Paul Ludwig von Beneckendorff Hindenburg

Nació en Posen el 2 de octubre de 1847, y murió en Neudeck el 2 de agos­to de 1934. En el curso de su larga vida conoció las experiencias políticas y milita­res más diversas. En enero de 1871 asistió a la proclamación del Imperio alemán en la Sala de los Espejos, en el palacio de Versalles, y en 1911 pidió y obtuvo la jubilación con el grado de general jefe de cuerpo de ejército, según parece por di­vergencias personales con Guillermo II. En 1914, empero, estallada la guerra, sin­tióse la necesidad de su prolongada expe­riencia militar, y fue nombrado comandante de las fuerzas armadas del frente oriental, en lucha contra Rusia. Con el concurso de Ludendorff logró derrotar al enemigo en grandes batallas de aniquilamiento, en Tannenberg y los lagos Masurianos.

Durante la primavera de 1916 rechazó una ofensiva rusa dirigida por el general Brussilov, y algunos meses después, en agosto, fue lla­mado a sustituir al general en jefe Falkenhayn. Trasladóse entonces al frente occidental, que, descartada Rusia, había pasado a ser el más importante para Alema­nia. Y así, precisamente él, que llevara a cabo en el Este una rápida lucha destruc­tiva, hubo de enfrentarse en Occidente con la necesidad de una guerra de trincheras: Alemania viose entonces obligada a de­fenderse de los ataques progresivamente poderosos de los aliados, auxiliados por Nor­teamérica, «rica en energías juveniles y potencia económica», según diría más tarde H. en su libro de memorias De mi vida (1923, v.), Ante la crítica situación de sus tropas, el 29 de septiembre de 1918 pidió él mismo al gobierno que iniciara negociaciones para un armisticio. Terminada la guerra, se retiró a la vida privada; pero, en 1925, al morir el presidente Ebert, los grupos de derecha promovieron y lograron obtener la elección de H. a la presidencia de la República; ello constituyó una primera y grave claudica­ción de la nueva Alemania liberal y llevó, pocos años después, al advenimiento de Hitler.

En 1932 casi todos los partidos demo­cráticos votaron en favor del anciano gene­ral, confiados posiblemente en su espíritu antinazi, bajo la divisa: «Quien vota a Hindenburg derrota a Hitler»; sin embargo, el año siguiente el feldmariscal nombraba can­ciller del Reich al jefe del nacionalsocia­lismo, con cuya acción confirmaba el hun­dimiento de la democracia.

F. Catalano