Nicholas Vachel Lindsay

Nació el 10 de noviembre de 1879 en Springfield (Illinois), donde murió el 5 de diciembre de 1931. Pintor fracasado, en 1905, a impulsos de la nece­sidad, partió de Nueva York y fue a vaga­bundear por el Oeste. Ruidoso, ronco y solemne, recitaba o cantaba, a cambio de comida y alojamiento, sus improvisaciones poéticas, rimas espontáneas de visionario cuyas ingenuas audacias eran una incons­ciente y profunda interpretación del ritmo y el tono de su época. La fama de este exaltado, que atraía a los oyentes con el ímpetu de sus versos, ya mágicos, ya frené­ticos y brutales, y se juzgaba investido de una misión evangélica de matiz whitmaniano, difundióse muy pronto; y así, Lindsay vio publicadas sus poesías en varias revistas y en una serie de volúmenes y figuró entre los representantes del renacimiento poético norteamericano.

Sin embargo, su principal fuente de ingresos siguió siendo su fatigoso peregrinaje de trovador moderno, que andando el tiempo, empero, perdió gran parte de su interés y convirtióse en una rutina extenuante y llena de humillaciones y en una prostitución a los gustos más vulgares de un público callejero de taberna. Durante el invierno Lindsay se ganaba la vida pronun­ciando conferencias por cuenta de asocia­ciones católicas y prohibicionistas. Lamen­tábase cada vez más de la imposibilidad de profundizar su inspiración poética y de forjarse una cultura; fue siempre, en efec­to, un inculto y un provinciano, y vivió torturado por la miseria, la salud precaria y cierto desequilibrio mental, en tanto su figura llegaba a ser legendaria y los críticos más crueles hablaban de él como de «un San Francisco de la legua» y un «William Blake del jazz».

Después de las tres primeras colecciones, El general William Booth en­tra en el cielo (1913, v.), El Congo y otras poesías (1914, v.) y El ruiseñor chino [The Chínese Nightingale, 1917], sus poesías se hicieron monótonas y fatigosas, y complicáronse a través de simbolismos y jeroglí­ficos. Lindsay contrajo matrimonio en 1925 con una profesora, de la cual tuvo dos hijos, y algunos años más tarde se trasladó a su ciudad natal, por la que sentía una especie de mística adoración. Agotada ya su endeble inspiración de cantor ambulante y perdida ya la fe en su «misión», conoció un final tétrico y desesperado; su muerte fue, pro­bablemente, voluntaria.

N. D’Agostino