciosas amistades, aunque también, con sus escritos satíricos, tenaces y peli­grosos enemigos.

Aun participando perso­nalmente en la alegre y viciosa vida ro­mana, escribía ininterrumpidamente can­ciones, artículos, poesías de todo género y sus feroces «pasquines», que lo hacían muy popular, así como composiciones obscenas — acogidas con mucho favor en el corrom­pido ambiente renacentista—, mientras con sus Pronósticos (especie de calendarios de la época) y sus Lettere volanti, casi siem­pre de tema político, desarrolló una autén­tica, aunque embrionaria, forma de perio­dismo, por lo que con toda razón ha sido considerado como el primer campeón del «cuarto poder».

Convertido más tarde en allegado del cardenal Julio de Médicis, y protegido por el marqués de Mantua, Fe­derico Gonzaga, en cuya corte era uno de los elementos más sobresalientes, aceptó la invitación de Juan de Médicis, su ami­go íntimo, para que hiciera vida de cam­po con sus Bandas Negras, en calidad de secretario y, dada su astucia y su olfato político, como preciado consejero.

Cuando su protector Julio de Médicis llegó al solio pontificio, donde tomó el nombre de Cle­mente VII, Aretino decidió trasladarse de nuevo a su corte; pero, caído en desgracia, y des­pués de haber sufrido una tentativa de ase­sinato, abandonó Roma para volver con el condotiero de las Bandas Negras, al que no abandonó hasta que murió.

Tenía entonces en Roma demasiados enemigos (entre ellos los Berni y los Doni) para vivir en ella sin peligros, y no le quedaba otro asilo que la República veneciana. Llegado allí, fue bien recibido y obtuvo la protección del mismo dux, Andrea Gritti, y de los conse­jeros, que habían comprendido la utilidad que se podía derivar de la actividad de un buen gacetillero y de las relaciones y con­tactos que Aretino tenía con los más altos y poderosos personajes de la época y del fa­vor de que gozaba cerca de príncipes, pon­tífices y monarcas, como Francisco I de Francia y el sol de la época, Carlos V, que había asignado al escritor una generosa pensión anual.

Así, en poco tiempo, Aretino se convirtió en una de las más singulares y poderosas figuras de Venecia, en donde también era popularísimo por los actos de beneficencia que realizaba, gracias al río de oro y a los regalos que afluían a su her­mosa casa del Gran Canal, aportados por personajes de todas las clases sociales, es­pecialmente príncipes y monarcas, con el objeto de ser recordados y exaltados en sus obras literarias y no aludidos en sus com­posiciones satíricas.

Mientras tanto, la ban­dera de rebeldía contra la pedantería enarbolada por Aretino le procuraba incondicionales simpatías, especialmente de parte de los jó­venes escritores, algunos de los cuales, crea­ciones suyas (como N. Franco, que se con­virtió después en enemigo suyo), seguían desarrollando aquel género literario satíri­camente obsceno que se denominaba, y con­tinúa denominándose, «aretinesco» a causa de su creador.

Y su casa, alegrada por un sorprendente serrallo de hermosas y com­placientes damas, llamadas popularmente «las Aretinas», además de ser frecuentadísima — dada la liberal mentalidad de la época en el aspecto moral— por nobles, prelados, guerreros, comerciantes y altos personajes, se había convertido en un se­lecto cenáculo artístico y literario, al que asistían asiduamente los más conocidos eru­ditos y, entre los artistas, Iacopo Sansovino y Tiziano, que formaban con Aretino un triun­virato inseparable.

Pero pese a la esplén­dida, cuanto viciosa, vida que llevaba, Aretino continuaba, gracias a las innumerables im­prentas venecianas y dada su gran facilidad de escritor, intensificando su multiforme actividad literaria y, habiendo abandonado los géneros satírico y poético, y los obs­cenos — de los que el ejemplo más carac­terístico lo constituyen los Ragionamenti, obra originalísima y considerada como un breviario por todos los que se dedicaban a la vida galante —, se dedicó sobre todo a la composición de sus comedias (La corte-sana, v., 1526; II marescalco, 1533; La Talanta, v., 1542; El hipócrita, v., 1542; El filósofo, v., 1546; la tragedia La Horada, v., 1546), las cuales, no inspiradas, como era usual en el Renacimiento, en los modelos clásicos, sino basadas en observaciones de la vida real, deben considerarse como fun­damentales en la historia del teatro.

Ade­más, con sus Cartas (v.) —reflejo y docu­mento, junto con el Diálogo de las Cortes (1538, v.), del ambiente y de los aconte­cimientos de su tiempo — favoreció el des­arrollo del género epistolar, alternando des­pués los escritos en los que campea la gra­cia y la originalidad con otros de aquel estilo ampuloso que anuncia el siglo XVII —pero que entonces era una novedad — con sus «obras ascéticas» (v. Paráfrasis so­bre los siete salmos, 1534; De la humani­dad del Hijo de Dios, v., 1534; Vida de la Virgen María, v., 1539; Vida de Santa Cata­lina, v., 1540; Vida de Sto. Tomás de Aquino, v., 1543), con las cuales tendía a faci­litar su nombramiento de cardenal, al que aspiraba, y que pareció probable en algún momento.

Su especial e insólita clase de vida y su actividad literaria pudieron des­envolverse intensamente hasta su muerte — ocurrida a causa de una enfermedad sú­bita— y han determinado que su impar figura sea digna de brillar con luz viva, aunque no pura, en el firmamento de los nombres ilustres del «gran siglo».

A. del Vita