Abraham Lincoln

Nació en una familia de modestos colonizadores de Hardin County (Kentucky) el 12 de febrero de 1809 y murió asesinado en Washington el 15 de abril de 1865. La adolescencia en los bosques y a orillas de los ríos de Indiana e Illinois, los años de formación en New Salem, junto a los libros de jurisprudencia y los clásicos, y las inquietas relaciones amorosas de este joven y pobre abogado rural de figura en­juta y melancólica se han fundido, en la leyenda, con la poesía (precisamente un poeta, Cari Sandburg, ha sido el principal biógrafo de Lincoln). En 1837, el futuro gran presidente, que se había revelado un fer­viente «whig», establecióse en Springfield (Illinois), donde permaneció veinticuatro años, salvo durante un período de modesta actividad en el Congreso como miembro de la «House of Representativos» (1847-49). A los cuarenta años era todavía un abogado y político provinciano, casi desconocido fue­ra de Illinois. Aprendió de Jefferson los primeros principios democráticos, y tenía ideas realistas y moderadas sobre el pro­blema fundamental de la época, o sea el de la esclavitud de los negros del Sur.

Consi­deraba esta situación como un mal social y estaba firmemente convencido de que era necesario impedir su difusión por los esta­dos norteamericanos; sin embargo, no in­tentaba imponer la abolición inmediata de aquélla a los territorios meridionales, ante bien, era partidario de una acción progre­siva y pacífica en favor de la desaparición de la esclavitud. De esta suerte, Lincoln descon­tentaba a los partidarios más ardientes de ambas partes; a pesar de ello, comprendía indudablemente que la cuestión de los es­clavos hallábase vinculada a la compleja fisonomía de la economía del Sur, y que el «slogan» de la emancipación era suscep­tible de desempeñar un amplio y decisivo papel en la lucha entre el capitalismo in­dustrial de los estados septentrionales y el latifundismo de los meridionales. Mientras tanto, Lincoln iba inclinándose hacia el partido republicano, al cual se adhirió tras la con­vención de Bloomington (1856). Candidato de éste durante la campaña para las elec­ciones senatoriales de 1858, fue derrotado; sin embargo, sus famosos debates con el candidato demócrata Douglas le dieron po­pularidad en toda la Federación, por cuanto había revelado en él extraordinarias dotes de orador, profundidad de pensamiento y de preparación, madurez de juicio y una gran fe en la «misión» propia. Después de esta campaña el partido republicano tuvo en Lincoln un «leader» de fama nacional.

En 1860, en un período tumultuoso de escisiones y odios, Lincoln inició su batalla por la presi­dencia. Aun cuando viviera profundamente el conflicto de la democracia, su posición era clara: anteponía al problema de los es­clavos el de la Unión, y, con una hábil polí­tica moderada intentaba atraerse las sim­patías del Norte (mediante la promesa de facilidades para la gran industria y procu­rando ganarse los demócratas con un pro­yecto destinado a la concesión gratuita de tierras) y del Sur, para evitar así la «anár­quica» secesión. Elegido decimosexto pre­sidente de los Estados Unidos (1861), con una leve mayoría de votos, halló, sin em­bargo, los territorios septentrionales exas­perados e indecisos, y los meridionales des­confiados y hostiles hasta el punto de llegar a unirse en Confederación (febrero de 1861). El discurso inaugural de su presidencia es una de las últimas tentativas llevadas a cabo por Lincoln para salvar a la Unión, obje­tivo que procuró lograr entonces con la conciliación del Sur mediante la aplicación de la ley que imponía la devolución de los esclavos evadidos. Con un gobierno débil y dividido como el suyo, los pasos en falso y las debilidades resultaban algo muy jus­tificable.

No obstante, cuando en abril de 1861 (tras la ocupación de Fort Sumner por los confederados) estalló la guerra civil, Lincoln actuó con rapidez y energía contra los «insurrectos», y sus fautores, los reacios a las armas y las intrusiones extranjeras, de suerte que, a pesar de su clemencia y de su moderación, se ganó la fama de dictador. Hubo de improvisarse estratega y general en jefe, remediar los desastres militares, las sediciones y la corrupción interna, y oponer su tranquila confianza a cualesquier críticas y acusaciones. Aprobó drásticas leyes mar­ciales y estableció una rigurosa censura de prensa, al par que firmaba decretos favo­rables al fortalecimiento de la gran indus­tria y del capitalismo. Su misión consistía en impedir la ruina de aquella torturada civilización por él mismo noblemente per­sonificada; esta misma fe anima su oración ante las tumbas de los caídos en Gettysburg (1863), la Proclamation of Emancipation (1863) y el discurso para su reelección (1865), en el que exhortaba a «no juzgar a los enemigos», y sosteníale en las horas más críticas y amargas.

Terminada victo­riosamente la guerra, Lincoln no pensó más que en dedicarse al duro esfuerzo de la recons­trucción. Se lo impidió la pistola de un fanático, el actor John Wilkes Booth, que le dio muerte en abril de 1865 al herirle en la nuca mientras se hallaba en un palco del Ford Theatre de Washington. Al tras­lado de sus restos de la capital a Spring­field, el pueblo tributóle un imponente ho­menaje de afecto y duelo póstumo. Aparte de sus errores y sus debilidades como esta­dista, Lincoln constituyó efectivamente una ex­presión profunda, conmovedora y compleja del espíritu de la estirpe. De su personali­dad y de su actividad nos queda un valio­so testimonio en sus Escritos (v.).

N. D’Agostino