Mór Jòkai

Nació en Komáron el 18 de fe­brero de 1825 y murió en Budapest el 5 de mayo de 1904. Es el novelista húngaro más ilustre del siglo pasado. Pertenecía a una familia noble calvinista. De temperamento suave y agradable, fue un estudiante ejem­plar, y reveló muy pronto destacadas facul­tades literarias. A los nueve años vio im­presa ya su primera poesía; a los diecisiete escribió una tragedia y a los veintiuno publicó su primera novela Días laborables. Terminados los estudios en Pápa y Kecskemét dirigióse a Pest, donde se encargó de la redacción de la revista Életképek, con­trajo matrimonio con la famosa actriz Rosa Laborfalvi, y, junto con Petófi, de quien fue el amigo más íntimo, participó activamente en la agitación revolucionaria de 1848-49. Luego del trágico final de la guerra de la independencia, reanudó antes que ningún otro escritor húngaro la actividad literaria.

Debido a su firme optimismo, a su cándida bondad humana y a un humorismo de ra­diante serenidad pareció llamado a ser el consolador de su país, desengañado y opri­mido. El hechizo de su fantasía mágica transformó los siglos sangrientos del domi­nio turco en una época legendaria del he­roísmo magiar (La edad de oro de Transilvania, Los turcos en Hungría, Los últimos días de los jenízaros, v.), elevó un monu­mento ideal a los patriotas del resurgimiento (v. Un nabab húngaro, Zoltán Kárpáthy, Sin embargo se mueve) y tejió una corona de admiración y gratitud en memoria de las víctimas de la revolución y del despotismo austríaco (v. Los hijos del hombre de co­razón de piedra, El nuevo propietario). Con todas estas obras, J., además de haber con­tribuido a devolver a la nación abatida la fe y la confianza en sí misma, convirtióse en el gran educador de las generaciones, futuras. Uno de los secretos de su éxito fue la profunda afición que sentía por los aspectos raros de la vida húngara. Irresisti­blemente atraído por lo insólito y extraor­dinario, teñía con matices exóticos incluso la realidad cotidiana.

Ningún otro escritor romántico recorrió con mayor complacencia y firmeza no sólo Tos cinco continentes y los milenios pretéritos, sino también- el mundo «todavía inexistente» del porvenir (Diamantes negros, v.; El hombre de oro, v.; La novela del siglo venidero, v.; Mío, tuyo, suyo; Dios es uno y solo; Libertad bajo la nieve, v.). En la mayoría de sus obras apa­recen confundidos los límites entre lo real y lo irreal, sin que, no obstante, el lector perciba el tránsito de una a otra zonas. En la selva espesa de los personajes que creó en los ciento diez volúmenes de novelas, cuentos y dramas, únicamente las figuras secundarias presentan rasgos de la existen­cia real; los protagonistas, en cambio, se elevan hacia esferas superiores, donde el vicio y la virtud resultan ajenos a cualquier medida terrena. La vida no es sino la lucha encarnizada y perpetua entre ellos; los bue­nos y los justos, empero, disponen de todas las armas de la fuerza, la habilidad, el saber y el heroísmo para vencer al poder de las tinieblas.

Su optimismo de eterno mu­chacho y el fantástico brillo de su imagina­ción hacen de J., en particular, el escritor de la juventud; pero, ni aun el lector más maduro y experimentado suele resistir su atracción, aumentada por el esplendor del estilo. Aun cuando la crítica no le ahorrara las censuras, siguió, imperturbable, su ca­rrera, y llegó a ser el narrador húngaro más popular en su patria y el único conocido en el extranjero. Sus libros, traducidos a treinta idiomas, fueron difundidos en millo­nes de ejemplares desde Tokio hasta Londres, y los ingresos de J. como escritor re­sultaron siempre elevadísimos, a pesar de lo cual, y aun dentro de una vida sencilla y regular, el autor debatióse continuamente en dificultades financieras por su ilimitado afán de ayuda al prójimo.

Desde 1861 fue diputado al Parlamento, y se distinguió también como político por su desinteresada entrega a la causa. Fallecida, en 1886, su fiel esposa, vivió durante largos años en una activa soledad. En 1894 se conmemoró el principio de su obra de escritor. En 1899 se casó con una actriz hebrea desconocida y muy joven, unión que mereció los repro­ches de sus innumerables admiradores. Nuestro autor halló gran consuelo en las calurosas muestras de afecto que los escri­tores franceses le tributaron en París en 1900, con motivo de la Exposición Uni­versal.

E. Várady