Pierre de Ronsard

Nació el 11 de sep­tiembre de 1524 en el castillo de la Possonniére (Vendómois) y murió el 27 de diciembre de 1585 en St.-Cosme-lez-Tours. Fue hijo de una familia de la pequeña nobleza estable­cida en la región hacía ya varios siglos. Los Ronsard eran «sergents-fieffés (o sea guar­das de caza) de la fóret de Gastine», y Loys, el padre del futuro poeta, nombrado gentil­hombre por Luis XII, perteneció a la casa de Francisco I, participó en la batalla de Pavía (1525), siguió a Madrid a los hijos del monarca, rehenes de Carlos V tras la derrota de los franceses en el Milanesado, y llenó los ocios del cautiverio (1526-1529) con la composición de versos; poseía, en efecto, un temperamento de artista, refinado en los gustos y abierto a las influencias, y fue, para su hijo, un guía inteligente. Pierre nació en la bella morada renacentista reconstruida por su padre, y pasó la infan­cia entre las suaves lomas del Vendómois, llenas de sombras y frescor, donde fluyen, claras y mansas, las aguas del Loira y el Braye, no lejos de la meseta de Gâtine (entonces Gastine), «antres secrets de frayeur tout couverts»; así, pues, el sentimiento de la naturaleza aparece en él como el más genuino e íntimamente vinculado al des­pertar de la sensibilidad.

Tenía doce años cuando su padre llevóle a la corte. Trans­curridos sólo tres días al servicio del Delfín en calidad de paje, asistió con espanto a la muerte repentina del joven príncipe, y pasó a servir a su hermano Charles d’Orléans; luego acompañó a Escocia a la otra hija del monarca, Madeleine, llegada a reina de este país y fallecida al cabo de dos meses. Ronsard parece haber permanecido en el territorio escocés durante un par de años. Vuelto a Francia, fue escudero de las caballerizas reales, «escuela de honestos y virtuosos ejercicios». Estuvo en Alemania por espacio de tres meses (1540) con el diplomático Lazare de Baïf, más bien humanista fer­viente que embajador. El joven paje, de rasgos finos y distinguidos y ademanes agra­ciados, y con una mirada en la que brillaba la inteligencia, parecía destinado a prospe­rar en la carrera militar o diplomática; sin embargo, víctima, tras unas fiebres reumá­ticas, de una sordera precoz, dolencia que habría de afligirle toda la vida, inclinóse hacia otros destinos, y buscó en la poesía la realización de su sueño de gloria.

Mien­tras tanto, recibía la tonsura (6 de marzo de 1543) durante un viaje a Le Mans con su padre, y ello no ciertamente como prepara­ción al sacerdocio, sino a fin de asegurarse, como solían hacer en aquella época sobre todo los nobles segundones, los ingresos de los beneficios eclesiásticos denominados «bénéfices en commende», bienes de la Iglesia con renta confiados por privilegio a laicos tonsurados. A 1542 cabe datar el principio de su actividad poética. Ronsard había leído con avidez los Salmos de Clément Marot (v.), y, como si presintiera que el camino ideal y necesario hacia el pensa­miento antiguo pasaba por Italia, habíase aproximado a los poetas de la Antigüedad, Virgilio y Horacio, mediante el concurso de un culto italiano, Claudio Duchi, hermano de la favorita del futuro Enrique II. Todo ello, empero, no le hubiese consagrado poeta de no haber alentado Ronsard tanta ambi­ción como ansia de saber ni conseguido disciplinar mediante un estudio fecundo y constante las impaciencias de un talento precozmente maduro, pero inexperto.

A la muerte de su padre (1544), «convoiteux de savoir», buscóse un maestro, y durante cinco años aprendió y profundizó el griego y el latín bajo la guía de Dorat; era éste un helenista de fama, erudito filólogo más bien que literato, y a él corresponde el mérito de la iniciación de toda una generación en la poesía griega y en la belleza pura. Aque­llos años fueron fecundos en labor e ideas, y viéronse alegrados por fieles amistades — Jean-Antoine de Baif (v.), Joachim du Bellay (v.) —, singularmente cuando el joven Ronsard dejó el cargo de escudero e ingresó en el Colegio de Coqueret (noviembre de 1547), situado en el Barrio Latino y dirigido por Dorat. Jamás un discípulo ilustre ex­presó un reconocimiento más vivo a un maestro asimismo insigne; ello permite con­siderar decisiva en la formación espiritual del poeta la influencia del humanista.

Ronsard era el alma de aquel pequeño grupo de jóvenes que, con fervor de neófitos, cultivaban el sacro amor a la poesía, en tanto, por otra parte, no despreciaban los pasatiempos go­liardescos sanos y ruidosos. «La bande solennelle du Saint-Pamasse» adoptó la de­nominación de «Brigade», que cambió luego por la más pomposa de «Pléiade»; en nom­bre del conjunto, Du Bellay redactó el manifiesto revolucionario de la nueva es­cuela poética, la Defensa e ilustración de la lengua francesa (v.), en el que en forma polémica y no siempre clara, se afirmaba la dignidad del idioma vulgar, el alto valor de la poesía y la superioridad de los géneros antiguos respecto de los medievales. Era todo ello la expresión de las ideas de Ronsard, el cual, con viva conciencia de su valer, ratificó la esencia de tales criterios en un altiso­nante prólogo a los cuatro primeros libros de Odas (1550, v.). Nuestro autor incliná­base a los maestros más ilustres, Píndaro y Horacio, rompía la tradición («Prenant style á part, sens á part, ouvre á part, ne désirant avoir rien de commun avec une si monstrueuse erreur», o sea la Edad Media y la época anterior a él, cuyo representante poético era el respetable poeta cortesano Mellin de Saint-Gelays) e intentaba llevar la poesía francesa a niveles todavía no alcanzados mediante la nobleza de los gé­neros y temas, la amplitud de movimientos y la diversidad y la pericia de ritmos y estrofas.

Las odas pindáricas, excesivamente densas de erudición y menos aceptadas por la posteridad, consagran, sin embargo, el género en cuestión en la poesía francesa, y anuncian a un poeta poseedor del don de la imagen y la conciencia del ritmo. Las odas horacianas son más afines a su tempe­ramento, lleno de sensualidad, entristecido, al mismo tiempo, por la caducidad de los bienes terrenos, atento a los cambios de las formas, y ya sensible a secretas relaciones entre los estados espirituales y la natura­leza; el artista encuentra con ellas su esen­cia humana en un epicureismo voluptuoso teñido de melancolía, y la recrea sobre la base de imitaciones y reminiscencias libres­cas, lo cual hace difícil distinguir, en su poesía, la ficción de la realidad. Alabado por los compañeros de escuela, admirado por los eruditos y menospreciado por los «poetas cortesanos», a quienes más bien dejó malparados en el mencionado prólogo, Ronsard atrajo hacia sí un gran interés. Para mitigar la cólera de los detractores y ga­narse una atención más amplia, doblegóse a la moda contemporánea, que juzgaba a Petrarca (ya los petrarquistas) el gran modelo de la poesía amorosa, y, tras Du Bellay y Pontus de Tyard, cantó a su dama, su Laura, que fue la primera inspiradora del poeta: Cassandra Salviati, hija de un rico banquero florentino.

Y así, publicó el libro inicial de los Amores (1552, v.), integrado por ciento ochenta y tres sonetos que reve­lan, además de los convencionalismos pro­pios del género, una doble inspiración: la que se eleva hacia el amor galante, creador de ideales y de virtud, y la que desciende hasta quedar vinculada a la «tradition gau­loise», abundante en realismo. Ronsard lleva su voz peculiar e inconfundible al concierto petrarquista mediante la exaltación del sentimiento amoroso en su doble aspecto espi­ritual y sensual. Cuando, posiblemente en 1555, encontró en Bourgueil (Anjou) a una lozana campesina llamada Marie (con segu­ridad Marie Dupin), halló su inspiración en un hecho de escasa importancia, y cantó sus gracias con acentos más genuinos y familiares, en los que el arte, exquisita­mente delicado, se vela tras una aparente simplicidad. Después de Cassandra, Marie l’Angevine aparece inmortalizada en el segundo libro de los Amours, Continuation des Amours (1555), y Nouvelle continuation des Amours (1556), obras a las cuales aña­diría el poeta, en el ocaso de su vida, Les sonnets sur la mort de Marie (1578).

Era ello «le beau style bas populaire et plai­sant»… «coulant d’un petit bruit comme une eau qui distille» de la lira del autor. Junto a él se halla un Ronsard menor, escasa­mente disciplinado y erótico: el del Livret de Folastries (1553). Al par que abandonaba la imitación de la gran poesía antigua para hacerse anacreóntico en Bocage (1554, v. El bosquecillo real) y en Mélanges (1554), re­nunciaba también a las audacias lingüísticas, a las metáforas; oscuras y a los arcaísmos, convertíase en autocrítico en la tercera edi­ción de las Odes, que apareció en 1555 notablemente «purgada» en cuanto a erudi­ción, e inauguraba prematuramente, como dice uno de sus críticos, Jean Vianey, «la réforme de Malherbe». Después de Píndaro, Horacio, Petrarca y Anacreonte, Ronsard procuró igualar a Calimaco, y compuso los Himnos (1555 y 1556, v.). El ingenio maravillosa­mente dúctil del poeta pretendía entonces elevarse hacia los grandes temas de la filo­sofía.

Encomiásticos, mitológicos y filosófi­cos, los Hymnes, no ciertamente libres de lugares comunes y de elogios demasiado evidentes destinados a los reyes y a los grandes, revelan, no obstante, un fervor sincero, y, mucho mejor que la tardía obra La Fraudada (v.), muestran la calidad del autor como poeta épico. En ellos Ronsard con­vierte el alejandrino en verso de la poesía grave — «le vers heroïque» — y consagra la reflexión oratoria, que tan adecuada al ge­nio francés habría de resultar. Llegado a este punto de su vida, pudo considerar con legítimo orgullo el camino recorrido. Una producción continua, y orquestada a varias voces, habíale impuesto a la atención de los literatos; incluso los adversarios inclinaban sus estandartes ante la nueva escuela poé­tica y su jefe. Enrique Il le concedió varias prebendas eclesiásticas y le honró con el título de poeta oficial (1558), que le obli­gaba a la composición de poesías de cir­cunstancias y de otros pasatiempos litera­rios destinados a las fiestas reales, que luego reunió en colecciones como la titula­da Élégies¡„ mascarades et bergeries (1565, v. Elegías).

Tras el advenimiento del joven Carlos IX, que le distinguió más bien como amigo, conoció finalmente la holgura, y pudo cuidar de la revisión y la primera edición completa de sus obras, en cuatro tomos: Amours, Odes, Poèmes e Hymnes (1560). Sin embargo, acercábanse tiempos duros para Francia. Divididos los espíritus por las controversias religiosas entre cató­licos y hugonotes, los ánimos iban endure­ciéndose cada vez más en la violencia de las discordias civiles. Ronsard, sinceramente afecto a la dinastía de los Valois y fiel a la tradi­ción nacional y católica, puso, en los Dis­cursos (v.), fervientes acentos de amor patrio, matizados por el dolor o la ironía, puso de manifiesto las culpas de los mismos adeptos del catolicismo e inspiró en la cólera o la compasión expresiones vigoro­samente realistas. Añadió antes que nadie una cuerda de bronce a su admirable ins­trumento para acompañar con ella la sátira política, «déformation agrandie et passion­née de l’histoire».

Ronsard no halló adversarios de su talla; éstos descendieron a la invec­tiva y a la ofensa vulgar. Sólo uno, de no haber sido entonces un adolescente, hubiese podido enfrentarse a él con pasión y talento iguales: D’Aubigné (v.), el futuro autor de las Trágicas (v.). La paz de Amboise (1563) significó una tregua. Después de 1564 aumentaron los honores y las «corvées» del autor como poeta cortesano, y Ronsard vio trans­currir su vida en el palacio real (desem­peñó asimismo el cargo de «conseiller et aumônier ordinaire du Roi») y en la pro­vincia nativa, a donde iba con frecuencia para vigilar la administración dé sus inte­reses. A 1569 pertenecen los libros sexto y séptimo de los Poèmes. En París el poeta acostumbraba frecuentar la tertulia de la maríscala de Retz, «una de las más cultas e ingeniosas damas de Francia», que se adelantaba en cincuenta años a las brillan­tes y doctas reuniones de la célebre mar­quesa de Rambouillet; allí relacionóse con artistas, poetas, cortesanos, militares y be­llas mujeres, y cierto día (posiblemente en 1571) conoció a una joven pariente de la señora de la casa, Hélène de Surgères, da­misela de honor de la reina madre, muy graciosa, como cuantas integraban el fa­moso «escadron volant de la Reine».

Fue aquélla la última inspiradora de Ronsard, quien, de salud delicada y envejecido precozmente a causa de las velas pasadas en estudio y los no rechazados placeres de este mundo, sen­tía acentuarse, con la edad, su melancolía innata y el sentimiento de soledad ante la aparición de nuevos ideales. También los hombres habían cambiado; y así, triunfaba entonces en la corte el joven Desportes (v.), poeta favorito de Enrique III, que sucediera a su hermano en 1574. Dos años antes, La Franciade, la epopeya empezada a preparar por su autor hacía ya más de cuatro lustros, conocía el fracaso por demasiado artificiosa y permanecía incompleta. Ronsard quien no que­ría verse suplantado por nadie se retiró a sus prioratos, y cantó el amor hacia la damisela de Catalina de Médicis, sentimiento intempestivo y no correspondido en la rea­lidad, última llama de los sentidos antes de la resignación, y tranquilo y magistral canto del crepúsculo, que dio lugar a los Sonetos para Helena (1578, v.). El literato abandonaba de vez en cuando su tierra nativa para breves permanencias en la capi­tal, y gustaba encontrarse de nuevo en me­dio de los paisajes que inicialmente inspi­raban a su musa.

Cantó aún su bosque de Gâtine, amenazado por el hacha del leñador, como si el poeta, más que cualquier otro, pudiera sentir la fuerza misteriosa que une, en el conjunto de la creación, la naturaleza al hombre. La salud de Ronsard, empero, iba declinando rápidamente; la gota, que le atenazaba ya desde hacía años, no le daba reposo. En afligidos versos despidióse de la vida, resignado a la caducidad de la carne, pero seguro de la inmortalidad del espíritu; su lira calló sólo pocos días antes del fin. Murió cristianamente la noche del 27 al 28 de diciembre de 1585 en Saint-Cosme, cerca de Tours. Su cuerpo recibió sepultura en el coro de la capilla ojival de este priorato. Dos meses después se le tributaba en París el piadoso recuerdo de unos solemnes fune­rales. Ronsard había dedicado sus últimos diez años a la revisión de su obra, que ordenó sin descanso a través de nuevas ediciones colectivas (1578 y 1589), la quinta y la sexta. Su trayectoria de poeta cerrábase armoniosamente. A su ingreso en el mundo de las letras sólo uno le había parecido merecedor de este título: Marot, muerto en 1544.

Luego, consciente de su elevación de la palabra al nivel del canto, atrevíase a confiar su obra a la posteridad. Boileau ratificó su injusta condenación por los neo­clásicos calificándole de «poète orgueilleux». Dos siglos después, empero, los románticos, iluminados por el agudo juicio de Sainte- Beuve, recogían su herencia y hallaban en ella la más pura tradición lírica francesa.

A. Bruzzi